lunes, febrero 11, 2008

La idea

La primera luz. La nena se sentó donde había sombra; su gato la observaba con los ojos trasparentes. El carro del lechero; una crín de caballo que se asoma detrás de la medianera. Un movimiento en falso y apareció el desayuno: bandeja, taza de té; pan fresco: dos cucharadas de mermelada de pera. Un poco ella, un poco el gato. Entonces, el saludo:
- Buenos días-, dijo Don Martín. Pantalones de vestir viejos, camisa a cuadros casi convertida en un amistoso retazo de tela gris.
- Buenos días-, dijo ella. El gato pestañeó en cámara lenta y siguió con el desayuno. Era una mañana blanca. El sonido de la taza, la vegetación.

El jardín tenía una pequeña fuente que llevaba decenas de años sin funcionar. Don Martín siempre la miraba con ganas de devolverle el uso. La idea duraba milésimas de segundo. Dada la rutina, era muy lejana; las ideas cobran fuerza cuando se les dedica tiempo. Si suceden como parpadeos se diluyen. Se ubican en un lugar tan pequeño que después no se ven. O se ven sólo en un vértice difícil de relacionar. Uno sabe que hay algo por ahí suelto que tiene que ver con las necesidades. El nexo es una palabra.
- Venga Don Martín, siéntese, no se quede ahí parado-, dijo ella. Golpeó con la palma de la mano un lugar inmediato donde podía sentarse. Le miró la espalda. Don Martín se sentó.
- Es un día especial, pero me siento igual que cualquier otro día. De chico quería ser cartero. Acá estoy, jardinero. Es una linda mañana-, dijo Don Martín sonriendo tibiamente. Se levantó, le acarició la cabeza al gato y partió hacia una pequeña casucha ubicada en un rincón. Ladrillo y cemento. Una ventana dividida en cuatro rectángulos. Yuyos alrededor. El resto del lugar estaba impecable.

Un rosal. Dos pinos. La fuente en desuso. Don Martín. La nena. El gato que pestañea. Sombra. Blancura. En el aire había un silbido.

Volvió Don Martín, tijera en mano, guantes. Se secó el sudor de la frente con la manga de la camisa, y dispuesto a comenzar un día de trabajo se marchó. Ella lo siguió con la mirada hasta que cerró la puerta. Se puso de pie y fue hacia la casita del rincón. Sólo herramientas y dos fotos recortadas del diario. Nada. Salió. Miró al gato, que estaba desparramado en el suelo sobre una mancha de sol. El cuerpo arqueado y los ojos cerrados: durmió hasta que comenzó a llover. Don Martín ya había regresado. La nena leía un libro acostada en la alfombra de la sala. Hacía frío. El jardín era un decorado que se asomaba silenciosamente a través de la ventana.

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