lunes, marzo 27, 2006

Textos que oscuros

Me encuentro solo y pienso. Me paso los días pensando, navegando por mares indómitos en los que sólo encuentro interrogantes. En uno de mis periplos, casi sin querer, percibí frío y una risa sardónica que provenía de mí mismo. Era mi propia risa, burlándose de mí. Exageradamente. Pronto comprendí a que se debía aquel cuadro. Había encontrado una respuesta. No era una novedad, era la única solución posible, la única pieza que encajaba en el polvoriento rompecabezas de mi vida. La respuesta me miraba, con sus ojos transmitía mensajes. Comprendí el porqué de tantos años perdidos entre los laberintos más indulgentes y fieles. Tantos años desfigurándome entre letras, palabras y textos intrincados; extraviado entre pentagramas y colores y líneas e imágenes. Aquel era el rostro de mi amor, nítido, perfecto. Estaba ahí, indiferente. No puedo asegurar si era verdadero o ficticio, sólo estoy seguro que era ella. Sus ojos me sorprendían, esa mirada tenía una profundidad desconocida, me traspasaba.. Entonces pude entender, vislumbré nuevas formas y me ubiqué en un extremo distinto al de siempre, porque la verdad se me presentaba diáfana ante mi alma y mi corazón. Era el momento de la admisión. Ella no me quiere.

martes, marzo 21, 2006

La intrascendencia II

En cada retazo de mundo hay destellos suburbanos que intentan realzar la subjetividad. Papeles mal impresos que quedan atascados en las alcantarillas; semáforos desdibujados por bolígrafos de ocasión; ladrillos cincelados con las uñas y baldosas marcadas con esmalte barato. También hay mugre y computadoras recalentadas. Obviamente los mutantes siempre son mayoría y las pequeñas contraseñas ocultas se convierten en pasadizos encriptados. Aunque todo lleva una señal. Desde el cuerpo hasta la costura de un bolsillo invisible, alguien se atribuye alguna creación, lanza su cabellera al viento y eleva sus dedos hacia una fama autogestionada desde un podio inexistente. Son todos. Inutilizan sus pupilas y cierran su corazón al suburbio. Pierden la capacidad de sentir, se refugian en la ficción del movimiento y las luminarias. Que nadie les diga nada, que no pierda el tiempo, que no se acerque a la imagen de una ciudad desteñida y peligrosa. Aquello que se detiene es preferible que naufrague en un pocillo de café.

miércoles, marzo 08, 2006

Hombre de invierno


El desierto, su inmensidad. Montañas planas de arena se unen con el horizonte, indivisibles. El cielo es blanco, encandila, la temperatura forma sedimentos imposibles en el aire. En algún lugar inexacto está el hombre y una planta. En sus manos pende un frasco de cristal azul, completo de agua. Ambos seres se desdibujan en el calor de la arena. No hay destino, la extensión es laberíntica. Las hojas del vegetal se tuercen ante la sucesión de soles furiosos y frías noche universales. El hombre tiembla frente a sus delirios, aunque sabe que no está solo, la pequeña planta lo acompaña. Una gota de agua para cada uno, todos los días una gota, insuficiente cantidad para alcanzar vitalidad, pero al menos la muerte se mantiene distante, distante sí, también amenazante. Una gota, exigua, tibia y transparente. Sólo una gota para aquietar la aridez que avanza entre párpados invisibles. La percepción de lo interior y lo exterior es idéntica, monotonía y sacrificio en un espacio sin dioses que consuelen la congruencia. La planta, que nunca había proyectado sombra alguna, pierde el control y se entrega silenciosa a las llamas del desierto. El hombre se convierte en ceniza inmediatamente detrás. Sobre la arena sólo quedó el frasco azul, completo de agua.