miércoles, diciembre 31, 2008

El instinto

No sé cómo se encontraron, ni cuándo sus bocas se tocaron por primera vez. No tenían nombres ni rostros, se aplastaban sobre la pared de una fábrica cerrada, el muro gris salpicado y ellos que apenas se movían. Pasaban autos a toda velocidad y de tanto en tanto alguien cruzaba la vereda hacia la parada del colectivo, el único que atravesaba el barrio. Me quedé mirándolos durante unos minutos, actuaban tan silenciosamente salvajes, me hubiera gustado interrumpirlos, preguntarles qué es lo que los unía, por qué se abrazaban, por qué la boca, por qué a la sombra de un edificio sucio y abandonado, por qué al mediodía. Parecía un encuentro inevitable. Me imaginé una fotografía, muy en primer plano, en colores opacos. Encendí el auto y me fui pensando en la sociedad y en la reacción contraria: una bala en la nuca, una ceja rota. Como si, a fin de cuentas, lo que determinara el trayecto fuese la intensidad de los extremos.

jueves, noviembre 20, 2008

Las palabras

Las mañanas eran rituales. Desde el preciso instante en que abría los ojos se perdía en reflexiones inocuas. A veces hasta se esmeraba en recordar lo que había soñado para robar ideas. El señor Gutiérrez era un hombre solo, una línea le servía de inspiración. El urinario de Duchamp pintado de rosa. El contexto se le antojaba fascinante. El museo, el jugador de ajedrez que le falta el respeto sin más que una idea. El señor Gutiérrez estaba de acuerdo. Un gran punto de partida, un final incierto. Le gustaba entenderlo así. Entender - se resignaba- puede ser un goce estético. Sus poesías eran el caos. Le gustaba mezclar palabras, vislumbrar lejanos conceptos estéticos que ni a él mismo lo convencían. Era su lugar y necesitaba sentirse hermoso: las palabras lo ayudaban a vestirse, a desayunar galletas de chocolate (odiaba el color vainilla), a salir a la calle, a observar cómo las mujeres se acomodan el pelo cuando llegan al semáforo. El señor Gutiérrez prefería confiar en el misterio, conjugar mal los verbos.

lunes, octubre 27, 2008

El manjar

El proceso de elaboración de un plato delicioso comienza en la verdulería. Papas, bien sucias. Dos son suficientes. Se les quita la cáscara, se las corta en cubos anárquicos de tres centímetros de lado, luego se las sumerge en agua hirviendo por quince minutos, tiempo prudente para que queden cocidas sin deformarse en un puré aguachento. Al plato. Una pizca de sal, un hilo abundante de aceite. Es conveniente escuchar la radio y concentrar la mirada en algún rincón mientras se practica la masticación. La saliva y los movimientos maxilares generan un bolo amorfo que viaja por el esófago hasta el estómago, se mezcla con la bilis y se convierte, mediante complejos procesos químicos, en cuerpo. Puede acompañarse con un poco de agua de la canilla. Tiempo de ingesta recomendado: cuatro minutos y medio.

lunes, octubre 20, 2008

El monoambiente

De inmediato uno piensa en la forma, casi siempre rectangular, con paredes que definen otros rectángulos. La forma es una P. Algunos aseguran que es una L; pero es P. Una L supone un extremo demasiado fino, sería inútil. Una P tiene panza, aunque ínfima es un poquito más de espacio; en el mejor de los casos sirve para instalar una repisa, en el peor la heladera. El monoambiente es opresivo, elimina opciones: comer, dormir, recibir visitas: todo en el mismo rectángulo con forma de P. Mínimo, dos puertas; máximo, tres. Una para el baño (cuestiones legales prohíben el deshonor de un baño expuesto), otra para marcarle un límite al pasillo. Algunos aún conservan la decencia de una cocina separada, allí la tercera puerta. Más de tres significa un salto jerárquico. Aún así, es incorrecto pensar que la cantidad de puertas es directamente proporcional al poder adquisitivo: la categoría está en la cantidad de ventanas. La calle es el único consuelo del monoambientalista (o monoambientista, como usted quiera), ir en busca de un café para no ver su cama en cada actividad de su vida, leer una revista en la plaza para no olvidar la imagen de un horizonte superior a los cuatro metros. No hay tregua, todo está encerrado en una P con dos o tres puertas, el monoambiente es el paso anterior e inmediato a declarar un espacio inhabitable.

lunes, octubre 13, 2008

Los párpados

Ahora pienso en mis párpados y los encuentro arrugados, desaparecidos sobre el borde superior. Suben y bajan a una velocidad atroz sin más empuje que un reflejo imperceptible, una maquinaria en movimiento constante. Arriba. Abajo. Jamás interrumpen. Ahora los despliego, ocultan mis pupilas; enfoco hacia la luz en busca de algún misterio, de alguna falla. Están ahí, pero en breve van a desaparecer, siempre gana el olvido.
Los párpados son imprescindibles
para dormir
para besar
para escuchar.

Los párpados viajan en silencio y advierten un momento de placer.
Desplegados también protegen del miedo.
Encogidos interrumpen progresivamente la oscuridad.

lunes, octubre 06, 2008

El té

Es fascinante, las hebras expulsan sabores sutiles. El agua hirviendo que las envuelve y las ablanda. El té supone una pausa por cuestiones de temperatura. Es un proceso breve, también una sucesión de secretos. Una taza. Las hebras. El agua. El éxito depende del manejo de los tiempos; el té descansa y en ese descanso aparece un punto de perfección. Algunas crónicas señalan que su origen está en la India, luego fueron los misioneros budistas quienes se encargaron de convidarlo a lo largo de Oriente. Otras crónicas aseguran que su descubrimiento fue por casualidad: un emperador chino revisaba unos escritos debajo de una planta, y una hoja cayó adentro de su vasijita con agua. El color ambarino del líquido le llamó la atención, primero investigó su aroma, luego bebió. Cerró los ojos y lo imaginó caliente, encerrado en un jarrón de finísima porcelana. Imaginó los paisajes que dibujaría en el jarrón, imaginó un atardecer anaranjado y una conversación. Imaginó una muchacha de pelo castaño. Con el correr de los siglos las hebras quedaron encerradas en saquitos simétricos. El ritual en occidente se convirtió en una infusión matemática e insípida que se practica del modo más desprolijo. Es sólo un adverbio de tiempo, que señala el preludio del anochecer.

domingo, septiembre 28, 2008

La mirada

Me miraba con sus ojos grises, el gris no es un color, es el centro indefinido entre dos extremos tan distintos que idénticos; me miraba desde alguna conclusión que se le había atravesado hace días y que aún le daba vueltas; me miraba como si estuviera enamorado y asustado de salirse de esa mirada; me miraba solitario; me miraba sin decirme nada de más; me miraba vestido, con las manos en los bolsillos, le iba a explotar la cara y el pecho; me miraba con el corazón en el suelo; me miraba con falsa seguridad, los ojos inquietos. Le dije que podía besarme y que era hermoso. Me acerqué y él se acercó. No podía tocarlo. Me sentí imbécil. Bajé la vista al suelo -todavía húmedo- y juré nunca volver. Lo suyo era mío, no era nadie.

lunes, septiembre 15, 2008

La vergüenza

Las diferencias que existen entre familias son comparables a las diferencias que existen entre países. Es un análisis complejo que habría que empezar desde el momento exacto en que nacen las costumbres. Guardar las galletitas en la heladera. No usar cesto de basura. Jamás cocinar los domingos. Pasarle a la mesa un lustrador con perfume luego de cada comida. Abrir todas las ventanas a las ocho de la mañana. Hay familias muy parecidas, que bien pueden tener una relación fluida porque sus integrantes comparten afinidades. Y hay otras familias que sólo tienen en común el hecho de reunir seres humanos. Sólo eso y nada más que eso.

Habían pasado algunos minutos de las nueve de la noche. Timbre. A esa hora comienza en casa la ceremonia de cocinar, una inspección de heladera en busca de algo para reciclar y se adjunta algún ingrediente nuevo en caso de que sea necesario un refuerzo. Era miércoles, no había espíritu para mayores méritos culinarios. Era un vecino con su señora y sus dos hijos.

- Hola, C… ¿Cómo estás?- le dijo mi madre-.

Pasaron entre saludos y gritos de los chicos. Avanzaron hasta el living y se detuvieron. Me saludaron con señas, les dirigí una sonrisa y seguí en el teléfono. Me estaban dando indicaciones para acelerar los tiempos de un trámite, datos fundamentales que requerían ser anotados. Dirección, horario y nombre del contacto.

- Hola, C… Vengan que compartimos una picadita- los invitó el marido de mi madre desde la cocina.

Se sentaron. Una copa de vino, un poco de pan, queso, chorizo seco y nueve o diez aceitunas que sobrevivían adentro de un frasco. Luego comenzó un ida y vuelta de temas sin importancia. Es lógico, era sólo una visita improvisada.

- Vinimos a saludar nomás. Ya nos vamos- dijo C…
- No hay problema, podemos pedir una empanadas- dijo mi madre con esa tonada que aparece en los momentos de proponer por compromiso.
- No no. Ahora llega mi suegra. Tenemos que recibirla- dijo la esposa de C…

Pasaron apenas cinco minutos y C… se había convertido en una fábrica de chistes y latiguillos sin gracia. Y lo peor es que los repetía, aún sabiendo que en el primer intento no habían causado siquiera una sonrisa. Yo escuchaba todo desde el living. Me hacía el ocupado para no tener que formar parte de esa situación. La actuación de C… era insostenible. Y llegó a su punto máximo cuando hizo su apuesta más fuerte:

- Qué buenas aceitunas. Ricas como concha de virgen- dijo, y soltó una risotada.

No pude soportarlo. Incluso creo que su risa fue peor que su frase. Tuve que apretar los dientes y fregarme los brazos. Vergüenza ajena: una de las peores sensaciones que se pueden experimentar.

