Una caja, una puerta. Adentro, un cuadro. La caja es un armario empotrado en la pared de una habitación que completa los dos ambientes de un departamento. El departamento está en el tercer piso de un edificio revestido con ladrillos cocidos. En la esquina exacta de Córdoba y Azcuénaga. Barrio Chauvín. Mar del Plata.
De menor a mayor (o de mayor a menor) las coordenadas pueden continuar, una adentro de otra, formando una línea que cruza las más complejas teorías astrofísicas. La inmensidad, inabarcable, contiene todos los sonidos, incluso el silencio, contiene todos los límites, incluso la infinitud.
El cuadro descansa oscuro en su caja, silenciosamente es parte de un sistema que desconoce. Por silencioso pierde su función: comunicar. El cuadro abandonado le resta información al mundo, un dato oculto que puede ser una repetición o un hallazgo, poco importa, es un dato menos.
Lo mismo sucede con los papeles acumulados en legajos; las cintas de video en los archivos nacionales; los libros que nivelan patas de mesas de campo; los manuales de instrucciones de viejas cámaras fotográficas; suplementos de diarios de hace siete meses; recetas del médico; monografías; anotaciones al margen; listas de supermercado; billones de páginas web; un stencil; la revista de moda; una declaración de amor tallada en la puerta de un baño público. La valoración es constante. Qué incorporar, qué olvidar, qué repetir. Pero no se puede predecir todo lo que no existe.
El cúmulo informativo de una ciudad es directamente proporcional a su historia y a su capacidad de producir historia. Probablemente sea un circuito agotable, la información oculta no se corresponde con ningún universo.
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