lunes, abril 28, 2008

Las cifras

En un país organizado, sin fisuras, los tecnócratas claman por transparencia y matemática. Hacen culto de los personajes dotados de una mente algorítmica, de olfato infalible para reconocer negocios rentables. Son personas que comienzan desde bien abajo, lustrando manzanas. Y a una edad prudente se hacen con un ministerio, luego de amasar un par de miles y demostrar que todo es consecuencia de un proceso exitoso de administración. Las cuentas son sinónimo de producción.

- Nada mejor que un administrador. Es lo que hace falta-, dicen los votantes conformes. Dicen y eligen y votan y defienden acaloradamente el modelo en mesas de café, en taxis y asados nocturnos que se disfrutan en camisa y pantalón de vestir.

Y los países responden a los pedidos eleccionarios. Asumen quienes desarrollaron la mejor campaña. Entonces llega al poder, calculadora en mano, el ansiado administrador, dispuesto a justificarlo todo desde un escritorio. Para el bien de todos, el señor numerito.

Primer anuncio:

“Comenzaremos a subsidiar la producción de arandelas. Nuestro superávit nos permite dar un paso adelante en este nuevo proyecto de país”.

La producción de arandelas tapó las ciudades, murieron miles de personas aplastadas y asfixiadas.

Segundo anuncio:

“Dada la gran demanda de ataúdes abriremos una línea de crédito especial para los fabricantes del rubro fúnebre. En estos casos es necesario que la oferta sea mayor a la demanda, y así mantener los precios estables. De hecho, nuestra idea es proyectarnos en el mercado internacional con este nuevo producto”.

Cientos de depósitos se llenaron con ataúdes. Los precios eran tan nimios que los fabricantes cortaron las principales rutas del país a modo de protesta. Exigían una inmediata intervención del Estado.

Tercer anuncio:

“Aumentaremos el presupuesto en ciencia. Nuestros químicos desarrollarán un nuevo virus para acortar la vida humana en un 75%. Con este cambio la producción de ataúdes, que creció un 1600% en los últimos 10 meses, tendrá nuevas perspectivas. Equilibramos así los huecos que deja la producción de arandelas: mercado que creció un 2500% en el último año, con una rentabilidad real de $ 1.567 MM anuales. Todo un éxito en comparación con los números del mismo mes del año pasado, cuando se percibía una caída en la producción del 0,65%”.

En menos de quince años el país quedó desierto. Las tierras fueron ocupadas por la vegetación y un contingente de millones de habitantes que vivían apretados en el otro hemisferio del planeta. La arandelas fueron fundidas para construir nuevas ciudades. Con los ataúdes se hicieron puertas, ventanas y pisos de parquet. La montaña de cadáveres fue lo más difícil de eliminar.

lunes, abril 21, 2008

La nada

La casa de Lucía era mi casa. Mi primo no era mi primo; y tenía la boca llena de cucarachas. Le caminaban por el cuello y se introducían debajo de la ropa. Eso fue lo único que me quedó registrado del sueño espantoso de anoche. Ni bien me desperté recordaba detalles y tiempos de la narración. Luego muy poco. Sólo las cucarachas, la casa que no era la casa que conozco y mi primo, que no era mi primo.

Me desperté levemente sobresaltado, incluso con un poco de miedo. Tenía frío y ganas de ir al baño. Estaba incómodo. Tuve que salir de la cama y atravesar todo el departamento descalzo, el piso helado, la sala en silencio. En el trayecto las imágenes aún estaban frescas en mi memoria, y en segundos desaparecieron, se diluyeron de un modo absoluto. Me esforcé, casi por capricho. Imposible. No quedó registro alguno.

La mente nunca está quieta. Cuando uno está despierto decodifica la realidad, dibuja interpretaciones -brillantes o despreciables-, se comunica; en fin, utiliza su capacidad intelectual. Cuando uno está durmiendo también, aunque de modo inconsciente. Es un funcionamiento distinto. Las actividades mentales suceden, en distintos planos, sin interrupciones. Muy pocas quedan registradas.

Las matemáticas entienden la nada como un conjunto vacío, que se representa con el número cero [0]. Para la física, es el fragmento de espacio que no contiene materia. La filosofía empuja el problema hacia los márgenes de la lingüística: la nada existe en tanto existe el hombre. Pero la mente no conoce la nada. La nada mental es un hueco que produce el olvido. O la muerte.

El olvido masticó en segundos los recuerdos que sobrevivieron de mi sueño. Sospecho que todavía existen en algún espacio ahora inaccesible. Sospecho también que es mínimo el control que tengo de mi propio universo mental. Si los recuerdos se imprimen en relación directa con la carga emocional de las experiencias, las técnicas de asociación son un modo de agregarle valor a aquello que por conveniencia preferimos recordar, aun cuando es insignificante. En este caso ni siquiera tengo la posibilidad de la asociación. No tengo qué recordar.

domingo, abril 13, 2008

El traslado

El señor Gutiérrez sufre la angustia de trasladarse inmediatamente de la fragilidad a la inmortalidad. Y viceversa. A toda hora, todos los días. Cuando percibe alguna señal positiva siente que su vida es maravillosa, que el presente y el futuro le sonríen. En contrapartida, cuando le llegan malas noticias –diarios, amores, familia o proyectos inconclusos- lagrimea en las sombras.