- ¿Cómo vas a decir eso?- le gritó su esposa.
- Bueno, perdón. Fue un chiste- le respondió.
- Vamos, por favor. Esto es un papelón- insistió ella.
- No hagas escándalo, no es para tanto- dijo él de mala gana.
- ¡Vamos ya!-, gritó ella aún más fuerte.
- Siempre la misma vos-, la regañó.

Todo era vergonzoso. Tomaron el abrigo, saludaron apurados y se fueron. La casa quedó en silencio. Todavía se escuchaban los insultos, que continuaban en la calle. Ni mi madre, ni su marido ni yo decíamos nada. No era siquiera gracioso lo que había ocurrido. Tal vez dentro de tres o cuatro semanas pase a ser una anécdota cómica, pero ese no era el momento de reírse. La vergüenza ajena acciona de un modo particular: uno, sin quererlo ni merecerlo, se hace cargo de lo que otro dijo o hizo. Y se sufre en cuerpo propio, no hay forma de evitarlo; se asume una parte de la responsabilidad por el papelón ajeno. Es definitivamente injusto.

Finalmente pedimos empanadas. Y, obvio, hicimos trescientos comentarios acerca de cómo vivió cada uno la experiencia. Pocas veces me reí tanto. Pocas veces me había sentido más incómodo.

C… llamó a mi madre al día siguiente para pedirle disculpas. No sé si era para tanto, pero entiendo los motivos. Fui una de sus víctimas.

domingo, septiembre 07, 2008

El reflejo

Hay personas que caminan. Personas que se detienen a mirar la hoja de una planta en el jardín de una casa con techo de madera construida por un inmigrante italiano que llegó a Mar del Plata en 1948. Personas que no pueden explicar algo sin tocarse el pelo. Son personas y tienen forma de persona, a pesar de que los límites nunca están bien definidos. Los brazos, los pies. Las piernas, las manos. Los tobillos. El torso y las extremidades, que indefectiblemente terminan en una arruga digital. Huella digital. Algo que pasó y dejó su huella; para todos algo distinto. Apenas un punto visible del indómito azar de la conformación celular.

Son personas. Las personas se esfuerzan por confeccionarse una imagen agradable en base a su propio reflejo. Por lo general acuden a un espejo, pero también utilizan, en menor medida, superficies muy lustradas, charcos de agua y fotografías. Se observan, se critican y se construyen para presentarse al mundo. El mundo es todo lo que sucede afuera de sus casas, lo que ven de inmediato y aquello que reciben fragmentado por Internet o por TV. Esos fragmentos son también puntos de comparación y referencia.

Se puede imaginar un mundo sin reflejo, donde las personas no sepan cuál es su conformación última, donde no puedan cotejar si se agradan o si necesitan un cambio. Las personas sólo podrían construirse en base a cómo las recibe un tercero. Ellas mismas serían la construcción de un tercero.

Tal vez no es necesario imaginar, tal vez el reflejo no exista. Aún con espejos, charcos y fotografías, la construcción de las personas es siempre la de un tercero. El tercero que nos interesa es quien en realidad construye ese reflejo aparente donde nos identificamos.

lunes, septiembre 01, 2008

La inspiración

El señor Gutiérrez ingresa a la ducha en busca de protección. No soporta la mugre invisible ni los olores ni la transpiración seca. Ubica la cara debajo de los hilos de agua y cree entender los dispositivos de manipulación feroz que accionan en la sociedad. Es un problema que tiene, lo microscópico es siempre su punto de partida, no consigue lecturas mayores al cuenco de una pipa. Mojado, busca una fibra entre la ropa limpia y escribe en los azulejos: “La humanidad es la organización más compleja que brinda la insatisfacción”. Letra grande y mayúscula, desprolija por ansioso.

Se queda mirando el agua, el ruido, la transparencia, los cambios mínimos de textura a lo largo del recorrido. Agua caliente adentro de la boca, debajo de los brazos, en la raya del culo, en los pies lejanos; la satisfacción del jabón, el pelo limpio. Los dedos arrugados le anuncian la necesidad de envolverse en una toalla. El agua deja de caer en un silencio repentino. Hay un instante de quietud, se abraza y clava la mirada en el piso, el pelo desgrana gotas que se pierden en sus labios y en la espalda.

- Si pudiera-, piensa. Es obsesivo, además. Exige una frase que se corresponda con cada experiencia, evade el silencio. El señor Gutiérrez está debilitado por sus propias limitaciones. Aún así toma la fibra y apura cinco palabras: se escribe los brazos y el vientre, escribe sin respirar. Escribe sexo y es conciente de que llegó tarde; escribe ella y entiende cuanto se desmerece. Escribe violencia y piensa en sí mismo; escribe amor, miedo y mañana. Es triste ver al señor Gutiérrez desnudo, con el cuerpo escrito, hecho un ovillo en la bañera. Tirita. No acepta quedarse a un lado de las sensaciones.

lunes, agosto 25, 2008

El experimento

La historia comienza el pasado 6 de febrero, recuerdo la fecha por cuestiones personales. Una reunión, gente de distintos grupos, conversaciones asimétricas. En cada rincón había cuatro o cinco personas que disfrutaban de un refresco e intercambiaban opiniones. Sentí que todos tenían la necesidad de hacer reír, se interrumpían para aportar chistes y exagerar anécdotas personales sobre un asado en lo de no sé quien. Esa noche estaba aburridísimo, aún no habían llegado las personas con las cuales tengo mayor afinidad entonces tuve que sumarme a un diálogo al azar. Quedarme solo a un costado no era señal de buena salud mental en aquel lugar donde todos estallaban de alegría y felicidad.

Iluso, como de costumbre, me acerqué a uno de los grupos donde había una chica preciosa. Estaba con dos amigas –a una de ellas la conocía, era mi excusa- y dos amigos –los dos hablaban con las manos en los bolsillos y se reían artificialmente-. Saludé, acepté un cigarrillo sin filtro y guardé silencio. Nada mejor que intentar encontrar el código de una conversación a la cual uno recién se acopla; leer las incoherencias, descubrir la cantidad de palabras que se utilizan, reconocer las estrategias que cada uno tiene para hacerse valer.

Hablaban sobre un boliche. Según entendí, había habido una fiesta exclusiva que auspiciaba una casa de moda femenina.

- Estuvo buenísimo, estaba lleno de gente top-, dijo una de ellas.
- Una minitas terribles-, agregó uno de ellos.
- La mejor música, nosotros nos quedamos hasta que cerró. Éramos un montón todavía, todos desconados-, agregó el otro.
- Sí, casi no había gente gorda-, remató otra de las chicas.

Todos se rieron. Sentí una mezcla entre asco y bronca, pensé en perderme entre la gente, pero me quedé. No sé bien porqué decidí aportar algo a la charla sin contradecir ni pelear. Elegí diseñar un comentario a modo de experimento. La idea fue la siguiente: proponer un dato falaz de índole científico para que esa chica pueda sostener la aberración que había dicho. Luego esperar el boca en boca hasta que yo mismo vuelva a escuchar mi propio argumento simple, falso e impresentable. Podía funcionar o no, podían pasar años enteros. No había nada que perder, hablé.

- Ustedes se ríen, pero los gordos son un problema. Leí en una revista de ciencia que la gente que come mucho conspira contra el planeta tierra. Somos tantos y consumimos tanto que la gente que se excede con la comida pone en riesgo la producción de alimentos a nivel internacional-. Eso dije. Fue lo mejor que se me ocurrió.

- Eso es posta. Es re lógico, hay gente que se zarpa comiendo-, dijo la del comentario y me miró.

La aceptación fue inmediata, incluso se formó un pequeño debate. Las aberraciones iban y volvían, se multiplicaban. Es increíble cómo los razonamientos más violentos y fascistas necesitan de un sustento científico. Es lo mejor que les puede pasar: forzar cualquier dato para asegurarse la verdad. Como llevar los argumentos al plano genético, sostener posturas en nombre de “La Naturaleza”, etc.

A los dos minutos llegaron mis amigos. Saludé y me fui. La noche terminó sin sobresaltos ni conquistas. Lo de siempre.

Anoche fui a otra fiesta, un poco por obligación, un poco por ganas de hacer algo distinto a clavar el codo en una barra. Me encontré con gente que hacía muchísimo que no veía. Charlamos, bebimos. Fue divertido, reconozco.

En el momento más animado de la fiesta aparecen dos chicas, amigas de unos conocidos. Comenzaron a hablar de un programa televisivo donde la gente va a adelgazar. Y una de ellas dijo: “Los gordos son un problema…”. Palabras más, palabras menos, lo mismo. Ocho meses después el experimento había dado resultado. Ya me había olvidado de aquel comentario, también de aquella reunión. Me sorprendí de la velocidad con que circulan las estupideces.

Simulé ir al baño. Al ratito me subí a un taxi. La radio del auto estaba sintonizada en AM, un locutor leía el resumen de noticias. El taxista profería insultos. El sol apagaba la noche. Yo tenía las llaves de mi casa en la mano.

lunes, agosto 18, 2008

La intermitencia

Una tarde de café. Apenas había dos mesas ocupadas además de la mía. Bolígrafo en mano, buscaba una idea mientras estudiaba la extensión de la pollera de una de las meseras, no era linda pero estaba uniformada: el contexto desolado, casi triste, la construía deseable. Mostraba lo justo, más hubiera sido obsceno, menos, intrascendente.

Afuera sucedía el invierno, especialmente en la cara de la gente, que se refugiaba debajo de gruesos abrigos. La brisa del mar es hostil fuera de estación.

Apenas habían pasado quince minutos cuando entró Matías, un ex compañero de la secundaria. Hice cuentas rápidas, hacía más de tres años que no lo veía. Sonreí y me puse de pie. Me miró, estaba solo también. Estallamos en un abrazo sincero.

Hablamos de su trabajo.
Hablamos de sus amores.
Hablamos de mi familia.
Hablamos de mi último viaje.
Hablamos de un sueño que lo sobresaltó la semana pasada.
Hablamos de la Argentina, la inflación y la desaparición de las playas.
Hablamos de mi salud y de la última vez que lloré.
Hablamos de un libro que no leí.

