domingo, agosto 26, 2007

Los dientes

La vida sin dientes sería, sencillamente, imposible. Son piezas trascendentales en el ejercicio de la masticación, continuación del hueso hacia la vida exterior. Al menos que uno acepte una existencia desabrida: puré, agua y puré, con los inconvenientes de contención obvios. Es difícil tragar los alimentos inconsistentes sólo con los labios. Además, sería una vida desprotegida, con serios problemas de comunicación oral. Los dientes representan una coraza sólida –probablemente la más sólida del cuerpo- que regula el ingreso y el egreso del aire necesario para una correcta pronunciación. Son como soldados de calcio esmaltado, descansando sobre un terreno cuasi-gelatinoso, que le marcan un límite al monstruo húmedo e inquieto de la lengua. Monstruo siempre sumergido en sus salivas de la eterna juventud. La lengua no envejece, o al menos no se le nota la edad, aunque sí se pudre de inmediato cuando muere. Mientras que los dientes cambian de color desagradablemente y crecen incorruptibles -o se caen impunemente- pero suelen sobrevivir al paso del tiempo.

Los dientes ocupan también un lugar fundamental en la conformación estética de un rostro. Su desprendimiento, generalmente irregular, afea. Un rostro sin dientes es incompleto.

Hay noches en las que sueño que se me caen todos los dientes. Yo los recojo con las dos manos y me los vuelvo a meter en la boca, uno por uno, con la esperanza de reconstruir la desolación que provocan en su ausencia.

domingo, agosto 19, 2007

La ansiedad

La vida del señor Gutiérrez era un complejo sistema lógico-matemático estructurado con el fin único de ganar tiempo. Antes de hacer cualquier cosa pensaba una estrategia para llevarla a cabo con la mayor velocidad y efectividad posible. Y mejor aún si podía hacer más de una a la vez. Su obsesión era incontrolable, abarcaba desde las cuestiones más cotidianas como enjabonarse en la ducha hasta cómo resolver un texto literario. El señor Gutiérrez era escritor. Ni siquiera se permitía focalizar su atención en un único asunto: tenía que pensar más de un tópico, siempre. Mientras cocinaba, por ejemplo, además de elegir las especias y los ingredientes, intentaba encontrar una solución al problema de la plusvalía o se organizaba un recorrido por las calles de Ámsterdam, ciudad que no conocía ni tenía dinero para hacerlo.

Con los años, obtuvo una rara habilidad para vivir de ese modo. Querer resolverlo todo de inmediato se había convertido en una costumbre a la cual no podía renunciar, ni siquiera concientemente. Una tarde, sentado en el living de su departamento –vivía en un sexto piso-, reflexionaba (entre muchos otros temas) acerca de cómo llevar una carta al correo. Era sábado, su día libre; llevar ese sobre era su única actividad. El buzón estaba apenas en la esquina. No había mucho que pensar: llave, puerta, llave, botón, puerta, ascensor, botón, puerta, llave, puerta, llave, caminar ida y vuelta –unos 30 metros si cruzaba la calle en diagonal, siguiendo la vereda eran 32- llave, puerta, llave, botón, puerta, ascensor, botón, puerta, llave, puerta, llave. Sencillo. Sin embargo, no estaba conforme. Tenía que encontrar un modo aún más rápido. Voilá!, dijo mirando la ventana abierta. Su plan se simplificaba en un noventa por ciento.

El señor Guitiérrez eligió la forma veloz. Y ese fue su cálculo final.