La vida sin dientes sería, sencillamente, imposible. Son piezas trascendentales en el ejercicio de la masticación, continuación del hueso hacia la vida exterior. Al menos que uno acepte una existencia desabrida: puré, agua y puré, con los inconvenientes de contención obvios. Es difícil tragar los alimentos inconsistentes sólo con los labios. Además, sería una vida desprotegida, con serios problemas de comunicación oral. Los dientes representan una coraza sólida –probablemente la más sólida del cuerpo- que regula el ingreso y el egreso del aire necesario para una correcta pronunciación. Son como soldados de calcio esmaltado, descansando sobre un terreno cuasi-gelatinoso, que le marcan un límite al monstruo húmedo e inquieto de la lengua. Monstruo siempre sumergido en sus salivas de la eterna juventud. La lengua no envejece, o al menos no se le nota la edad, aunque sí se pudre de inmediato cuando muere. Mientras que los dientes cambian de color desagradablemente y crecen incorruptibles -o se caen impunemente- pero suelen sobrevivir al paso del tiempo.Los dientes ocupan también un lugar fundamental en la conformación estética de un rostro. Su desprendimiento, generalmente irregular, afea. Un rostro sin dientes es incompleto.
Hay noches en las que sueño que se me caen todos los dientes. Yo los recojo con las dos manos y me los vuelvo a meter en la boca, uno por uno, con la esperanza de reconstruir la desolación que provocan en su ausencia.