Matías es otra persona. Él también me encontró distinto, me lo dijo. Pero la distancia entre el ayer y el hoy se desdibujó en una hora de charla. Matías es una de esas personas que desaparecen de mi vida durante años enteros, incluso lo olvido, pero cuando nos reencontramos siento que nunca estuvimos alejados. Llevamos una relación intensa, aunque intermitente. La intermitencia es una virtud compartida, dos personas que sostienen una amistad más allá de las circunstancias.

Me dirigí a casa, quería bañarme y releer un texto que había empezado a la mañana. El teléfono comenzó a sonar antes de que abra la puerta, me apuré, inconcientemente me apuré. El timbre sonaba a malas noticias; no sé porqué. Un conocido, internado de urgencia, su estado es prácticamente insalvable. Pensé una vez más en las amistades intermitentes. Me sentí hueco. Comí un pedazo de pan con queso y me acosté. Recuerdo que esa noche sufrí mi soledad.

lunes, agosto 11, 2008

La información

Una caja, una puerta. Adentro, un cuadro. La caja es un armario empotrado en la pared de una habitación que completa los dos ambientes de un departamento. El departamento está en el tercer piso de un edificio revestido con ladrillos cocidos. En la esquina exacta de Córdoba y Azcuénaga. Barrio Chauvín. Mar del Plata.

De menor a mayor (o de mayor a menor) las coordenadas pueden continuar, una adentro de otra, formando una línea que cruza las más complejas teorías astrofísicas. La inmensidad, inabarcable, contiene todos los sonidos, incluso el silencio, contiene todos los límites, incluso la infinitud.

El cuadro descansa oscuro en su caja, silenciosamente es parte de un sistema que desconoce. Por silencioso pierde su función: comunicar. El cuadro abandonado le resta información al mundo, un dato oculto que puede ser una repetición o un hallazgo, poco importa, es un dato menos.

Lo mismo sucede con los papeles acumulados en legajos; las cintas de video en los archivos nacionales; los libros que nivelan patas de mesas de campo; los manuales de instrucciones de viejas cámaras fotográficas; suplementos de diarios de hace siete meses; recetas del médico; monografías; anotaciones al margen; listas de supermercado; billones de páginas web; un stencil; la revista de moda; una declaración de amor tallada en la puerta de un baño público. La valoración es constante. Qué incorporar, qué olvidar, qué repetir. Pero no se puede predecir todo lo que no existe.

El cúmulo informativo de una ciudad es directamente proporcional a su historia y a su capacidad de producir historia. Probablemente sea un circuito agotable, la información oculta no se corresponde con ningún universo.

lunes, agosto 04, 2008

El mail

“La pasé muy…”
Hay determinados espacios en los cuales es mejor no hurgar. Una carpetita amarilla. Allí quedaron impresos recuerdos. Fotografías perfectas de diálogos con quienes, tal vez, sólo son una nube indefinida, fragmentos que por curiosidad regresan en detalles crueles.

“…estaba pensando y…”
La precisión de la fecha; el lugar que cita. El día que todo el día fue noche. Los cálculos, las preocupaciones. Pasado.

“Te escribo porque…”
Los mails son un anexo de la memoria. Reconstrucción digital de violenta exactitud; la devolución de imágenes, circunstancias de archivo. Ella que convida un viaje, la respuesta y la atroz respuesta de la respuesta. Era todo tan feliz, tan rosado y pomposo. Ese parque y su tibio atardecer, el abrazo en silencio. No tengo el suficiente coraje para presionar la opción de eliminar; la próxima destruyo sin leer.

lunes, julio 21, 2008

La imaginación

El señor Gutiérrez es un perfecto desconocido. Se detiene en medio de la vereda y se divierte mezclándose entre los cúmulos de gente que avanzan en todas las direcciones. Observa a cada uno e idea situaciones que nunca va a concretar, episodios delirantes como perseguir a una persona con una taza de té en cada mano al grito de -¡Usted, devuélvame lo que es mío!-. O morder una manzana y tratar de sostenerla el mayor tiempo posible con los dientes sin dejar de cumplir ninguna de sus obligaciones cotidianas. Cuando dialoga pierde el hilo de las conversaciones por pensar en la posibilidad de hacer lo insospechable (desgarrar sus ropas como un superhéroe sin inmutarse, imitar a un bailarín, pestañear a toda velocidad, cantar ópera, fruncir y relajar la boca intermitentemente, prenderse fuego adentro de la nariz y aguantar el dolor, cortarse un mechón de pelo y comérselo, contar hasta cinco, rascarse la axila, contar hasta cinco, rascarse la axila, contar hasta cinco, ponerse de pie, intentar hacer la vertical hasta que se le caigan todas las monedas de los bolsillos al piso y luego juntarlas y lanzarlas por alguna ventana). El señor Gutiérrez imagina. Su realidad está dividida en percepciones y construcciones que se superponen aleatoriamente. Tal vez viva perturbado, nunca le pregunté cómo se siente. No es una persona simple.

Anoche lo vi en su casa, revisaba qué podía comer. Su cocina es un cuadrado iluminado por un tubo fluorescente, el aire huele a hornalla encendida y el motor de la heladera vibra violentamente al principio y suave después. Hay una mesa rebatible cubierta por un mantel de goma verde oscuro. El zumbido del fluorescente es enloquecedoramente imperceptible. La radio encendida. Comió con el saco puesto. Sopa con pan y tomate: enfrentó colores y temperaturas. La sal siempre húmeda; la separaba con un cuchillo y la untaba con los dedos. De postre una manzana y un vaso de agua que tomó de un trago. Manzana y agua. Manzana. Agua. Sus días se apagan horizontales.

lunes, julio 14, 2008

El intelectual

El señor Gutiérrez no sabe respirar, su vida es una asfixia permanente porque no puede cerrar la boca. Igual le interesa escuchar. La sordera puede dividirse en decenas de variables, aunque la más divertida es la de los intelectuales de cincuenta centavos, los que interrumpen conversaciones con las mismas cuatro o cinco oraciones que repiten cronométricamente cuando necesitan advertirle a todos su presencia. El señor Gutiérrez sospecha que estos intelectuales incluso hablan cuando están solos, preferiblemente frente al espejo. Practican el tono exacto, la mirada perfecta, construyen su propio ideal.

La dignidad de la pregunta. La inteligencia es encontrar respuestas; aún así, la inteligencia es incentivar el hallazgo de puntos débiles. Nacer implica un destino mortal. Las ideas nacen luego se las reemplaza. La inteligencia es también encontrar un reemplazo a tiempo. La vida a destiempo es incompleta.

Por momentos, el señor Gutiérrez se enceguece frente a determinadas genialidades. Los maestros de la sospecha. Los libros son lapsos en su vida. Los sistemas son telescopios por donde observar e interpretar el mundo, trajes para vestir. Tiene una debilidad peligrosa por las palabras perfectamente ubicadas: sostiene que la filosofía es simplemente poner nombres; el hecho de nombrar construye realidades.

lunes, julio 07, 2008

El ruido

La ciudad es también un collage de sonidos que nunca se detienen; vibraciones superpuestas que conforman un ruido inevitable. Siempre se escucha una alarma, el vuelo de un insecto, el llanto de un bebé, un estornudo, un gemido, un insulto, un piropo, el bufido de un motor, la musiquita de un contacto del msn, el chasquido de un semáforo, el zumbido de una luz, el quejido de alguna puerta, el beep de un ascensor, un disparo, una cachetada, el crepitar de una milanesa, murmullo, un golpe, una tonada musical, el sonido de un bolígrafo deslizándose, una bocina, el estallido de un cristal (o de un vidrio), algún silencio, un rumor, un martillazo, la caída de una percha para colgar la ropa, un teléfono, un acople, una patada, un timbre, las cuerdas de una guitarra, una bicicleta, el susurro de un árbol librado al azar del viento, el click de un mouse, el estruendo que produce el choque de dos placas de metal negro, un discurso, una radio, un globo que estalla, una canilla que gotea, un calefactor encendido, pasos.

El ruido es una variable espacio-temporal: está determinado por la ubicación y el horario. Detenerse a desmembrar la conformación del ruido es, además de una actividad quirúrgica, participar en una guerra que pone en juego una escala casi infinita de intensidades. Una única textura que fluctúa hasta derretirse en la inconciencia.

lunes, junio 30, 2008

La milanesa

En mi plato descansa una milanesa y una porción de arroz. La milanesa fue el músculo de un organismo vivo que ha correteado por alguna granja, al mismo tiempo el resultado de la unión de otros dos seres vivos. El organismo murió, fue mutilado, entregado a un negocio céntrico, empanado, frito y servido con limón en mi plato.

Paulatinamente voy a ingerir la milanesa y se transformará, mediante complejos procesos químicos, en mi piel, mis uñas, mi humor y mis ideas. Parte de lo que pensaré mañana será consecuencia del proceso que mi cuerpo le realizará al pollo mutilado.

El arroz, por su parte, absorbió nutrientes del suelo donde fue sembrado, se humedeció con el agua de las lluvias, se entibió con el sol del otoño; el mismo sol que regula la temperatura de los planetas e ilumina los satélites, incluida la luna; el mismo sol que se desprendió de una explosión inimaginable para la cual se concibieron enciclopedias completas con cálculos y suposiciones acerca de su intensidad. Las enciclopedias en sí son parte de la explosión; también la milanesa, el arroz, el plato, la mesa, yo mismo, vos que estás leyendo y todas las correcciones que tiene y podría tener este texto.

