lunes, marzo 10, 2008

El colectivo

Un grupo de personas esperaba el colectivo. Casi era de noche, la calle estaba vacía y en silencio; se podía escuchar el chasquido del semáforo cuando cambia de color. A la distancia resonaron los zapatos de una mujer que avanzaba con una bolsa de plástico llena de papeles y un sweater. Era triste verla caminar. La luz de la ciudad le estropeaba la cara y la ropa.

Sentada sobre un alfeizar una chica empuñaba el monedero con fuerza, movía las rodillas y no quitaba le vista de la perspectiva de la calle. Su postura explicaba que no estaba apurada, pero que tampoco quería quedarse en esa esquina mucho rato más. Un nenito, seis años, la miraba con el dedo en la nariz, la cara sucia; la madre buscaba el encendedor en la cartera con el cigarrillo en la boca y sin soltarle la mano. Luego había una pareja que se besaba. Generaban ruido a saliva. No les importaba. Él le tocaba el culo, ella se reía y le mordía la boca grotescamente. Él vestía camisa adentro del pantalón y lentes de sol en la cabeza, pelo mojado; ella una remera ajustada y un bolso cruzado que le marcaba las tetas. También se le veía el ombligo: un hueco interminable y oscuro.

Aparecí, de casualidad, quince segundos antes que el colectivo. Me quedé mirando el cuadro. No tenía nada que hacer, entonces decidí subirme.

Entró la chica. Pagó y se perdió en el fondo.
Entró la madre con el nene en brazos para ahorrarse un boleto. El chofer la miró en clara alusión al abuso. El nene era gordo y caminaba perfectamente solo.
Entro ella. Pasó de largo.
Entró él.
–Dos-, dijo.
Pagó.
Guardó el boleto en el bolsillo trasero del pantalón.
Ella volvió a sonreír y sacudió la cabeza. Los dos mascaban chicle.
Se sentaron.

Me fui lo más atrás posible para no perder detalle. El colectivo era verde, los asientos de plástico gris. Los bufidos del motor se perdían entre el chillido de los frenos, el timbre y el silbido de la puerta. Sólo había una persona cuando subimos, una señora muy mayor que miraba por la ventana y movía la mandíbula en círculos irregulares.

Pensé en el chofer, en el recorrido preciso y cronométrico que tiene que respetar. En la madre y su hijo. En la mujer que caminaba con la bolsa y los papeles. En la chica, que ya se había bajado. En la pareja. En la vieja y su mandíbula.

Me sonó el teléfono, preferí no atender. Quería que suene hasta que alguien se de vuelta y me mire, quería ver la cara. Fue antes de lo previsto: al segundo ring, él me fusiló con la mirada. No atendí, a propósito. Se dio vuelta y susurró algo al oído de su novia. Los dos se rieron en silencio y se besaron sin dejar de mascar chicle.

Volvió a sonar el teléfono. Ring. Él volvió a mirarme. Continué con mi juego: puse cara de triste, perdí la mirada en el suelo y no atendí. Sentí su mirada en mi frente. El sonido retumbaba en todo el colectivo. Todos me miraban ahora, incluso la viejita.

Nadie dijo nada, aunque todos querían decir. Nadie se atrevió a dar la iniciativa. El teléfono sonó hasta que se cortó por sí solo.

Avanzamos cerca de 5 minutos. Todo seguía igual. Mi teléfono ya no iba a sonar. Le hice señas al chofer; me bajé en la parada siguiente. Un foco de luz tenue. La calle desierta. El cielo nublado y naranja.

El colectivo se perdió por los barrios.

2 comentarios:

FALKEN dijo...

Jajajaj!
Tome varios minutos para escribir algo indicado al respecto pero solo llego el nombre de un film: "Invasion of the Body Snatchers"...
Que raro, no?

FALKEN dijo...

Jajaja Gracias por visitar ese blog muerto.

El film tiene una remake, es del 2007 y se llama Invasion.

http://www.imdb.com/title/tt0427392/

saludos