miércoles, diciembre 31, 2008
El instinto
No sé cómo se encontraron, ni cuándo sus bocas se tocaron por primera vez. No tenían nombres ni rostros, se aplastaban sobre la pared de una fábrica cerrada, el muro gris salpicado y ellos que apenas se movían. Pasaban autos a toda velocidad y de tanto en tanto alguien cruzaba la vereda hacia la parada del colectivo, el único que atravesaba el barrio. Me quedé mirándolos durante unos minutos, actuaban tan silenciosamente salvajes, me hubiera gustado interrumpirlos, preguntarles qué es lo que los unía, por qué se abrazaban, por qué la boca, por qué a la sombra de un edificio sucio y abandonado, por qué al mediodía. Parecía un encuentro inevitable. Me imaginé una fotografía, muy en primer plano, en colores opacos. Encendí el auto y me fui pensando en la sociedad y en la reacción contraria: una bala en la nuca, una ceja rota. Como si, a fin de cuentas, lo que determinara el trayecto fuese la intensidad de los extremos.
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