El alimento me modifica, es la conformación primera de mi ser. Soy como una máquina blanda donde convergen estímulos de todo tipo, que se accionan mediante lo que introduzco en mi estómago y mis pulmones. Entonces algo sucede que me permite percibir el mundo y entender lo que ni siquiera puedo ver. Pero mi preocupación es la milanesa y el arroz: estos dos elementos contienen, en parte, un pedazo de la explosión. Ahora siento que mastico la explosión en formato de alimento. El sabor, manipulado sencillamente a partir de una fuente de calor encerrado en cien centímetros cúbicos de aceite, es sólo una de las tantas combinaciones que pudo haber experimentado la explosión. Ahora pienso que no hay dos pollos que tengan el mismo sabor, probablemente sean tan similares que imperceptibles, pero es la limitación de mis papilas gustativas las que me impiden distinguir uno por uno el sabor exacto de cada uno de los pollos que he ingerido en mi vida. ¿Cuántos pollos habré comido?, ¿Cuántos litros de saliva habré tragado?, ¿Cuántos pantalones con dobladillo habré vestido?, ¿Qué cantidad de personas me miraron a los ojos?. Para todo existe un dato, imposible de hallar pero el número, en abstracto, existe.

Debe ser insoportable la vida de las personas que todo lo calculan. No se permiten disfrutar de las pequeñas cosas. Ni siquiera de una milanesa.

lunes, junio 23, 2008

El descubrimiento

Es esa sensación de silencio, un instante ínfimo, donde las verdades se detienen; no hay cuerpo. Click. Es un dato que modifica, una percepción. Una biblioteca, un lugar, un diálogo casual, una camisa, un dibujo, un disco, un beso, una manzana con caramelo. El disparador. Todos los días alguien descubre y cambia. Luego, las palabras que se caen de la boca: la invitación.

Perderse en el trazo de Van Gogh, escuchar Dark Side of the Moon o Pez, entender a Luis Alberto Spinetta, leer El Eternauta o Milan Kundera o Platón o Nietzsche o León Tolstoi, pararse en la huella de Picasso o Michel Duchamp o Theo Jansen o Quino, visitar Machu Picchu o la Muralla China o el Museo Nacional Bellas Artes de Buenos Aires o Londres o el MOMA.

Son parte del mundo.
A cada segundo alguien conoce, abre.

En el cuento El Cautivo, Borges presenta a un niño de pueblo que desapareció después de un malón. El niño se convirtió en hombre, sus padres lo hallaron y el hombre recordó su pasado: al llegar a su casa fue en busca del cuchillito que había escondido en la campana de la cocina. Luego regresó al desierto. Ya era tarde para la vida que hubiera propuesto su infancia en familia.

Borges se pregunta: “Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron (…)”.

La confusión entre el pasado y el presente.
Descubrir es también redimensionar.
Observar sorpresivamente, y por un instante, aquello que uno dejó de ser.

martes, junio 17, 2008

El presente

Es más simple, y fundamentalmente más cómodo, entender razonamientos inmediatos que detenerse a reflexionar sobre todas las posibilidades de análisis que ofrece una situación o un tópico determinado. Es parte de un proceso legitimado a gran escala. Empezando por los medios de comunicación: cuando los noticieros necesitan una opinión inmediata televisan a cualquiera diciendo lo primero que se le viene en mente. El testigo ocasional se convierte en un editorialista exclusivo; se le da entidad a una incoherencia del momento.

La mayoría de las charlas cotidianas son un rejunte de razonamientos inmediatos, incompletos por definición.

Una lectura correcta de este comportamiento puede servirle a un orador hábil para acercar conclusiones falaces sobre temas complejos, incluso para construir todo un pseudosistema filosófico-religioso. Obviamente, pensado para convencer a personas desprovistas de las herramientas necesarias para alumbrar los errores.

En los últimos años se ha deslizado una máxima que fue multiplicándose velozmente: el denominado “aquí, ahora”, una frase que esconde un relativismo primitivo, niega el compromiso existencial con uno mismo y, como punto principal, deja de lado cualquier atisbo de análisis. Como si el presente fuera un todo ajeno de situaciones anteriores y futuras. Ese ”aquí, ahora” es una frase vacía que emparcha situaciones donde no hay capacidad reflexiva. También es no hacerse cargo de todo lo que sucedió antes y de lo que puede suceder. Ocultarlo concientemente.

El presente es un filamento complejo, construido por absolutamente todas las variables ocurridas en el pasado lejano y cercano, con proyección a un futuro que tomará forma en tanto todas las variables de ese mismo presente. Casualidades, pensamiento, movimientos, decisiones, acciones, todo reunido en este mismo instante, efímero, real y último.

Una persona no es un invento del momento, sino una resultante, una consecuencia de un enorme árbol de circunstancias.

lunes, junio 09, 2008

La sinceridad

La verdad es un concepto complejo de definir. Existen distintos criterios que intentan una explicación. Hay quienes sostienen que la verdad es siempre relativa, lo cual es un camino sin salida: si la verdad es relativa no es necesario que exista como concepto. También está el criterio pragmatista, que apunta a su carácter práctico. Es verdad aquello que es funcional, el punto es saber a qué, a quién y porqué es funcional. Y el criterio correspondentista, que es la correspondencia del pensamiento con la realidad.

El más aceptado es el último, aunque también arrastra su buen cúmulo de críticas. ¿Cómo saber que algo se corresponde con la realidad cuando no se sabe qué es la realidad?. Aún así, la verdad tiene una carga subjetiva, especialmente en la construcción de las propias experiencias. En la verdad aplicada a uno mismo aparece lo que comúnmente se llama la sinceridad. Expresarse con sinceridad sería corresponder esa expresión con los sentimientos. Un gesto de tristeza en un momento angustiante es sinceridad. Una sonrisa ubicada en lugar de una escupida en el ojo es hipocresía.

La sinceridad es evidente en su ausencia. Es notable cuando durante un diálogo se resbala una señal desprovista de sinceridad. Es casi una experiencia musical, la mentira tiene un tono característico, un gesto típico; distinto para cada persona pero identificable en términos estadísticos. Causa-consecuencia. Causa: hipocresía. Consecuencia: gestualidad y expresión modificadas. Hay personas que pestañean; otras aflautan la voz; desvían la mirada; se tocan el pelo; encojen levemente los hombros; construyen un silencio imperceptible. La hipocresía se manifiesta por reemplazo. Y se nota, aun cuando no conocemos a la persona.

¿Qué es lo que genera desconfianza, cuál es la señal definitiva que anuncia la falta de sinceridad? No todo pestañeo es hipocresía. Hay algo más en esa expresión. Habría que descubrirlo para controlarlo. Matematizarlo. La posibilidad de apagar esas expresiones en el discurso cotidiano, incluso en situaciones extremas, significaría conseguir una credibilidad absoluta. Al fin de cuentas, sólo uno mismo es testigo real de sus sentimientos. No habría forma alguna de que un tercero indague o extraiga conclusiones de aquello que uno prefiere ocultar. La sinceridad es una actividad íntima.

sábado, junio 07, 2008

La estafa

Primero, una computadora que además de pedir datos intenta desviar la posibilidad de hablar con cualquier responsable. De hecho, no hay responsables; sólo un listado de opciones inútiles. Para poder hablar hay que encontrar las coordenadas justas. Luego, música instrumental: un lugar común para demostrar que algo está por pasar. Entonces sí:

- Buenos días. Mi nombre es Gabriela. ¿Con quién tengo el gusto?

La palabra “gusto” es un insulto dentro de ese contexto. Es evidente la falsa amabilidad. Nadie allí está a gusto, ni la operadora, ni el cliente. Por el contrario, se odian tácitamente. El cliente por sus necesidades irresueltas. Ella por la obligación de construir un personaje siniestro al servicio de una empresa impenetrable. Es consciente de que integra el pelotón que avanza en primera línea. Son ocho horas diarias de recibir quejas, insultos y amenazas.

La muchacha (tiene una voz joven) vuelve a pedir los datos del servicio por el cual se va a hacer el reclamo. Conclusión: el laberinto de códigos numéricos que hay que sortear en primera instancia cumple la función de obstáculo.

Comienza el diálogo. El cliente tiene razón en este caso, le están cobrando un dinero que no corresponde. La respuesta de la operadora es categórica:

Usted debería haber…

“Debería haber”. Algo era necesario hacer y no se hizo. Ahora es tarde, entonces la culpa pasó a ser del cliente. Lo curioso es que ese pequeño trámite no se hizo por falta de información.

Deberían haberle informado…

“Deberían haberle”. Otra vez la culpa es del cliente. Se lo acusa de no haber recibido la información. El cliente, según esta lógica, debe reclamar la información completa, sin saber que está incompleta.

Evidentemente, la estafa opera en el silencio; sucede en el interlineado. Esta estrategia es de aplicación común en toda empresa, entidad u organización que goza de una situación monopólica. Incluso en el Estado. La perfección de su funcionamiento tiene dos claves:

1) Es invisible
2) Aun cuando deja de ser invisible alcanza su objetivo.

- Gracias por comunicarse con TTT. Que tenga un buen día

La frase de despedida deja entrever que la operadora sabe que ocupa, por necesidades personales, un rol fundamental en la consumación de la estafa. Acciona las palancas de todo el mecanismo, y, encima, cuida la forma: “Gracias”, “Que tenga un buen día”.

No hace falta aclarar quien saliendo perdiendo. Eso estaba señalado de antemano.

domingo, mayo 25, 2008

La publicidad

Es imposible caminar más de cien metros en la ciudad sin toparse con un estímulo publicitario. Sólo en los barrios residenciales, los más caros, hay una suerte de tranquilidad visual –la publicidad contemporánea es inminentemente visual- que de tanto en tanto se quiebra con la aparición de algún volante/panfleto/folleto/tríptico/iman/revista/tarjeta. Sin pedir permiso, un ejército de jóvenes repartidores desliza publicidad en los buzones, por debajo de las puertas o la incrusta en la ventanilla de los autos. Nadie escapa al ataque de los mercaderes.

La publicidad es un intento de dominación. Busca convencer que determinado producto es la máxima maravilla del universo. Su objetivo es instaurar una necesidad de consumo, la estrategia es obvia. La consigna número uno es trabajar un discurso que presente una única interpretación. “Esto es lo mejor, lo que usted necesita”. El producto en primer plano y a vender. Nada más.

