lunes, junio 26, 2006

Ser feo

La piedra y el lobo, en su conjunción obvia. La arena que se construye en el tiempo aplasta y muerde la imposibilidad. Nadie vio a nadie, la noche se cerró en un encuentro casual que ciego cayó fulminado sobre clavos y huestes de la enajenación primera. La necesidad del adjetivo, la estética y sus derivados. La completa ausencia en pedacitos de papel que no pueden tocarse. Usted que lee estas líneas y el señor que las escribe. Lamentablemente no son la misma persona. No se odian, pero así parece. El que no entiende nada y el que lee, un poco en su espacio y en todos. Ahí se diluye como el agua, como la miel, como el café, como el sabor de un hueso que se quiebra y parte las calles. Son tierra rígida. Un sol pensado de cemento. La velocidad de la imaginación supera esa relatividad y una vez más accede a la primera puerta. Ajeno. Usted no es ese que sentado se acerca. Y el que escupe estas líneas redondea su final para no agobiar la tensión de su búsqueda sin final. Es tiempo de comprar tiempo. Eso dice el reloj.

martes, junio 20, 2006

Vanguardia desinflada

Caminos que se bifurcan en la denigrante existencia de un anciano pescador. Ficciones limitadas en un ser exiguo que juega al artista. Allí está, insostenible como una pequeña figura que se desvive en detalles que poca voluntad arrastran. Descree en la infinitud del pasado y profiere maldiciones, ambigüedades vacías de propuesta. Ningún invierno le contagia tristeza, apenas arrastra soledades de superficie y esquiva a las musas del tiempo, adulando el reinado de la discontinuidad. Son frases que cortan la búsqueda y las bibliotecas duermen incólumes a su paso. El mundo que pretende destruir es apenas un ínfimo charco de lodo que se reduce a un ápice de tabaco mal quemado. Efímero como el fuego se disipa en el viento, sin que nadie, jamás, alerte su llegada. Las maravillas continúan girando, ajenas al mal gusto y el desperdicio. He allí una clave, pequeño ser sin sueños, autor de textos nunca escritos, adulador del final superado, científico de tocador, soberbio ignorante del verso trabajado. Una simple mirada es el antónimo de tu legado repetido.

lunes, junio 12, 2006

Su precio

Encerrado entre paredes, el niño retrataba ilusiones en un retazo de tela. Pintarrajeaba palabras que parecidas a mapas tomaban la forma de un libro inédito. En cada línea se escondía un viaje inquieto por textos de todas las épocas. Griegos y romanos se enfrentaban en la búsqueda de un amor diáfano; mientras los bárbaros proponían poesías tatuadas con sangre derramada en indómitas guerras sin geografía ni naturalezas. También el sexo y las barbas, la oscuridad y las túnicas. Allí las imágenes, entre sus dedos de agua, fríos como el futuro incierto de sus sueños. Cientos de hojas color sepia llovían sobre su habitación húmeda, completa de cables y plásticos inertes. Eran proyecciones de cuerpos perfectos, vacíos de su presente, cincelados por sus propias frustraciones. Los dibujos caían de sus ojitos y se derramaban por los bordes últimos de sus propias limitaciones. Lejos estaban aquellos eruditos, ciegos de placeres, exactos como los relojes de las pasiones prohibidas. El final nadie lo vislumbró jamás. Agrietado en pequeñas parcelas de arena se inclinó ante el arribo de nuevas perspectivas. Destrucción y creación. Un nuevo texto y todos. Lo cotidiano, la inmundicia. Los insectos devoraron su creación para trocarla por metales. La habitación tembló y se desmoronó en silencio. Los dedos del artista ya estaban secos, aplastados por cascotes salvajes.

miércoles, junio 07, 2006

Uno que ve

En el infierno, una roca de hielo. Sobre ella duerme un niño que sueña con otro infierno. Su cuerpo se desdibuja entre manos violentas que lo abrazan, le acarician las mejillas con la tensión del último respiro. Entre vocablos inconexos se miente a sí mismo, quiere volar, pero también caminar. Es un vegetal azul que recrea metáforas solitarias, enumerando diamantes anteriores. Todo lo que ve es oro y tinieblas, ni un mínimo sendero intermedio. Su sueño no le permite descansar. Las creaciones son leyendas, horizontes inmediatos que se parten como el vidrio. El amo de ese averno lo observa en silencio, disfruta de su propia angustia. Lo mira desencajado, de pie sobre un árbol de fuego, mientras las llamas derriten los rasgos de su pasado. Luego despierta y una vez más enfrenta su infinitud. La maldición lo perfora con una canción simple: un susurro que le impone una seguridad indeseable.