Los días para él son, entonces, sucesiones intermitentes de estados de ánimo: bien, mal; pésimo, excelente; optimista, revolucionario; suicida, astronauta.

Suena el timbre. Las diez de la mañana. El señor Gutiérrez revisa mentalmente todas las opciones de personas que pueden visitarlo a las diez de la mañana. Nadie más interesante que el diariero, y es una buena noticia.

- Hola.
- ¿Tiene algo para afilar?
- No, gracias.

Ni buena ni mala. Pero es más mala que buena. Es más feliz recibir una revista que rechazar la oferta de afilar una tijera. El día comienza con una decepción lejana. El sonido del timbre suele despertar la diminuta esperanza de que algún sueño se va a cumplir. Que va a suceder algo que está fuera del libreto. Nunca sucede, y por eso siempre es esperanza. Como el coronel de Gabriel García Márquez; que espera los viernes para ir al correo.

La felicidad del señor Gutiérrez es una acumulación de pequeñas cosas. Ya rehusó a la posibilidad de modificar el rumbo de la existencia sentado en el escritorio de su casa. Ahora se conforma con encontrar una oferta en la librería, resolver juegos de ingenio y reunirse con gente amable. Su problema es que carece de poder de recuperación. Tan infantil y tan patético. Un pequeño accidente emocional lo hace tropezar una semana completa. Y es tan inútil que, silenciosamente, confía en que alguien va a tocarle el timbre para solucionarle los problemas. Su inutilidad está oculta detrás su silencio. Es un plano sobre otro.

Aún así, hay días en los que el señor Gutiérrez desarrolla estrategias de evasión: pone manos a la obra: hace. Compulsivamente se justifica. El costo de olvidar es demasiado elevado. Sus estrategias son a corto plazo porque no le gusta escaparse demasiado tiempo; elegir aquello que es permanente le parece insípido.
El traslado, la intermitencia, es una construcción propia. Y está tristemente orgulloso de los resultados.

lunes, abril 07, 2008

El ahorro

El ahorro es el resultado de gastar menos que lo que ingresa. Esa suma se ubica dentro de una caja, un cerdo de porcelana o una lata de chocolatada en polvo; allí descansa impávida, y sólo varía su valor de acuerdo con los sucesos políticos y económicos del mundo. También hay instituciones privadas y estatales dispuestas a recibir ahorros, convertirlos en créditos y luego exigir intereses. El viejo truco de especular.

Quien especula no ahorra, allí detrás hay un intrincado mapa de acción (te presto, me devolvés, te cobro, te vuelvo a prestar). El verdadero ahorrista es el que olvida. Ahorrar es abandonar. Acumular es desconocer, desentenderse, hasta en los casos que lo acumulado se multiplica. Sobran los ejemplos de personas que tienen grandes fortunas en sus cajas bancarias pero viven rodeados de límites, no recuerdan que tienen la posibilidad de ejercer la tranquilidad e incluso el lujo.

Tal vez el problema esté relacionado con la educación o las costumbres: hay una cultura generalizada de ahorrar en lugar de producir. Algo cercano al temor. Es difícil de entender a las personas que mueren con grandes sumas de dinero ocultas en sus cuentas. Ese dinero está tapando un vacío. Se guarda para conseguir un interés. El sistema bancario ha encontrado la palabra exacta. Construir un sistema para acumular es negar líneas de expresión. Producir es expresarse, estar en movimiento. La motivación deviene en interés, por propia naturaleza. El interés bancario, entonces, viene a reemplazar la falta de motivación.

Mucho más simpático es quien no ahorra y se embarca en inversiones delirantes, proyectos imposibles y sin rentabilidad. O que simplemente gasta. Fracase o no, conciente o inconcientemente, emprende una aventura. ¿Qué hubiera pasado si los Curie, o los hermanos Wright, se hubieran dedicado a guardar su dinero?. Esas personas no conciben a la riqueza como concepto. Se alejan del valor social. Un privilegio de pocos, que prefieren no olvidarse de sí mismos.

martes, abril 01, 2008

El compromiso

Hay quienes se jactan de no hacer nada por compromiso. Sólo movilizan cuerpo y espíritu por fines que les proponen placer inmediato. No titubean ni un microsegundo en decir que no cuando les falta ganas. Y creen que es maravillosa esta actitud, que representa la gestación de un mundo nuevo donde sus pobladores sólo dedican esfuerzos a las actividades que los enriquecen.

- Deberías buscar ayuda
- Sí
- ¿Por qué no buscas?
- No me interesa
- Pero no estás bien
- Ya se me va a pasar

Este esquema significa caminar siempre dentro de una espacio mínimo: uno mismo. Pero no es egoísmo, es conformismo y negación. Es creerse perfecto, o lo que es igual, mostrar silenciosamente un miedo existencial. Los compromisos no son siempre obligaciones. Son acuerdos, pactos, que tienen toda la flexibilidad que las dos partes (las dos partes pueden ser uno mismo y uno mismo) permitan. Casi siempre las cláusulas de los compromisos son una obviedad, son claras, necesarias. Lo necesario nunca es obligatorio, pero siempre es aconsejable.

El compromiso es una forma de salirse de uno mismo. Es dar lugar. Formularse preguntas es también un compromiso. Tal vez la interferencia radica en que parece una obligación aceptar la respuesta.