lunes, octubre 27, 2008

El manjar

El proceso de elaboración de un plato delicioso comienza en la verdulería. Papas, bien sucias. Dos son suficientes. Se les quita la cáscara, se las corta en cubos anárquicos de tres centímetros de lado, luego se las sumerge en agua hirviendo por quince minutos, tiempo prudente para que queden cocidas sin deformarse en un puré aguachento. Al plato. Una pizca de sal, un hilo abundante de aceite. Es conveniente escuchar la radio y concentrar la mirada en algún rincón mientras se practica la masticación. La saliva y los movimientos maxilares generan un bolo amorfo que viaja por el esófago hasta el estómago, se mezcla con la bilis y se convierte, mediante complejos procesos químicos, en cuerpo. Puede acompañarse con un poco de agua de la canilla. Tiempo de ingesta recomendado: cuatro minutos y medio.

lunes, octubre 20, 2008

El monoambiente

De inmediato uno piensa en la forma, casi siempre rectangular, con paredes que definen otros rectángulos. La forma es una P. Algunos aseguran que es una L; pero es P. Una L supone un extremo demasiado fino, sería inútil. Una P tiene panza, aunque ínfima es un poquito más de espacio; en el mejor de los casos sirve para instalar una repisa, en el peor la heladera. El monoambiente es opresivo, elimina opciones: comer, dormir, recibir visitas: todo en el mismo rectángulo con forma de P. Mínimo, dos puertas; máximo, tres. Una para el baño (cuestiones legales prohíben el deshonor de un baño expuesto), otra para marcarle un límite al pasillo. Algunos aún conservan la decencia de una cocina separada, allí la tercera puerta. Más de tres significa un salto jerárquico. Aún así, es incorrecto pensar que la cantidad de puertas es directamente proporcional al poder adquisitivo: la categoría está en la cantidad de ventanas. La calle es el único consuelo del monoambientalista (o monoambientista, como usted quiera), ir en busca de un café para no ver su cama en cada actividad de su vida, leer una revista en la plaza para no olvidar la imagen de un horizonte superior a los cuatro metros. No hay tregua, todo está encerrado en una P con dos o tres puertas, el monoambiente es el paso anterior e inmediato a declarar un espacio inhabitable.

lunes, octubre 13, 2008

Los párpados

Ahora pienso en mis párpados y los encuentro arrugados, desaparecidos sobre el borde superior. Suben y bajan a una velocidad atroz sin más empuje que un reflejo imperceptible, una maquinaria en movimiento constante. Arriba. Abajo. Jamás interrumpen. Ahora los despliego, ocultan mis pupilas; enfoco hacia la luz en busca de algún misterio, de alguna falla. Están ahí, pero en breve van a desaparecer, siempre gana el olvido.
Los párpados son imprescindibles
para dormir
para besar
para escuchar.

Los párpados viajan en silencio y advierten un momento de placer.
Desplegados también protegen del miedo.
Encogidos interrumpen progresivamente la oscuridad.

lunes, octubre 06, 2008

El té

Es fascinante, las hebras expulsan sabores sutiles. El agua hirviendo que las envuelve y las ablanda. El té supone una pausa por cuestiones de temperatura. Es un proceso breve, también una sucesión de secretos. Una taza. Las hebras. El agua. El éxito depende del manejo de los tiempos; el té descansa y en ese descanso aparece un punto de perfección. Algunas crónicas señalan que su origen está en la India, luego fueron los misioneros budistas quienes se encargaron de convidarlo a lo largo de Oriente. Otras crónicas aseguran que su descubrimiento fue por casualidad: un emperador chino revisaba unos escritos debajo de una planta, y una hoja cayó adentro de su vasijita con agua. El color ambarino del líquido le llamó la atención, primero investigó su aroma, luego bebió. Cerró los ojos y lo imaginó caliente, encerrado en un jarrón de finísima porcelana. Imaginó los paisajes que dibujaría en el jarrón, imaginó un atardecer anaranjado y una conversación. Imaginó una muchacha de pelo castaño. Con el correr de los siglos las hebras quedaron encerradas en saquitos simétricos. El ritual en occidente se convirtió en una infusión matemática e insípida que se practica del modo más desprolijo. Es sólo un adverbio de tiempo, que señala el preludio del anochecer.