La ventana que nunca se enciende. Esa figurita gris inerte no se digna a cambiar de estado. De Estado. Los verdes están disponibles; el resto no tanto. O nada. Y la espera se prolonga, una espera que es completa cobardía. Es como un hombrecito asexuado que se presenta en forma de busto, a escala mínima. Y uno aquí, solo, mirando la pantalla como un imbécil; fumando en forma compulsiva y escribiendo nimiedades, para justificar la presencia; o por no asumir el aburrimiento. Es notable cómo se presenta la escasez de autoestima, porque recurrir a esta forma tan lejana… Uno nunca está tan ajeno de uno mismo que cuando usa este sistema: donde es muy fácil arruinarlo todo, donde los silencios dicen muchísimo, donde la indiferencia es comunicar la evidencia de que no sos imprescindible. ¿Cuándo invadir y cuando no? Hay códigos, y tan sencillos de romper: son sólo botoncitos. La respuesta trascendental llega en el inicio, saber quién encendió el rectángulo naranja que dice muchísimo más que hola. La tristeza del diálogo sin despedida y con sólo un dibujo como respuesta.Fui el último en escribir.
La pregunta quedó colgada en una ventana muerta.
