La historia comienza el pasado 6 de febrero, recuerdo la fecha por cuestiones personales. Una reunión, gente de distintos grupos, conversaciones asimétricas. En cada rincón había cuatro o cinco personas que disfrutaban de un refresco e intercambiaban opiniones. Sentí que todos tenían la necesidad de hacer reír, se interrumpían para aportar chistes y exagerar anécdotas personales sobre un asado en lo de no sé quien. Esa noche estaba aburridísimo, aún no habían llegado las personas con las cuales tengo mayor afinidad entonces tuve que sumarme a un diálogo al azar. Quedarme solo a un costado no era señal de buena salud mental en aquel lugar donde todos estallaban de alegría y felicidad.
Iluso, como de costumbre, me acerqué a uno de los grupos donde había una chica preciosa. Estaba con dos amigas –a una de ellas la conocía, era mi excusa- y dos amigos –los dos hablaban con las manos en los bolsillos y se reían artificialmente-. Saludé, acepté un cigarrillo sin filtro y guardé silencio. Nada mejor que intentar encontrar el código de una conversación a la cual uno recién se acopla; leer las incoherencias, descubrir la cantidad de palabras que se utilizan, reconocer las estrategias que cada uno tiene para hacerse valer.
Hablaban sobre un boliche. Según entendí, había habido una fiesta exclusiva que auspiciaba una casa de moda femenina.
- Estuvo buenísimo, estaba lleno de gente top-, dijo una de ellas.
- Una minitas terribles-, agregó uno de ellos.
- La mejor música, nosotros nos quedamos hasta que cerró. Éramos un montón todavía, todos desconados-, agregó el otro.
- Sí, casi no había gente gorda-, remató otra de las chicas.
Todos se rieron. Sentí una mezcla entre asco y bronca, pensé en perderme entre la gente, pero me quedé. No sé bien porqué decidí aportar algo a la charla sin contradecir ni pelear. Elegí diseñar un comentario a modo de experimento. La idea fue la siguiente: proponer un dato falaz de índole científico para que esa chica pueda sostener la aberración que había dicho. Luego esperar el boca en boca hasta que yo mismo vuelva a escuchar mi propio argumento simple, falso e impresentable. Podía funcionar o no, podían pasar años enteros. No había nada que perder, hablé.
- Ustedes se ríen, pero los gordos son un problema. Leí en una revista de ciencia que la gente que come mucho conspira contra el planeta tierra. Somos tantos y consumimos tanto que la gente que se excede con la comida pone en riesgo la producción de alimentos a nivel internacional-. Eso dije. Fue lo mejor que se me ocurrió.
- Eso es posta. Es re lógico, hay gente que se zarpa comiendo-, dijo la del comentario y me miró.
La aceptación fue inmediata, incluso se formó un pequeño debate. Las aberraciones iban y volvían, se multiplicaban. Es increíble cómo los razonamientos más violentos y fascistas necesitan de un sustento científico. Es lo mejor que les puede pasar: forzar cualquier dato para asegurarse la verdad. Como llevar los argumentos al plano genético, sostener posturas en nombre de “La Naturaleza”, etc.
A los dos minutos llegaron mis amigos. Saludé y me fui. La noche terminó sin sobresaltos ni conquistas. Lo de siempre.
Anoche fui a otra fiesta, un poco por obligación, un poco por ganas de hacer algo distinto a clavar el codo en una barra. Me encontré con gente que hacía muchísimo que no veía. Charlamos, bebimos. Fue divertido, reconozco.
En el momento más animado de la fiesta aparecen dos chicas, amigas de unos conocidos. Comenzaron a hablar de un programa televisivo donde la gente va a adelgazar. Y una de ellas dijo: “Los gordos son un problema…”. Palabras más, palabras menos, lo mismo. Ocho meses después el experimento había dado resultado. Ya me había olvidado de aquel comentario, también de aquella reunión. Me sorprendí de la velocidad con que circulan las estupideces.
Simulé ir al baño. Al ratito me subí a un taxi. La radio del auto estaba sintonizada en AM, un locutor leía el resumen de noticias. El taxista profería insultos. El sol apagaba la noche. Yo tenía las llaves de mi casa en la mano.
1 comentario:
que vacio anda esto...
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