jueves, noviembre 20, 2008

Las palabras

Las mañanas eran rituales. Desde el preciso instante en que abría los ojos se perdía en reflexiones inocuas. A veces hasta se esmeraba en recordar lo que había soñado para robar ideas. El señor Gutiérrez era un hombre solo, una línea le servía de inspiración. El urinario de Duchamp pintado de rosa. El contexto se le antojaba fascinante. El museo, el jugador de ajedrez que le falta el respeto sin más que una idea. El señor Gutiérrez estaba de acuerdo. Un gran punto de partida, un final incierto. Le gustaba entenderlo así. Entender - se resignaba- puede ser un goce estético. Sus poesías eran el caos. Le gustaba mezclar palabras, vislumbrar lejanos conceptos estéticos que ni a él mismo lo convencían. Era su lugar y necesitaba sentirse hermoso: las palabras lo ayudaban a vestirse, a desayunar galletas de chocolate (odiaba el color vainilla), a salir a la calle, a observar cómo las mujeres se acomodan el pelo cuando llegan al semáforo. El señor Gutiérrez prefería confiar en el misterio, conjugar mal los verbos.

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