La ciudad es también un collage de sonidos que nunca se detienen; vibraciones superpuestas que conforman un ruido inevitable. Siempre se escucha una alarma, el vuelo de un insecto, el llanto de un bebé, un estornudo, un gemido, un insulto, un piropo, el bufido de un motor, la musiquita de un contacto del msn, el chasquido de un semáforo, el zumbido de una luz, el quejido de alguna puerta, el beep de un ascensor, un disparo, una cachetada, el crepitar de una milanesa, murmullo, un golpe, una tonada musical, el sonido de un bolígrafo deslizándose, una bocina, el estallido de un cristal (o de un vidrio), algún silencio, un rumor, un martillazo, la caída de una percha para colgar la ropa, un teléfono, un acople, una patada, un timbre, las cuerdas de una guitarra, una bicicleta, el susurro de un árbol librado al azar del viento, el click de un mouse, el estruendo que produce el choque de dos placas de metal negro, un discurso, una radio, un globo que estalla, una canilla que gotea, un calefactor encendido, pasos.
El ruido es una variable espacio-temporal: está determinado por la ubicación y el horario. Detenerse a desmembrar la conformación del ruido es, además de una actividad quirúrgica, participar en una guerra que pone en juego una escala casi infinita de intensidades. Una única textura que fluctúa hasta derretirse en la inconciencia.
3 comentarios:
un beso y un silencio
Ojo, hay ruidos que no molestan
Me encantó este post. Es una lástima que no lo haya leído.
Publicar un comentario