domingo, mayo 25, 2008

La publicidad

Es imposible caminar más de cien metros en la ciudad sin toparse con un estímulo publicitario. Sólo en los barrios residenciales, los más caros, hay una suerte de tranquilidad visual –la publicidad contemporánea es inminentemente visual- que de tanto en tanto se quiebra con la aparición de algún volante/panfleto/folleto/tríptico/iman/revista/tarjeta. Sin pedir permiso, un ejército de jóvenes repartidores desliza publicidad en los buzones, por debajo de las puertas o la incrusta en la ventanilla de los autos. Nadie escapa al ataque de los mercaderes.

La publicidad es un intento de dominación. Busca convencer que determinado producto es la máxima maravilla del universo. Su objetivo es instaurar una necesidad de consumo, la estrategia es obvia. La consigna número uno es trabajar un discurso que presente una única interpretación. “Esto es lo mejor, lo que usted necesita”. El producto en primer plano y a vender. Nada más.

Actualmente se intenta disfrazar los fines con imágenes proto-surrealistas que simulan un proceso artístico y creativo, pero el objetivo es exactamente el mismo. Buscan presentar el producto de un modo difuso, parece que el receptor tiene que (debe – imperativo categórico) construir mentalmente lo que tiene que comprar. Es notable, sólo importan las consecuencias (beneficios) de la adquisición.

- Gaseosas para conquistar mujeres
- Jabones en polvo que te convierten en la mejor ama de casa del barrio
- Pastas de dientes que te lanzan a la popularidad
- Desodorantes que te exhiben las virtudes de no ser mujer
- Famosos que te ordenan seguir los cánones de sus gustos

Los tiempos cambian. Las estrategias para convencer conforman una de las industrias más rentables. Inventar un concepto es inventar un producto. Un slogan efectivo puede significar millones. Y lo más importante: el cliente nunca debe tener la última palabra. La publicidad exige obediencia.

lunes, mayo 19, 2008

La droga

Según leyendas urbanas, un par de zapatillas colgado en un cable de luz significa que cerca de allí alguien vende droga. Me enteré en una peluquería, dos personas hablaban sobre la droga. La ubicaban como advertencia de peligro inminente, evidencia de inseguridad, sinónimo de todos los males que aquejan a la humanidad.

- Y en las verdulerías que están abiertas todo el día y toda la noche, también. Venden droga-, dijo […].
- Seguro-, respondió (…).

Droga. Sustantivo, femenino, singular.

- Los chicos que salen a robar están todos drogados-, dijo […]
- Toman droga para perder la conciencia, después le pegan a los viejitos. A esos mocosos, que dios me perdone, habría que…-, agregó (…)

La palabra droga aparecía a cada rato en el diálogo. Yo escuchaba mientras la peluquera me preguntaba sobre la extensión de las patillas. Trataba de construir la imagen que estas personas tienen sobre el concepto droga, pero no logré nada coherente. ¿Se imaginarán algo así como una bola de plastilina amarilla que regalan en los pasillos de las villas miserias? ¿Una jeringa?. Estuve tentado de preguntar, pero no quería entrometerme. Hay situaciones de las que es muy difícil salir luego.

Traté de imaginar también cómo estas dos personas imaginan el momento en el que un supuesto drogadicto llega a esa supuesta verdulería a comprar droga. Droga. Droga. Droga.

Posibilidad 1:

- Hola. Déme Droga.
- ¿Cuánto quiere?
- Mucha.
- Sírvase.

Posibilidad 2:

- Hola ¿Tiene Droga?
- Sí, pero no le cuente a la policía.

Posibilidad 3:

- Usted. ¡Véndame droga!
- Bueno está bien. ¿De cuál quiere?
- De la que me hace golpear viejitos.
- Aquí tiene.

(En todos los casos, el falso verdulero ofrece un misterioso paquetito lleno de droga. Y el cliente se pierde en la noche en busca de algún lugar para consumirla).

La droga es, socialmente, un comodín. Puede incrustarse en cualquier opinión para legitimar razonamientos incompletos. Los problemas quedan justificados y resueltos con la aparición de la droga: única responsable de las injusticias, la marginalidad y la ignorancia. Es un reduccionismo doblemente salvaje, porque además de equivocado se sostiene en un concepto vacío, en una palabra a la cual se le asignan significados difusos. La falta de argumentos es una de las peores formas de autoritarismo. Tal vez la única.

lunes, mayo 12, 2008

El tamaño

El mundo es hoy más grande, aunque también más pequeño; nunca hubo tantos elementos y todos al alcance de la mano. No hay distancias.

Es desconcertante escuchar a quienes aseguran que se viven tiempos inertes, que no se vislumbran grandes cambios. La humanidad completa, en proporción, ha cambiado más en los últimos quince años que en toda su historia. Se vivía en una cuasi prehistoria donde la información circulaba a paso de mula cansada. El intercambio cultural es inmensurable. Como consecuencia directa, las relaciones humanas tomaron un giro tan rotundo que ya es necesario repensar paradigmas psicológicos. El cambio es tan actual y trascendente que aún, al estar en plena transición, es complicado teorizar y dibujar futuros posibles. El cambio es tan veloz que se vuelve invisible.

Y no es sólo la aparición de nuevas tecnologías. Sería simplista trazar un análisis si la única variable en cuestión serían las posibilidades de un aparato conectado a un sistema satelital de intercambio de códigos binarios. La desaparición de las distancias, la fragmentación de los tiempos, son fábricas de exigencias. Su ausencia construye realidades, lamentablemente basadas en resultados inmediatos. La supervivencia está determinada por cuan claro se visualice el trayecto que existe entre el inicio y el desenlace (entre dos o cientos de extremos). Entender que el tamaño es un concepto expandible.

domingo, mayo 04, 2008

La velocidad

En el concepto de velocidad intervienen dos variables: tiempo y espacio. Es la distancia que se recorre en un tiempo determinado. Todo esto en términos de mecánica clásica. La cuestión es que el concepto de velocidad parece haber cambiado, da la sensación que ahora trabaja sobre una sola variable: el tiempo. Como si no hubiera nada que recorrer.

La velocidad, en el máximo apogeo de la era digital, se ha convertido en una obsesión. Pero no importa qué (espacio), sólo importa cuan rápido (tiempo). Y sospecho que entremedio existe un intento de acelerar tiempos que conviene simplemente dejarlos fluir. Parece que lo actual es lo que va a venir. El pasado ya murió, pensar en cinco años atrás es pensar en el oscurantismo medieval; la realidad que está transcurriendo se desfasa entonces hacia un futuro próximo. Hay una necesidad de actualidad tan voraz que se elimina el presente.

La velocidad debe entenderse como diversidad de opciones. (Hay más puertas abiertas que nunca, todas al mismo tiempo). Es probable que una vez elegida la opción adecuada sea recomendable continuar a pie. La construcción de la inteligencia, tal vez, tenga que ver con respetar el proceso como idea integral.