Actualmente se intenta disfrazar los fines con imágenes proto-surrealistas que simulan un proceso artístico y creativo, pero el objetivo es exactamente el mismo. Buscan presentar el producto de un modo difuso, parece que el receptor tiene que (debe – imperativo categórico) construir mentalmente lo que tiene que comprar. Es notable, sólo importan las consecuencias (beneficios) de la adquisición.

- Gaseosas para conquistar mujeres
- Jabones en polvo que te convierten en la mejor ama de casa del barrio
- Pastas de dientes que te lanzan a la popularidad
- Desodorantes que te exhiben las virtudes de no ser mujer
- Famosos que te ordenan seguir los cánones de sus gustos

Los tiempos cambian. Las estrategias para convencer conforman una de las industrias más rentables. Inventar un concepto es inventar un producto. Un slogan efectivo puede significar millones. Y lo más importante: el cliente nunca debe tener la última palabra. La publicidad exige obediencia.

lunes, mayo 19, 2008

La droga

Según leyendas urbanas, un par de zapatillas colgado en un cable de luz significa que cerca de allí alguien vende droga. Me enteré en una peluquería, dos personas hablaban sobre la droga. La ubicaban como advertencia de peligro inminente, evidencia de inseguridad, sinónimo de todos los males que aquejan a la humanidad.

- Y en las verdulerías que están abiertas todo el día y toda la noche, también. Venden droga-, dijo […].
- Seguro-, respondió (…).

Droga. Sustantivo, femenino, singular.

- Los chicos que salen a robar están todos drogados-, dijo […]
- Toman droga para perder la conciencia, después le pegan a los viejitos. A esos mocosos, que dios me perdone, habría que…-, agregó (…)

La palabra droga aparecía a cada rato en el diálogo. Yo escuchaba mientras la peluquera me preguntaba sobre la extensión de las patillas. Trataba de construir la imagen que estas personas tienen sobre el concepto droga, pero no logré nada coherente. ¿Se imaginarán algo así como una bola de plastilina amarilla que regalan en los pasillos de las villas miserias? ¿Una jeringa?. Estuve tentado de preguntar, pero no quería entrometerme. Hay situaciones de las que es muy difícil salir luego.

Traté de imaginar también cómo estas dos personas imaginan el momento en el que un supuesto drogadicto llega a esa supuesta verdulería a comprar droga. Droga. Droga. Droga.

Posibilidad 1:

- Hola. Déme Droga.
- ¿Cuánto quiere?
- Mucha.
- Sírvase.

Posibilidad 2:

- Hola ¿Tiene Droga?
- Sí, pero no le cuente a la policía.

Posibilidad 3:

- Usted. ¡Véndame droga!
- Bueno está bien. ¿De cuál quiere?
- De la que me hace golpear viejitos.
- Aquí tiene.

(En todos los casos, el falso verdulero ofrece un misterioso paquetito lleno de droga. Y el cliente se pierde en la noche en busca de algún lugar para consumirla).

La droga es, socialmente, un comodín. Puede incrustarse en cualquier opinión para legitimar razonamientos incompletos. Los problemas quedan justificados y resueltos con la aparición de la droga: única responsable de las injusticias, la marginalidad y la ignorancia. Es un reduccionismo doblemente salvaje, porque además de equivocado se sostiene en un concepto vacío, en una palabra a la cual se le asignan significados difusos. La falta de argumentos es una de las peores formas de autoritarismo. Tal vez la única.

lunes, mayo 12, 2008

El tamaño

El mundo es hoy más grande, aunque también más pequeño; nunca hubo tantos elementos y todos al alcance de la mano. No hay distancias.

Es desconcertante escuchar a quienes aseguran que se viven tiempos inertes, que no se vislumbran grandes cambios. La humanidad completa, en proporción, ha cambiado más en los últimos quince años que en toda su historia. Se vivía en una cuasi prehistoria donde la información circulaba a paso de mula cansada. El intercambio cultural es inmensurable. Como consecuencia directa, las relaciones humanas tomaron un giro tan rotundo que ya es necesario repensar paradigmas psicológicos. El cambio es tan actual y trascendente que aún, al estar en plena transición, es complicado teorizar y dibujar futuros posibles. El cambio es tan veloz que se vuelve invisible.

Y no es sólo la aparición de nuevas tecnologías. Sería simplista trazar un análisis si la única variable en cuestión serían las posibilidades de un aparato conectado a un sistema satelital de intercambio de códigos binarios. La desaparición de las distancias, la fragmentación de los tiempos, son fábricas de exigencias. Su ausencia construye realidades, lamentablemente basadas en resultados inmediatos. La supervivencia está determinada por cuan claro se visualice el trayecto que existe entre el inicio y el desenlace (entre dos o cientos de extremos). Entender que el tamaño es un concepto expandible.

domingo, mayo 04, 2008

La velocidad

En el concepto de velocidad intervienen dos variables: tiempo y espacio. Es la distancia que se recorre en un tiempo determinado. Todo esto en términos de mecánica clásica. La cuestión es que el concepto de velocidad parece haber cambiado, da la sensación que ahora trabaja sobre una sola variable: el tiempo. Como si no hubiera nada que recorrer.

La velocidad, en el máximo apogeo de la era digital, se ha convertido en una obsesión. Pero no importa qué (espacio), sólo importa cuan rápido (tiempo). Y sospecho que entremedio existe un intento de acelerar tiempos que conviene simplemente dejarlos fluir. Parece que lo actual es lo que va a venir. El pasado ya murió, pensar en cinco años atrás es pensar en el oscurantismo medieval; la realidad que está transcurriendo se desfasa entonces hacia un futuro próximo. Hay una necesidad de actualidad tan voraz que se elimina el presente.

La velocidad debe entenderse como diversidad de opciones. (Hay más puertas abiertas que nunca, todas al mismo tiempo). Es probable que una vez elegida la opción adecuada sea recomendable continuar a pie. La construcción de la inteligencia, tal vez, tenga que ver con respetar el proceso como idea integral.

lunes, abril 28, 2008

Las cifras

En un país organizado, sin fisuras, los tecnócratas claman por transparencia y matemática. Hacen culto de los personajes dotados de una mente algorítmica, de olfato infalible para reconocer negocios rentables. Son personas que comienzan desde bien abajo, lustrando manzanas. Y a una edad prudente se hacen con un ministerio, luego de amasar un par de miles y demostrar que todo es consecuencia de un proceso exitoso de administración. Las cuentas son sinónimo de producción.

- Nada mejor que un administrador. Es lo que hace falta-, dicen los votantes conformes. Dicen y eligen y votan y defienden acaloradamente el modelo en mesas de café, en taxis y asados nocturnos que se disfrutan en camisa y pantalón de vestir.

Y los países responden a los pedidos eleccionarios. Asumen quienes desarrollaron la mejor campaña. Entonces llega al poder, calculadora en mano, el ansiado administrador, dispuesto a justificarlo todo desde un escritorio. Para el bien de todos, el señor numerito.

Primer anuncio:

“Comenzaremos a subsidiar la producción de arandelas. Nuestro superávit nos permite dar un paso adelante en este nuevo proyecto de país”.

La producción de arandelas tapó las ciudades, murieron miles de personas aplastadas y asfixiadas.

Segundo anuncio:

“Dada la gran demanda de ataúdes abriremos una línea de crédito especial para los fabricantes del rubro fúnebre. En estos casos es necesario que la oferta sea mayor a la demanda, y así mantener los precios estables. De hecho, nuestra idea es proyectarnos en el mercado internacional con este nuevo producto”.

Cientos de depósitos se llenaron con ataúdes. Los precios eran tan nimios que los fabricantes cortaron las principales rutas del país a modo de protesta. Exigían una inmediata intervención del Estado.

Tercer anuncio:

“Aumentaremos el presupuesto en ciencia. Nuestros químicos desarrollarán un nuevo virus para acortar la vida humana en un 75%. Con este cambio la producción de ataúdes, que creció un 1600% en los últimos 10 meses, tendrá nuevas perspectivas. Equilibramos así los huecos que deja la producción de arandelas: mercado que creció un 2500% en el último año, con una rentabilidad real de $ 1.567 MM anuales. Todo un éxito en comparación con los números del mismo mes del año pasado, cuando se percibía una caída en la producción del 0,65%”.

En menos de quince años el país quedó desierto. Las tierras fueron ocupadas por la vegetación y un contingente de millones de habitantes que vivían apretados en el otro hemisferio del planeta. La arandelas fueron fundidas para construir nuevas ciudades. Con los ataúdes se hicieron puertas, ventanas y pisos de parquet. La montaña de cadáveres fue lo más difícil de eliminar.

lunes, abril 21, 2008

La nada

La casa de Lucía era mi casa. Mi primo no era mi primo; y tenía la boca llena de cucarachas. Le caminaban por el cuello y se introducían debajo de la ropa. Eso fue lo único que me quedó registrado del sueño espantoso de anoche. Ni bien me desperté recordaba detalles y tiempos de la narración. Luego muy poco. Sólo las cucarachas, la casa que no era la casa que conozco y mi primo, que no era mi primo.

Me desperté levemente sobresaltado, incluso con un poco de miedo. Tenía frío y ganas de ir al baño. Estaba incómodo. Tuve que salir de la cama y atravesar todo el departamento descalzo, el piso helado, la sala en silencio. En el trayecto las imágenes aún estaban frescas en mi memoria, y en segundos desaparecieron, se diluyeron de un modo absoluto. Me esforcé, casi por capricho. Imposible. No quedó registro alguno.

La mente nunca está quieta. Cuando uno está despierto decodifica la realidad, dibuja interpretaciones -brillantes o despreciables-, se comunica; en fin, utiliza su capacidad intelectual. Cuando uno está durmiendo también, aunque de modo inconsciente. Es un funcionamiento distinto. Las actividades mentales suceden, en distintos planos, sin interrupciones. Muy pocas quedan registradas.

Las matemáticas entienden la nada como un conjunto vacío, que se representa con el número cero [0]. Para la física, es el fragmento de espacio que no contiene materia. La filosofía empuja el problema hacia los márgenes de la lingüística: la nada existe en tanto existe el hombre. Pero la mente no conoce la nada. La nada mental es un hueco que produce el olvido. O la muerte.

