En mi plato descansa una milanesa y una porción de arroz. La milanesa fue el músculo de un organismo vivo que ha correteado por alguna granja, al mismo tiempo el resultado de la unión de otros dos seres vivos. El organismo murió, fue mutilado, entregado a un negocio céntrico, empanado, frito y servido con limón en mi plato.
Paulatinamente voy a ingerir la milanesa y se transformará, mediante complejos procesos químicos, en mi piel, mis uñas, mi humor y mis ideas. Parte de lo que pensaré mañana será consecuencia del proceso que mi cuerpo le realizará al pollo mutilado.
El arroz, por su parte, absorbió nutrientes del suelo donde fue sembrado, se humedeció con el agua de las lluvias, se entibió con el sol del otoño; el mismo sol que regula la temperatura de los planetas e ilumina los satélites, incluida la luna; el mismo sol que se desprendió de una explosión inimaginable para la cual se concibieron enciclopedias completas con cálculos y suposiciones acerca de su intensidad. Las enciclopedias en sí son parte de la explosión; también la milanesa, el arroz, el plato, la mesa, yo mismo, vos que estás leyendo y todas las correcciones que tiene y podría tener este texto.
El alimento me modifica, es la conformación primera de mi ser. Soy como una máquina blanda donde convergen estímulos de todo tipo, que se accionan mediante lo que introduzco en mi estómago y mis pulmones. Entonces algo sucede que me permite percibir el mundo y entender lo que ni siquiera puedo ver. Pero mi preocupación es la milanesa y el arroz: estos dos elementos contienen, en parte, un pedazo de la explosión. Ahora siento que mastico la explosión en formato de alimento. El sabor, manipulado sencillamente a partir de una fuente de calor encerrado en cien centímetros cúbicos de aceite, es sólo una de las tantas combinaciones que pudo haber experimentado la explosión. Ahora pienso que no hay dos pollos que tengan el mismo sabor, probablemente sean tan similares que imperceptibles, pero es la limitación de mis papilas gustativas las que me impiden distinguir uno por uno el sabor exacto de cada uno de los pollos que he ingerido en mi vida. ¿Cuántos pollos habré comido?, ¿Cuántos litros de saliva habré tragado?, ¿Cuántos pantalones con dobladillo habré vestido?, ¿Qué cantidad de personas me miraron a los ojos?. Para todo existe un dato, imposible de hallar pero el número, en abstracto, existe.
Debe ser insoportable la vida de las personas que todo lo calculan. No se permiten disfrutar de las pequeñas cosas. Ni siquiera de una milanesa.
2 comentarios:
Tuve en mi vida momentos de cálculo total pero por estos días entré en un descontrol absoluto y voy hacia no sé donde, sin saber qué me deparará el futuro. Me gustaría poder cerrar algunas temas rápido para poder, a través de un poco de cálculo, reorganizar mi ruta de viaje. Espero llegar al equilibrio pronto.
Ah! La milanesa mejor con papas fritas.
PMVR
P.D.: Perdón, alguien sabe qué le depara el futuro? Que frase inútil...
creo que aquí ya no me necesitan.
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