lunes, noviembre 27, 2006

Resquebrajado

La constancia repercutió negativamente, las obligaciones se duplicaron. Tiene que ser así. ¿Tiene?. El egoísmo, el orgullo. Y las cortinas que se prenden fuego mientras la imagen de los techitos se desdibuja en las últimas señales del sol celeste anaranjado. Un libro que descansa inmóvil sobre la mesa. El reloj tampoco funciona, hace años. Eran los últimos vestigios de la infancia, presentes en la recurrente quietud externa. La abuela que se pierde en un pasillo largísimo, con una bolsa de agua caliente en la mano izquierda y la Biblia en la derecha. La aguarda una cama enorme, que hace más de veinte años abriga un solo cuerpo cansado. Era imposible reconstruir las pérdidas, pero eran otras épocas, donde la soledad se ofrecía como obligación y necesidad. Años melancólicos aquellos últimos. “Cuidarás a tu rebaño”; “No codiciarás la mujer del otro”; “Dichosos aquellos que le temen al señor”. La misa de los domingos, un almuerzo infeliz y a la bolsa de agua caliente una vez más. A revolver la cabeza. Repeticiones. Repeticiones. Repeticiones. Ni una nueva conclusión. Los libros, todos, estaban en blanco. Las poesías aparecían como el vapor de una pava desvencijada. Temblando.

lunes, noviembre 20, 2006

Furia

El sonido del teléfono estalló en la oquedad de la cocina. El fuego estaba encendido para calentar un poco de sopa. El pan, de hace dos o tres días, aguardaba opaco sobre un plato de madera. Y había un cuchillo, de serruchito, apoyado una servilleta de tela verde. Mejor no atender. Las ventanas se empañaban por la diferencia de temperaturas; afuera la noche se asomaba helada, como un cadáver abandonado. La luz era amarilla y formaba una sombra extensa sobre el teléfono, que no paraba de sonar. El resto de la casa estaba a oscuras, como siempre a esa hora. Otra vez silencio. Sólo el viento que golpea las ventanas. La sopa aún estaba tibia cuando la puerta de esa cocina se cerró para siempre.