Es esa sensación de silencio, un instante ínfimo, donde las verdades se detienen; no hay cuerpo. Click. Es un dato que modifica, una percepción. Una biblioteca, un lugar, un diálogo casual, una camisa, un dibujo, un disco, un beso, una manzana con caramelo. El disparador. Todos los días alguien descubre y cambia. Luego, las palabras que se caen de la boca: la invitación.
Perderse en el trazo de Van Gogh, escuchar Dark Side of the Moon o Pez, entender a Luis Alberto Spinetta, leer El Eternauta o Milan Kundera o Platón o Nietzsche o León Tolstoi, pararse en la huella de Picasso o Michel Duchamp o Theo Jansen o Quino, visitar Machu Picchu o la Muralla China o el Museo Nacional Bellas Artes de Buenos Aires o Londres o el MOMA.
Son parte del mundo.
A cada segundo alguien conoce, abre.
En el cuento El Cautivo, Borges presenta a un niño de pueblo que desapareció después de un malón. El niño se convirtió en hombre, sus padres lo hallaron y el hombre recordó su pasado: al llegar a su casa fue en busca del cuchillito que había escondido en la campana de la cocina. Luego regresó al desierto. Ya era tarde para la vida que hubiera propuesto su infancia en familia.
Borges se pregunta: “Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron (…)”.
La confusión entre el pasado y el presente.
Descubrir es también redimensionar.
Observar sorpresivamente, y por un instante, aquello que uno dejó de ser.
1 comentario:
Zarpado.
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