lunes, septiembre 15, 2008

La vergüenza

Las diferencias que existen entre familias son comparables a las diferencias que existen entre países. Es un análisis complejo que habría que empezar desde el momento exacto en que nacen las costumbres. Guardar las galletitas en la heladera. No usar cesto de basura. Jamás cocinar los domingos. Pasarle a la mesa un lustrador con perfume luego de cada comida. Abrir todas las ventanas a las ocho de la mañana. Hay familias muy parecidas, que bien pueden tener una relación fluida porque sus integrantes comparten afinidades. Y hay otras familias que sólo tienen en común el hecho de reunir seres humanos. Sólo eso y nada más que eso.

Habían pasado algunos minutos de las nueve de la noche. Timbre. A esa hora comienza en casa la ceremonia de cocinar, una inspección de heladera en busca de algo para reciclar y se adjunta algún ingrediente nuevo en caso de que sea necesario un refuerzo. Era miércoles, no había espíritu para mayores méritos culinarios. Era un vecino con su señora y sus dos hijos.

- Hola, C… ¿Cómo estás?- le dijo mi madre-.

Pasaron entre saludos y gritos de los chicos. Avanzaron hasta el living y se detuvieron. Me saludaron con señas, les dirigí una sonrisa y seguí en el teléfono. Me estaban dando indicaciones para acelerar los tiempos de un trámite, datos fundamentales que requerían ser anotados. Dirección, horario y nombre del contacto.

- Hola, C… Vengan que compartimos una picadita- los invitó el marido de mi madre desde la cocina.

Se sentaron. Una copa de vino, un poco de pan, queso, chorizo seco y nueve o diez aceitunas que sobrevivían adentro de un frasco. Luego comenzó un ida y vuelta de temas sin importancia. Es lógico, era sólo una visita improvisada.

- Vinimos a saludar nomás. Ya nos vamos- dijo C…
- No hay problema, podemos pedir una empanadas- dijo mi madre con esa tonada que aparece en los momentos de proponer por compromiso.
- No no. Ahora llega mi suegra. Tenemos que recibirla- dijo la esposa de C…

Pasaron apenas cinco minutos y C… se había convertido en una fábrica de chistes y latiguillos sin gracia. Y lo peor es que los repetía, aún sabiendo que en el primer intento no habían causado siquiera una sonrisa. Yo escuchaba todo desde el living. Me hacía el ocupado para no tener que formar parte de esa situación. La actuación de C… era insostenible. Y llegó a su punto máximo cuando hizo su apuesta más fuerte:

- Qué buenas aceitunas. Ricas como concha de virgen- dijo, y soltó una risotada.

No pude soportarlo. Incluso creo que su risa fue peor que su frase. Tuve que apretar los dientes y fregarme los brazos. Vergüenza ajena: una de las peores sensaciones que se pueden experimentar.

- ¿Cómo vas a decir eso?- le gritó su esposa.
- Bueno, perdón. Fue un chiste- le respondió.
- Vamos, por favor. Esto es un papelón- insistió ella.
- No hagas escándalo, no es para tanto- dijo él de mala gana.
- ¡Vamos ya!-, gritó ella aún más fuerte.
- Siempre la misma vos-, la regañó.

Todo era vergonzoso. Tomaron el abrigo, saludaron apurados y se fueron. La casa quedó en silencio. Todavía se escuchaban los insultos, que continuaban en la calle. Ni mi madre, ni su marido ni yo decíamos nada. No era siquiera gracioso lo que había ocurrido. Tal vez dentro de tres o cuatro semanas pase a ser una anécdota cómica, pero ese no era el momento de reírse. La vergüenza ajena acciona de un modo particular: uno, sin quererlo ni merecerlo, se hace cargo de lo que otro dijo o hizo. Y se sufre en cuerpo propio, no hay forma de evitarlo; se asume una parte de la responsabilidad por el papelón ajeno. Es definitivamente injusto.

Finalmente pedimos empanadas. Y, obvio, hicimos trescientos comentarios acerca de cómo vivió cada uno la experiencia. Pocas veces me reí tanto. Pocas veces me había sentido más incómodo.

C… llamó a mi madre al día siguiente para pedirle disculpas. No sé si era para tanto, pero entiendo los motivos. Fui una de sus víctimas.

3 comentarios:

Pedro Kuy dijo...

Muy bueno, profesor. Me gustó mucho.

Anónimo dijo...

excelente como siempre, pero debo decir que me despoje de la vergüenza ajena el día que comprendí que cada cual es responsable de sus actos... en vez de sentirme incómoda, suelo mirar hacia arriba como pidiendo conciencia para el "culpable" ...

^^

Anónimo dijo...

nunca más visitaste.