lunes, junio 30, 2008

La milanesa

En mi plato descansa una milanesa y una porción de arroz. La milanesa fue el músculo de un organismo vivo que ha correteado por alguna granja, al mismo tiempo el resultado de la unión de otros dos seres vivos. El organismo murió, fue mutilado, entregado a un negocio céntrico, empanado, frito y servido con limón en mi plato.

Paulatinamente voy a ingerir la milanesa y se transformará, mediante complejos procesos químicos, en mi piel, mis uñas, mi humor y mis ideas. Parte de lo que pensaré mañana será consecuencia del proceso que mi cuerpo le realizará al pollo mutilado.

El arroz, por su parte, absorbió nutrientes del suelo donde fue sembrado, se humedeció con el agua de las lluvias, se entibió con el sol del otoño; el mismo sol que regula la temperatura de los planetas e ilumina los satélites, incluida la luna; el mismo sol que se desprendió de una explosión inimaginable para la cual se concibieron enciclopedias completas con cálculos y suposiciones acerca de su intensidad. Las enciclopedias en sí son parte de la explosión; también la milanesa, el arroz, el plato, la mesa, yo mismo, vos que estás leyendo y todas las correcciones que tiene y podría tener este texto.

El alimento me modifica, es la conformación primera de mi ser. Soy como una máquina blanda donde convergen estímulos de todo tipo, que se accionan mediante lo que introduzco en mi estómago y mis pulmones. Entonces algo sucede que me permite percibir el mundo y entender lo que ni siquiera puedo ver. Pero mi preocupación es la milanesa y el arroz: estos dos elementos contienen, en parte, un pedazo de la explosión. Ahora siento que mastico la explosión en formato de alimento. El sabor, manipulado sencillamente a partir de una fuente de calor encerrado en cien centímetros cúbicos de aceite, es sólo una de las tantas combinaciones que pudo haber experimentado la explosión. Ahora pienso que no hay dos pollos que tengan el mismo sabor, probablemente sean tan similares que imperceptibles, pero es la limitación de mis papilas gustativas las que me impiden distinguir uno por uno el sabor exacto de cada uno de los pollos que he ingerido en mi vida. ¿Cuántos pollos habré comido?, ¿Cuántos litros de saliva habré tragado?, ¿Cuántos pantalones con dobladillo habré vestido?, ¿Qué cantidad de personas me miraron a los ojos?. Para todo existe un dato, imposible de hallar pero el número, en abstracto, existe.

Debe ser insoportable la vida de las personas que todo lo calculan. No se permiten disfrutar de las pequeñas cosas. Ni siquiera de una milanesa.

lunes, junio 23, 2008

El descubrimiento

Es esa sensación de silencio, un instante ínfimo, donde las verdades se detienen; no hay cuerpo. Click. Es un dato que modifica, una percepción. Una biblioteca, un lugar, un diálogo casual, una camisa, un dibujo, un disco, un beso, una manzana con caramelo. El disparador. Todos los días alguien descubre y cambia. Luego, las palabras que se caen de la boca: la invitación.

Perderse en el trazo de Van Gogh, escuchar Dark Side of the Moon o Pez, entender a Luis Alberto Spinetta, leer El Eternauta o Milan Kundera o Platón o Nietzsche o León Tolstoi, pararse en la huella de Picasso o Michel Duchamp o Theo Jansen o Quino, visitar Machu Picchu o la Muralla China o el Museo Nacional Bellas Artes de Buenos Aires o Londres o el MOMA.

Son parte del mundo.
A cada segundo alguien conoce, abre.

En el cuento El Cautivo, Borges presenta a un niño de pueblo que desapareció después de un malón. El niño se convirtió en hombre, sus padres lo hallaron y el hombre recordó su pasado: al llegar a su casa fue en busca del cuchillito que había escondido en la campana de la cocina. Luego regresó al desierto. Ya era tarde para la vida que hubiera propuesto su infancia en familia.

Borges se pregunta: “Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron (…)”.

La confusión entre el pasado y el presente.
Descubrir es también redimensionar.
Observar sorpresivamente, y por un instante, aquello que uno dejó de ser.

martes, junio 17, 2008

El presente

Es más simple, y fundamentalmente más cómodo, entender razonamientos inmediatos que detenerse a reflexionar sobre todas las posibilidades de análisis que ofrece una situación o un tópico determinado. Es parte de un proceso legitimado a gran escala. Empezando por los medios de comunicación: cuando los noticieros necesitan una opinión inmediata televisan a cualquiera diciendo lo primero que se le viene en mente. El testigo ocasional se convierte en un editorialista exclusivo; se le da entidad a una incoherencia del momento.

La mayoría de las charlas cotidianas son un rejunte de razonamientos inmediatos, incompletos por definición.

Una lectura correcta de este comportamiento puede servirle a un orador hábil para acercar conclusiones falaces sobre temas complejos, incluso para construir todo un pseudosistema filosófico-religioso. Obviamente, pensado para convencer a personas desprovistas de las herramientas necesarias para alumbrar los errores.

En los últimos años se ha deslizado una máxima que fue multiplicándose velozmente: el denominado “aquí, ahora”, una frase que esconde un relativismo primitivo, niega el compromiso existencial con uno mismo y, como punto principal, deja de lado cualquier atisbo de análisis. Como si el presente fuera un todo ajeno de situaciones anteriores y futuras. Ese ”aquí, ahora” es una frase vacía que emparcha situaciones donde no hay capacidad reflexiva. También es no hacerse cargo de todo lo que sucedió antes y de lo que puede suceder. Ocultarlo concientemente.