El olvido masticó en segundos los recuerdos que sobrevivieron de mi sueño. Sospecho que todavía existen en algún espacio ahora inaccesible. Sospecho también que es mínimo el control que tengo de mi propio universo mental. Si los recuerdos se imprimen en relación directa con la carga emocional de las experiencias, las técnicas de asociación son un modo de agregarle valor a aquello que por conveniencia preferimos recordar, aun cuando es insignificante. En este caso ni siquiera tengo la posibilidad de la asociación. No tengo qué recordar.

domingo, abril 13, 2008

El traslado

El señor Gutiérrez sufre la angustia de trasladarse inmediatamente de la fragilidad a la inmortalidad. Y viceversa. A toda hora, todos los días. Cuando percibe alguna señal positiva siente que su vida es maravillosa, que el presente y el futuro le sonríen. En contrapartida, cuando le llegan malas noticias –diarios, amores, familia o proyectos inconclusos- lagrimea en las sombras.

Los días para él son, entonces, sucesiones intermitentes de estados de ánimo: bien, mal; pésimo, excelente; optimista, revolucionario; suicida, astronauta.

Suena el timbre. Las diez de la mañana. El señor Gutiérrez revisa mentalmente todas las opciones de personas que pueden visitarlo a las diez de la mañana. Nadie más interesante que el diariero, y es una buena noticia.

- Hola.
- ¿Tiene algo para afilar?
- No, gracias.

Ni buena ni mala. Pero es más mala que buena. Es más feliz recibir una revista que rechazar la oferta de afilar una tijera. El día comienza con una decepción lejana. El sonido del timbre suele despertar la diminuta esperanza de que algún sueño se va a cumplir. Que va a suceder algo que está fuera del libreto. Nunca sucede, y por eso siempre es esperanza. Como el coronel de Gabriel García Márquez; que espera los viernes para ir al correo.

La felicidad del señor Gutiérrez es una acumulación de pequeñas cosas. Ya rehusó a la posibilidad de modificar el rumbo de la existencia sentado en el escritorio de su casa. Ahora se conforma con encontrar una oferta en la librería, resolver juegos de ingenio y reunirse con gente amable. Su problema es que carece de poder de recuperación. Tan infantil y tan patético. Un pequeño accidente emocional lo hace tropezar una semana completa. Y es tan inútil que, silenciosamente, confía en que alguien va a tocarle el timbre para solucionarle los problemas. Su inutilidad está oculta detrás su silencio. Es un plano sobre otro.

Aún así, hay días en los que el señor Gutiérrez desarrolla estrategias de evasión: pone manos a la obra: hace. Compulsivamente se justifica. El costo de olvidar es demasiado elevado. Sus estrategias son a corto plazo porque no le gusta escaparse demasiado tiempo; elegir aquello que es permanente le parece insípido.
El traslado, la intermitencia, es una construcción propia. Y está tristemente orgulloso de los resultados.

lunes, abril 07, 2008

El ahorro

El ahorro es el resultado de gastar menos que lo que ingresa. Esa suma se ubica dentro de una caja, un cerdo de porcelana o una lata de chocolatada en polvo; allí descansa impávida, y sólo varía su valor de acuerdo con los sucesos políticos y económicos del mundo. También hay instituciones privadas y estatales dispuestas a recibir ahorros, convertirlos en créditos y luego exigir intereses. El viejo truco de especular.

Quien especula no ahorra, allí detrás hay un intrincado mapa de acción (te presto, me devolvés, te cobro, te vuelvo a prestar). El verdadero ahorrista es el que olvida. Ahorrar es abandonar. Acumular es desconocer, desentenderse, hasta en los casos que lo acumulado se multiplica. Sobran los ejemplos de personas que tienen grandes fortunas en sus cajas bancarias pero viven rodeados de límites, no recuerdan que tienen la posibilidad de ejercer la tranquilidad e incluso el lujo.

Tal vez el problema esté relacionado con la educación o las costumbres: hay una cultura generalizada de ahorrar en lugar de producir. Algo cercano al temor. Es difícil de entender a las personas que mueren con grandes sumas de dinero ocultas en sus cuentas. Ese dinero está tapando un vacío. Se guarda para conseguir un interés. El sistema bancario ha encontrado la palabra exacta. Construir un sistema para acumular es negar líneas de expresión. Producir es expresarse, estar en movimiento. La motivación deviene en interés, por propia naturaleza. El interés bancario, entonces, viene a reemplazar la falta de motivación.

Mucho más simpático es quien no ahorra y se embarca en inversiones delirantes, proyectos imposibles y sin rentabilidad. O que simplemente gasta. Fracase o no, conciente o inconcientemente, emprende una aventura. ¿Qué hubiera pasado si los Curie, o los hermanos Wright, se hubieran dedicado a guardar su dinero?. Esas personas no conciben a la riqueza como concepto. Se alejan del valor social. Un privilegio de pocos, que prefieren no olvidarse de sí mismos.

martes, abril 01, 2008

El compromiso

Hay quienes se jactan de no hacer nada por compromiso. Sólo movilizan cuerpo y espíritu por fines que les proponen placer inmediato. No titubean ni un microsegundo en decir que no cuando les falta ganas. Y creen que es maravillosa esta actitud, que representa la gestación de un mundo nuevo donde sus pobladores sólo dedican esfuerzos a las actividades que los enriquecen.

- Deberías buscar ayuda
- Sí
- ¿Por qué no buscas?
- No me interesa
- Pero no estás bien
- Ya se me va a pasar

Este esquema significa caminar siempre dentro de una espacio mínimo: uno mismo. Pero no es egoísmo, es conformismo y negación. Es creerse perfecto, o lo que es igual, mostrar silenciosamente un miedo existencial. Los compromisos no son siempre obligaciones. Son acuerdos, pactos, que tienen toda la flexibilidad que las dos partes (las dos partes pueden ser uno mismo y uno mismo) permitan. Casi siempre las cláusulas de los compromisos son una obviedad, son claras, necesarias. Lo necesario nunca es obligatorio, pero siempre es aconsejable.

El compromiso es una forma de salirse de uno mismo. Es dar lugar. Formularse preguntas es también un compromiso. Tal vez la interferencia radica en que parece una obligación aceptar la respuesta.

martes, marzo 25, 2008

La equivocación

Me despierta el teléfono. No sé hace cuanto suena, el sonido aparece entre un silencio difuso. Prefiero no atender y seguir durmiendo, pero es imposible. Escucho el sonido con una claridad absoluta; le encuentro matices que nunca había escuchado. Quiero que se calle, me está alterando. Decido levantarme. Me acerco en calzoncillos y a los dos pasos el timbre desaparece de corte. Sigo caminando entre la oscuridad. Si es importante va a volver a sonar. Me siento al lado del teléfono. Treinta segundos. No suena. Vuelvo a la cama sabiendo que ya no voy a poder dormir; tengo sueño liviano, además ya es momento de levantarme e ir en busca de algo para cenar. La cama está perfecta. Me duermo. El teléfono vuelve a sonar.

Me levanto sin vacilar y atiendo, sentí un dejo de fastidio en la lejanía.

- Hola
- Hola. ¿Hotel rrrrrrrr?
- No, equivocado

En el trayecto que hace el tubo hasta el cuerpo del teléfono escucho que la voz dice cosas. Es un hombre, voz aflautada. Treinta y ocho años, cuarenta y cinco a lo sumo.

Vuelve a sonar. Ya sé lo que me espera.

- Hola (enérgico)
- (respiración)
- Hola (fastidio)
- Hola ¿Hotel rrrrrrrr? (dubitativo)

Corté. Me doy cuenta que cometí una equivocación. Vuelve a sonar.

- Hola
- Hola, disculpame. ¿Este es el número del Hotel rrrrrrrr?
- No, es el número de mi casa.
- ¿Este es el 1111111?
- Sí, pero no es el Hotel rrrrrrrr.
- Disculpame.

Regreso a la cama con un poco de frío en el cuerpo. Me tapo y me quedo despierto mirando el techo. Reviso mentalmente la heladera y las alacenas. Huevos, queso, una lata de paté. No hay recetas tentadoras con esos productos. A la tarde comí pan rico con queso crema. Siento el cuerpo como si estuviera lleno de algodón mojado. Quiero comer algo fresco. Puede ser una manzana, una pera, un racimo de uvas. Una cerveza bien fría. Totalmente decidido. Es sólo cuestión de caminar hasta el almacén; son menos de 50 metros y compro todo. La noche está templada, se puede ir en remera y zapatillas sin medias. Vuelve a sonar.

- Hola

Siento que respiran, que quieren hablar. Reconozco la respiración. Cortan abruptamente.

Me siento nuevamente al lado del teléfono. No entiendo qué necesidad tiene este muchacho de insistir llamando a un número que no corresponde con el destino que quiere ubicar. Está marcando coordenadas correctas, pero que no conducen donde él quiere dirigirse: no es el camino, aunque sea el único que conozca. Es matemáticamente erróneo. Pero es testarudo, insiste. Sabe que está mal y no quiere darse por vencido. Tal vez está esperando que yo vaya hasta el Hotel rrrrrrrr y le reserve una habitación doble con desayuno. Lo dudo. De todos modos, no es extraña su actitud, es común encontrar gente que pretende resultados distintos aplicando siempre la misma metodología. Las equivocaciones son consecuencia de un error en el proceso. Si el proceso se repite, regresa el error. Hay quienes no cambian el proceso y exigen resultados distintos. Es una actitud que supera la necedad. Es violencia.

En la cocina hay menos de lo que pensaba. El queso es sólo un pedazo de cáscara; y la lata de paté es lo menos tentador que he visto en los últimos años. Por suerte ya tengo el menú definido. Me encanta la fruta. Con cinco pesos es suficiente. Me calzo un pantalón, también zapatillas. Vuelve a sonar.

