Una tarde de café. Apenas había dos mesas ocupadas además de la mía. Bolígrafo en mano, buscaba una idea mientras estudiaba la extensión de la pollera de una de las meseras, no era linda pero estaba uniformada: el contexto desolado, casi triste, la construía deseable. Mostraba lo justo, más hubiera sido obsceno, menos, intrascendente.
Afuera sucedía el invierno, especialmente en la cara de la gente, que se refugiaba debajo de gruesos abrigos. La brisa del mar es hostil fuera de estación.
Apenas habían pasado quince minutos cuando entró Matías, un ex compañero de la secundaria. Hice cuentas rápidas, hacía más de tres años que no lo veía. Sonreí y me puse de pie. Me miró, estaba solo también. Estallamos en un abrazo sincero.
Hablamos de su trabajo.
Hablamos de sus amores.
Hablamos de mi familia.
Hablamos de mi último viaje.
Hablamos de un sueño que lo sobresaltó la semana pasada.
Hablamos de la Argentina, la inflación y la desaparición de las playas.
Hablamos de mi salud y de la última vez que lloré.
Hablamos de un libro que no leí.
Matías es otra persona. Él también me encontró distinto, me lo dijo. Pero la distancia entre el ayer y el hoy se desdibujó en una hora de charla. Matías es una de esas personas que desaparecen de mi vida durante años enteros, incluso lo olvido, pero cuando nos reencontramos siento que nunca estuvimos alejados. Llevamos una relación intensa, aunque intermitente. La intermitencia es una virtud compartida, dos personas que sostienen una amistad más allá de las circunstancias.
Me dirigí a casa, quería bañarme y releer un texto que había empezado a la mañana. El teléfono comenzó a sonar antes de que abra la puerta, me apuré, inconcientemente me apuré. El timbre sonaba a malas noticias; no sé porqué. Un conocido, internado de urgencia, su estado es prácticamente insalvable. Pensé una vez más en las amistades intermitentes. Me sentí hueco. Comí un pedazo de pan con queso y me acosté. Recuerdo que esa noche sufrí mi soledad.
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