El presente es un filamento complejo, construido por absolutamente todas las variables ocurridas en el pasado lejano y cercano, con proyección a un futuro que tomará forma en tanto todas las variables de ese mismo presente. Casualidades, pensamiento, movimientos, decisiones, acciones, todo reunido en este mismo instante, efímero, real y último.

Una persona no es un invento del momento, sino una resultante, una consecuencia de un enorme árbol de circunstancias.

lunes, junio 09, 2008

La sinceridad

La verdad es un concepto complejo de definir. Existen distintos criterios que intentan una explicación. Hay quienes sostienen que la verdad es siempre relativa, lo cual es un camino sin salida: si la verdad es relativa no es necesario que exista como concepto. También está el criterio pragmatista, que apunta a su carácter práctico. Es verdad aquello que es funcional, el punto es saber a qué, a quién y porqué es funcional. Y el criterio correspondentista, que es la correspondencia del pensamiento con la realidad.

El más aceptado es el último, aunque también arrastra su buen cúmulo de críticas. ¿Cómo saber que algo se corresponde con la realidad cuando no se sabe qué es la realidad?. Aún así, la verdad tiene una carga subjetiva, especialmente en la construcción de las propias experiencias. En la verdad aplicada a uno mismo aparece lo que comúnmente se llama la sinceridad. Expresarse con sinceridad sería corresponder esa expresión con los sentimientos. Un gesto de tristeza en un momento angustiante es sinceridad. Una sonrisa ubicada en lugar de una escupida en el ojo es hipocresía.

La sinceridad es evidente en su ausencia. Es notable cuando durante un diálogo se resbala una señal desprovista de sinceridad. Es casi una experiencia musical, la mentira tiene un tono característico, un gesto típico; distinto para cada persona pero identificable en términos estadísticos. Causa-consecuencia. Causa: hipocresía. Consecuencia: gestualidad y expresión modificadas. Hay personas que pestañean; otras aflautan la voz; desvían la mirada; se tocan el pelo; encojen levemente los hombros; construyen un silencio imperceptible. La hipocresía se manifiesta por reemplazo. Y se nota, aun cuando no conocemos a la persona.

¿Qué es lo que genera desconfianza, cuál es la señal definitiva que anuncia la falta de sinceridad? No todo pestañeo es hipocresía. Hay algo más en esa expresión. Habría que descubrirlo para controlarlo. Matematizarlo. La posibilidad de apagar esas expresiones en el discurso cotidiano, incluso en situaciones extremas, significaría conseguir una credibilidad absoluta. Al fin de cuentas, sólo uno mismo es testigo real de sus sentimientos. No habría forma alguna de que un tercero indague o extraiga conclusiones de aquello que uno prefiere ocultar. La sinceridad es una actividad íntima.

sábado, junio 07, 2008

La estafa

Primero, una computadora que además de pedir datos intenta desviar la posibilidad de hablar con cualquier responsable. De hecho, no hay responsables; sólo un listado de opciones inútiles. Para poder hablar hay que encontrar las coordenadas justas. Luego, música instrumental: un lugar común para demostrar que algo está por pasar. Entonces sí:

- Buenos días. Mi nombre es Gabriela. ¿Con quién tengo el gusto?

La palabra “gusto” es un insulto dentro de ese contexto. Es evidente la falsa amabilidad. Nadie allí está a gusto, ni la operadora, ni el cliente. Por el contrario, se odian tácitamente. El cliente por sus necesidades irresueltas. Ella por la obligación de construir un personaje siniestro al servicio de una empresa impenetrable. Es consciente de que integra el pelotón que avanza en primera línea. Son ocho horas diarias de recibir quejas, insultos y amenazas.

La muchacha (tiene una voz joven) vuelve a pedir los datos del servicio por el cual se va a hacer el reclamo. Conclusión: el laberinto de códigos numéricos que hay que sortear en primera instancia cumple la función de obstáculo.

Comienza el diálogo. El cliente tiene razón en este caso, le están cobrando un dinero que no corresponde. La respuesta de la operadora es categórica:

Usted debería haber…

“Debería haber”. Algo era necesario hacer y no se hizo. Ahora es tarde, entonces la culpa pasó a ser del cliente. Lo curioso es que ese pequeño trámite no se hizo por falta de información.

Deberían haberle informado…

“Deberían haberle”. Otra vez la culpa es del cliente. Se lo acusa de no haber recibido la información. El cliente, según esta lógica, debe reclamar la información completa, sin saber que está incompleta.

Evidentemente, la estafa opera en el silencio; sucede en el interlineado. Esta estrategia es de aplicación común en toda empresa, entidad u organización que goza de una situación monopólica. Incluso en el Estado. La perfección de su funcionamiento tiene dos claves:

1) Es invisible
2) Aun cuando deja de ser invisible alcanza su objetivo.

- Gracias por comunicarse con TTT. Que tenga un buen día

La frase de despedida deja entrever que la operadora sabe que ocupa, por necesidades personales, un rol fundamental en la consumación de la estafa. Acciona las palancas de todo el mecanismo, y, encima, cuida la forma: “Gracias”, “Que tenga un buen día”.

No hace falta aclarar quien saliendo perdiendo. Eso estaba señalado de antemano.