- Hola
- Hola, disculpame ¿Este es el número del Hotel rrrrrrrr?
- No señor. No es. Por quinta vez. ¿Cómo se lo tengo que decir?
- Pero yo tengo este número.
- Tiene mal el dato. Esta es mi casa, no puede usted dormir acá. No entramos, es un monoambiente.
- ¿Me estás tomando el pelo?
- No, sólo quiero que deje de llamar a mi casa. Déjeme ejercer mi libertad. Quiero bajar a comprar uvas, una manzana y una pera. Quiero cenar.
- Tiene razón. Disculpe. Ahora… ¿Le molesta tanto atender el teléfono?
- Usted es más de lo que pensé.
- ¿Más qué?
- Estúpido
- Quiero comunicarme con el Hotel rrrrrrrr. Sólo eso. Usted es un maleducado.
- ¿Hace falta decir algo más? Tengo hambre.
- (respiración) Tiene razón, disculpe.

Cierro la puerta con llave y me lanzo a la calle. El almacén está cerrando, llego justo.
La manzana está un poco arenosa. Las uvas, deliciosas.

domingo, marzo 16, 2008

La espontaneidad

Los extremos son locura. Una persona que se deja llevar por sus impulsos sin atravesar algún reparo en su camino puede terminar en un pantano emocional. Al mismo tiempo, una persona que razona hasta la última posibilidad termina convirtiéndose en un inválido.

Me llama mucho la atención las personas que dedican esfuerzos inmensurables en actividades banales. Por ejemplo, aquellos que disponen horas completas a calcular el momento exacto para enviar un mensaje de texto con fines amorosos. Una vez que lo decidieron, inician un proceso parecido para elegir palabra por palabra lo que van a decir. Por lo general, intentan:

- Mostrar un leve desinterés
- Que el texto no parezca forzado
- No abundar en signos de exclamación
- Quedar simpático
- Que sea claro
- Redactar de tal forma que siempre sea necesario responder el mensaje
- Ser breve
- Ser simple
- Ser inteligente

Y la lista puede continuar. El punto es que los mensajes de texto son una herramienta que permite ejercer la espontaneidad, especialmente porque son señales absolutamente despersonalizadas. Uno goza de un pequeño anonimato cuando envía. El problema está en que se nota cuando las diez o doce palabras promedio que se utilizan se piensan demasiado. En el intento de armar oraciones amables es más probable caer en construcciones crípticas. También hay una relación entre el horario y la calidad de la redacción: cuanto más tarde, menos pensado. Y en consecuencia directa: cuanto más tarde, menos importante es el receptor.

La calidad de la redacción de un sms no va a conseguir una cita con la mujer amada. Bueno sería que así funcione, todos estarían preocupados por dominar la gramática, conseguir un léxico fluido y trazar metáforas de alto vuelo. Pero no. La atracción llega por otros lugares. No hace falta perder el tiempo.

lunes, marzo 10, 2008

El colectivo

Un grupo de personas esperaba el colectivo. Casi era de noche, la calle estaba vacía y en silencio; se podía escuchar el chasquido del semáforo cuando cambia de color. A la distancia resonaron los zapatos de una mujer que avanzaba con una bolsa de plástico llena de papeles y un sweater. Era triste verla caminar. La luz de la ciudad le estropeaba la cara y la ropa.

Sentada sobre un alfeizar una chica empuñaba el monedero con fuerza, movía las rodillas y no quitaba le vista de la perspectiva de la calle. Su postura explicaba que no estaba apurada, pero que tampoco quería quedarse en esa esquina mucho rato más. Un nenito, seis años, la miraba con el dedo en la nariz, la cara sucia; la madre buscaba el encendedor en la cartera con el cigarrillo en la boca y sin soltarle la mano. Luego había una pareja que se besaba. Generaban ruido a saliva. No les importaba. Él le tocaba el culo, ella se reía y le mordía la boca grotescamente. Él vestía camisa adentro del pantalón y lentes de sol en la cabeza, pelo mojado; ella una remera ajustada y un bolso cruzado que le marcaba las tetas. También se le veía el ombligo: un hueco interminable y oscuro.

Aparecí, de casualidad, quince segundos antes que el colectivo. Me quedé mirando el cuadro. No tenía nada que hacer, entonces decidí subirme.

Entró la chica. Pagó y se perdió en el fondo.
Entró la madre con el nene en brazos para ahorrarse un boleto. El chofer la miró en clara alusión al abuso. El nene era gordo y caminaba perfectamente solo.
Entro ella. Pasó de largo.
Entró él.
–Dos-, dijo.
Pagó.
Guardó el boleto en el bolsillo trasero del pantalón.
Ella volvió a sonreír y sacudió la cabeza. Los dos mascaban chicle.
Se sentaron.

Me fui lo más atrás posible para no perder detalle. El colectivo era verde, los asientos de plástico gris. Los bufidos del motor se perdían entre el chillido de los frenos, el timbre y el silbido de la puerta. Sólo había una persona cuando subimos, una señora muy mayor que miraba por la ventana y movía la mandíbula en círculos irregulares.

Pensé en el chofer, en el recorrido preciso y cronométrico que tiene que respetar. En la madre y su hijo. En la mujer que caminaba con la bolsa y los papeles. En la chica, que ya se había bajado. En la pareja. En la vieja y su mandíbula.

Me sonó el teléfono, preferí no atender. Quería que suene hasta que alguien se de vuelta y me mire, quería ver la cara. Fue antes de lo previsto: al segundo ring, él me fusiló con la mirada. No atendí, a propósito. Se dio vuelta y susurró algo al oído de su novia. Los dos se rieron en silencio y se besaron sin dejar de mascar chicle.

Volvió a sonar el teléfono. Ring. Él volvió a mirarme. Continué con mi juego: puse cara de triste, perdí la mirada en el suelo y no atendí. Sentí su mirada en mi frente. El sonido retumbaba en todo el colectivo. Todos me miraban ahora, incluso la viejita.

Nadie dijo nada, aunque todos querían decir. Nadie se atrevió a dar la iniciativa. El teléfono sonó hasta que se cortó por sí solo.

Avanzamos cerca de 5 minutos. Todo seguía igual. Mi teléfono ya no iba a sonar. Le hice señas al chofer; me bajé en la parada siguiente. Un foco de luz tenue. La calle desierta. El cielo nublado y naranja.

El colectivo se perdió por los barrios.

domingo, febrero 24, 2008

La noche

Los perros que ladran a la noche están tristes. Ladran en busca de alguna respuesta. ¿Qué pasa perrito? ¿Qué son todos esos puntitos de luz que flotan ahí arriba? Son estrellas. Las mismas que miraba Heráclito de Éfeso y Pitágoras y Leonardo Da Vinci. Las mismas que sirvieron de inspiración a Galileo, ese italiano loco que dijo alguna vez que la tierra se mueve alrededor del sol. ¿Sabías perrito que el cielo no se termina nunca? Que podés mirar y mirar y mirar y mirar… y dejar que el tiempo pase. No te sientas solo. El sol se fue, se escondió. Silenciosamente se paró detrás de la luna para darle luz. Pero va a volver. Vuelve todos los días, con una puntualidad cronométrica, aunque en invierno tarda un poco más en aparecer, seguramente porque está cansado, o porque tiene frío. Cada estrella que hay en el cielo es un sol, uno gigante, enorme, imposible de medir con una regla de esas que los nenes llevan al colegio. Tienen miles de kilómetros de extensión. Millones… tantos que los dedos no alcanzan para saber cuántos son exactamente. Las estrellas también se apagan, como los leños de una chimenea. Son bolas de fuego incandescente que cuando se hacen viejitas desaparecen. Igual que nosotros. El tiempo nos arruga, nos aclara el pelo y nos absorbe. No estés triste perrito. El cielo es tuyo y mío, y de mis amigos y de tus amigos. Y de nadie. Y de todos. No entendés una sola palabra de lo que te digo ¿verdad?. Yo te digo luna y vos apenas escuchas un ruido. Te escribo este pequeño poema y vos seguís triste. Es probable que todos estemos un poco tristes. Sólo que los humanos no ladramos. Algunos lloran, revuelven los recuerdos de viejos tiempos en busca de alguna respuesta. Como si le quedara allí algo por saber. Probablemente sea así. Pero prefiero pensar que todo se resuelve en el presente. Tu problema, perrito solitario, es la falta de cariño. El problema de los humanos es exactamente el mismo. ¿Puedo ladrar al lado tuyo? ¿Me prestás alguna estrella? Seguro que las conocés todas. Estoy en busca de una estrella, pero hay tantas… me gustaría conocerlas a todas, como vos. ¿Me ayudas perrito? ¿Me ayudas? Yo también estoy solo. Y triste. Es de noche. Te escuché ladrar y vine para acá, no podía dormir. Por suerte te encontré.

domingo, febrero 17, 2008

La inutilidad

El artista que camina los barrios marginales. Junta basura y se limpia las manos en su chaqueta. Encuentra latas de aceite, un zapato y una cortina de baño. También barro.

La calle; sobre la calle, autos; sobre los autos, personas; sobre las personas, una compleja telaraña de reacciones. Bocinas. Gritos. La cabeza que se asoma por la ventanilla para pronunciar neologismos que cumplen la función de blasfemias. La connotación y su complejidad.

Con basura, el artista elabora un mensaje. Piensa para encontrar, dialoga. Escucha sobre necesidades para iluminar problemas; pone el cuerpo, busca su línea. Es útil a su sensibilidad. La agresión, en cambio, es evidencia de inutilidad, es una cualidad de los inútiles. Una conducta medida no intenta destruir, apenas sí conciliar. O seguramente discutir. La agresión es impedirse cambiar. Es decir, también es necedad.

La calle es una sucesión de anécdotas. Mire donde se mire hay una historia, casi todas agresivas. Como el conductor de una camioneta, que ayer a la tarde amenazó con pisar a un chico de catorce años que observaba un grafitti. Había más de 20 personas en la misma actitud contemplativa. El conductor profirió su incomodidad en términos de violencia, que a su vez generó otro foco de violencia. Nadie se golpeó con nadie, pero tampoco hizo falta para entender qué había detrás de esas palabras.

