La palabra mal pronunciada es una de las formas más extremas de aniquilar una conversación. Casi siempre son relaciones forzadas, y hasta tal vez inexistentes, que intentan ubicarse como verdad universal. El impacto que generan es el silencio. Por más argumentos que alguien pueda tener para sostener una reflexión, la estructura completa se convierte en vapor ante la presencia de sandeces de alto calibre.
Un diálogo tiene como punto de partida la línea A. Comienza la charla, surge una intersección natural con B; allí interrumpe el receptor para hablar de Q. Y Q no es un error, es otra cosa, absolutamente distinta, que por una incomprensible relación pasó a oscurecer el momento. Charla finalizada. No hay nada que decir, nada que responder, nada que agregar. Silencio y vergüenza.
Este tipo de interrupciones tiene tres motivos:
a) necesidad de exponer logros personales
b) necesidad de ubicarse como protagonista
c) desconocer el momento de hacer silencio
Anoche compartí una cena con un grupo de personas muy interesantes. Lectores todos, conocedores de autores clásicos de la literatura argentina. Mientras disfrutábamos del postre sonó el timbre: el amigo de uno de ellos se unía al grupo. Saludó a los gritos, se acomodó el pelo y se sentó a la mesa. Ya había cenado, ni siquiera se sacó la campera.
Cuando terminó de ubicarse, uno de los chicos continuó con un chiste que estaba haciendo en referencia a un cuento de Borges. Un comentario simple, divertido y nada más. Estaba bromeando sobre los espejos, la ceguera y el tiempo.
- Leí Borges en el secundario. No se le entiende nada-, interrumpió el recién llegado.
- ¿Te parece? No es una lectura complicada, sí son ideas complicadas, pero su forma de escribir es muy clara-, comentó el autor de la broma.
- Sería mejor si hubiera hecho descripciones de paisajes-, agregó el recién llegado con tono de conferencista.
Yo miraba sin opinar. Pensé rápidamente, aunque jamás iba a abrir la boca, la posibilidad de decir algo. Me descubrí bloqueado, y no era el único. Nadie allí supo decir nada. Hubo segundos largos de silencio.
Alguien se acercó a la computadora y cambió la música. Otro se puso a jugar con los potes de helado. El recién llegado miraba a todos en busca de aprobación. Sólo atiné a mirar la hora en mi teléfono celular. La miré hasta que avanzó el minutero. Me gusta ver el instante exacto en que cambia el numerito.
1 comentario:
Besos de colores
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