lunes, mayo 22, 2006

Presente que atrasa

Se miró los pies y sentenció por lo bajo: -Este es mi último día aquí-. Avanzó hacia su casa y apretujó las llaves dentro de su puño hasta convertirlas en arena, que luego lanzó a los vientos. Su sangre se endureció y sus brazos se partieron como cristales de hielo azul. Sólo atinó a gritar hasta que su voz estalló en sal. Su garganta ardió, clavada en el bosque de sus penas. Su casa estaba en una ciudad, la ciudad en un continente, el continente en el mundo y el mundo en sus labios. Fue lo único que quedó de él.

domingo, mayo 14, 2006

Detrás de los espejos

Abrió su boca de persiana para absorber todo el sudor que goteaba desde el techo inmundo. In-mundo. Sub-mundo. El líquido ingresaba como aceite, brillante soporífero. En su densidad se derretían los placares invisibles que amueblaban el salón. Paredes rojas e incandescentes la encerraban, sofocantes, en la más absoluta oscuridad. La desgracia es indefectiblemente bella sentada detrás de un escritorio, descubriendo confines emocionales indómitos. Allí puede vomitar, cómoda. Como una catarsis de crueles aburrimientos y cuerpos desvencijados que se asoman en las últimas horas de niebla, próximos al desliz de un manojo de dedos viscosos que señalan las cercanías de una esfera impenetrable, absolutamente vacía, incinerada. Algunas imágenes las pensó, otras sencillamente aparecieron.

domingo, mayo 07, 2006

La agonía exacta

Eran sus ojos, húmedos y en soledad. El peso absoluto del mundo le partía la mirada. Eran sus pupilas, pequeñitas, imperfectas, aplastadas sobre un color de oscuros tormentos. Su boca tenía los bordes desdibujados, como un movimiento cansino que caía ondulándose. Debajo sucedía la rigidez. La empujaba el peligro de una extinción violenta, lejana de sueños inmediatos y ciudades de arroz desperdiciado. Estaban el ayer, el hoy y el mañana naufragando en una copa de bebida inmune, se insultaban a los gritos, uno sobre el otro, con sus voces azules sin ideología ni reflexión. Si aunque sea alguna palabra hubiera surcado esa niebla para iluminar la tristeza. Las palabras aparecieron después, cuando la noche se había robado sus formas.

martes, mayo 02, 2006

Diálogos solitarios

La luz enceguecía a los dos señores que se encontraban discutiendo acerca de sus desdichas, en una habitación con forma esférica que estaba provista de dos pequeños bancos que permitían sentarse cómodamente mientras sostenían un intrincado diálogo, en cual todo lo que se decía ya se había dicho antes. Ellos sólo repetían.

- ¿Siente?, preguntó Rolando
- Estoy un tanto enfermo, eso debe ser. Respondió Tomás luego de meditarlo un momento.
- ¿Qué esconde?, cuestionó casi gritando.
- Lo mismo que usted.
- ¿Cuál es su nombre? ¿Tiene nombre?, continuó Rolando con su interrogación.
- Si, Tomás. ¿Usted me conoce?
- Creo que sí. Sabrá disculparme, estoy asustado, nunca creí volver a verlo.
- Veo que aún conserva su sensible ingenuidad.
- ¿Usted no?
- No lo sé, hay que saber encontrar el momento para darse cuenta.
- ¿Dejará de mirarme algún día? Ya es insoportable, dijo Rolando.
- No. ¿Todavía cree que este lugar no existe?
- Me gustaría que no existiese, de ese modo podría morir de una vez.
- No se muera Rolando, usted sabe porqué se lo digo.
- No. No lo sé. No sé nada.
- Todavía hay mucho por hacer, dijo Tomás.
- Lo único que me consuela es haber llegado aquí. Mire… ¡Cuántos colores! ¡Cuántos sonidos! No entiendo… ¿Por qué ella no está aquí? ¿Acaso no es real?
- ¿Ella? ¿Quién sabe?
- Dígame Tomás. Cada día me cuesta más caminar, ya caso caigo en la tentación de esconderme nuevamente en la cúspide de la ilusiones.
- ¡Adelante! Si ese es sólo el problema… lo invito a retirarse, sentenció con ironía el señor Tomás.