Clavó la vista al frente, aceleró desmedidamente, avanzó 25 metros y frenó en el semáforo. Casi dos minutos. Por el espejo retrovisor se le veían los gestos, creía que había actuado a la perfección. Ojos de mirada incompleta.

Esperó la luz verde y se perdió sobre una avenida.

lunes, febrero 11, 2008

La idea

La primera luz. La nena se sentó donde había sombra; su gato la observaba con los ojos trasparentes. El carro del lechero; una crín de caballo que se asoma detrás de la medianera. Un movimiento en falso y apareció el desayuno: bandeja, taza de té; pan fresco: dos cucharadas de mermelada de pera. Un poco ella, un poco el gato. Entonces, el saludo:
- Buenos días-, dijo Don Martín. Pantalones de vestir viejos, camisa a cuadros casi convertida en un amistoso retazo de tela gris.
- Buenos días-, dijo ella. El gato pestañeó en cámara lenta y siguió con el desayuno. Era una mañana blanca. El sonido de la taza, la vegetación.

El jardín tenía una pequeña fuente que llevaba decenas de años sin funcionar. Don Martín siempre la miraba con ganas de devolverle el uso. La idea duraba milésimas de segundo. Dada la rutina, era muy lejana; las ideas cobran fuerza cuando se les dedica tiempo. Si suceden como parpadeos se diluyen. Se ubican en un lugar tan pequeño que después no se ven. O se ven sólo en un vértice difícil de relacionar. Uno sabe que hay algo por ahí suelto que tiene que ver con las necesidades. El nexo es una palabra.
- Venga Don Martín, siéntese, no se quede ahí parado-, dijo ella. Golpeó con la palma de la mano un lugar inmediato donde podía sentarse. Le miró la espalda. Don Martín se sentó.
- Es un día especial, pero me siento igual que cualquier otro día. De chico quería ser cartero. Acá estoy, jardinero. Es una linda mañana-, dijo Don Martín sonriendo tibiamente. Se levantó, le acarició la cabeza al gato y partió hacia una pequeña casucha ubicada en un rincón. Ladrillo y cemento. Una ventana dividida en cuatro rectángulos. Yuyos alrededor. El resto del lugar estaba impecable.

Un rosal. Dos pinos. La fuente en desuso. Don Martín. La nena. El gato que pestañea. Sombra. Blancura. En el aire había un silbido.

Volvió Don Martín, tijera en mano, guantes. Se secó el sudor de la frente con la manga de la camisa, y dispuesto a comenzar un día de trabajo se marchó. Ella lo siguió con la mirada hasta que cerró la puerta. Se puso de pie y fue hacia la casita del rincón. Sólo herramientas y dos fotos recortadas del diario. Nada. Salió. Miró al gato, que estaba desparramado en el suelo sobre una mancha de sol. El cuerpo arqueado y los ojos cerrados: durmió hasta que comenzó a llover. Don Martín ya había regresado. La nena leía un libro acostada en la alfombra de la sala. Hacía frío. El jardín era un decorado que se asomaba silenciosamente a través de la ventana.

domingo, enero 27, 2008

La impotencia

La palabra mal pronunciada es una de las formas más extremas de aniquilar una conversación. Casi siempre son relaciones forzadas, y hasta tal vez inexistentes, que intentan ubicarse como verdad universal. El impacto que generan es el silencio. Por más argumentos que alguien pueda tener para sostener una reflexión, la estructura completa se convierte en vapor ante la presencia de sandeces de alto calibre.

Un diálogo tiene como punto de partida la línea A. Comienza la charla, surge una intersección natural con B; allí interrumpe el receptor para hablar de Q. Y Q no es un error, es otra cosa, absolutamente distinta, que por una incomprensible relación pasó a oscurecer el momento. Charla finalizada. No hay nada que decir, nada que responder, nada que agregar. Silencio y vergüenza.

Este tipo de interrupciones tiene tres motivos:
a) necesidad de exponer logros personales
b) necesidad de ubicarse como protagonista
c) desconocer el momento de hacer silencio

Anoche compartí una cena con un grupo de personas muy interesantes. Lectores todos, conocedores de autores clásicos de la literatura argentina. Mientras disfrutábamos del postre sonó el timbre: el amigo de uno de ellos se unía al grupo. Saludó a los gritos, se acomodó el pelo y se sentó a la mesa. Ya había cenado, ni siquiera se sacó la campera.

Cuando terminó de ubicarse, uno de los chicos continuó con un chiste que estaba haciendo en referencia a un cuento de Borges. Un comentario simple, divertido y nada más. Estaba bromeando sobre los espejos, la ceguera y el tiempo.

- Leí Borges en el secundario. No se le entiende nada-, interrumpió el recién llegado.
- ¿Te parece? No es una lectura complicada, sí son ideas complicadas, pero su forma de escribir es muy clara-, comentó el autor de la broma.
- Sería mejor si hubiera hecho descripciones de paisajes-, agregó el recién llegado con tono de conferencista.

Yo miraba sin opinar. Pensé rápidamente, aunque jamás iba a abrir la boca, la posibilidad de decir algo. Me descubrí bloqueado, y no era el único. Nadie allí supo decir nada. Hubo segundos largos de silencio.
Alguien se acercó a la computadora y cambió la música. Otro se puso a jugar con los potes de helado. El recién llegado miraba a todos en busca de aprobación. Sólo atiné a mirar la hora en mi teléfono celular. La miré hasta que avanzó el minutero. Me gusta ver el instante exacto en que cambia el numerito.

martes, enero 22, 2008

El desgaste

El tiempo trabaja los objetos. Todos. Los erosiona sin prisa, aunque constantemente. El resultado de esta labor silenciosa es el cambio. Un durazno abandonado en la heladera sirve para advertir el paso del tiempo: es un adverbio de tiempo. De acuerdo con la consistencia, el caudal de moho y el color de su cáscara se puede arriesgar a ojo la cantidad de semanas que lleva ahí.

Para advertir el cambio hay que hacer una elipsis. Es decir, olvidarse del objeto por un tiempo prudente. Los cambios son invisibles en la rutina.

Me llama la atención lo que sucede con la ropa. Un par de zapatillas nuevas, por ejemplo. Ocupan algún lugar de privilegio. Son nuevas, son las mejores, el tiempo no las toca. Hasta que llegan otras. Instantáneamente caen del podio de la exclusividad, se completan de imperfecciones, pierden color, se estiran. No resisten la comparación y pasan a ocupar el repertorio del día a día. Se usan para las tareas más ordinarias, sin culpa. En este caso, la elipsis llega de un modo violento: la sustitución.

El cuerpo es también víctima del tiempo. Lentamente cede ante la gravedad, se va desvencijando, se arruga, se hincha, se encoje, se tuerce. La juventud -tiempo de exclusividad- pasa a ser un recuerdo encerrado en fotografías. No hay posibilidad de escapar al desgaste.

lunes, enero 14, 2008

Los huecos

El mundo en un intercambio sostenido. El habla.
- Hola. Te invito.
- Tengo que lustrar los bronces. Mil disculpas.

El característico tufo de los pasillos en los edificios, fritanga mezclada con la emanación amoníaca de los perros. Microclima condensado en un rectángulo de ocho metros cuadrados. El olfato.

El chocolate: amalgama exacta entre dulce y amargura; dócil, vulnerable a las temperaturas. Objeto de tentaciones irrefrenables. Metáfora de ansiedad, remedio para la angustia oral. El gusto.

La interacción nerviosa de dos cuerpos que se ofrecen. Sexo.

Un lienzo de Mark Rothko. Simple y casi monocromático. Grandes formatos que parten la pared con el impacto de la síntesis. La vista. También la mierda, que brota por el ano. Tema delicado que nunca fue analizado como maravilla de la creación, sino como elemento condenado a ser escondido. Resultante de un proceso, el descarte, la materia marginal que muere en la cañería.

Inhalación. Exhalación.

La transpiración.

Somos nuestros huecos. Allí el vehículo, la comunicación, la verdadera codicia. El cuerpo es la estructura que sostiene nuestros huecos.

miércoles, enero 02, 2008

El cuerpo

El mercado de revistas está completo de cuerpos desnudos. Son kilómetros cuadrados de piel impresos en papel. Todo muy visual. Más allá de la obviedad de las curvas, lo interesante es observar su ubicación, la fotografía, los colores. Son tan perfectos y explícitos. Pero a la vez tan distantes. La atracción que producen estos cuerpos se sostiene en la imposibilidad de acceso.

Las imágenes se interponen en el camino, es casi imposible obviarlas. Son casi todas mujeres. Es un ejercicio divertido observar el movimiento de ojos de los transeúntes cuando se deslizan frente a un kiosco: algunos miran con vergüenza; otros como si no les interesara y otros directamente se detienen y simulan leer los titulares de una publicación de automovilismo.

Este tipo de imágenes silenciosamente te hacen acordar que uno también tiene cuerpo. Y que está rodeado por cuerpos, casi todos imperfectos, o no tan perfectos como los que adornan las revistas. Avanzan a distintas velocidades, se cruzan, se tocan, se modifican. Y no sólo hay cuerpos en los kioscos, también hay cuerpos en las publicidades, de hecho no se sabe cuál es el producto; hay cuerpos en las cafeterías, te sirven un licuado de banana o cualquier cosa que esté en la carta; hay cuerpos en los semáforos, vestidos con calzas y gorrita; hay cuerpos en las farmacias, en las jugueterías, en las tiendas de ropa, en las estaciones de servicio. Todo es cuerpo. La sociedad es un sinfín de piernas, narices, ojos, brazos, torsos, orejas repartidos por el azar de la genética. Ser cuerpo tiene condiciones. Tiene medidas matemáticas. Ser cuerpo significa éxito social. La soledad es la ausencia de cuerpos. El cuerpo siempre está por delante. Es imposible disimularlo. Y ocupar el espacio justo es motivo de tapa.