El tiempo trabaja los objetos. Todos. Los erosiona sin prisa, aunque constantemente. El resultado de esta labor silenciosa es el cambio. Un durazno abandonado en la heladera sirve para advertir el paso del tiempo: es un adverbio de tiempo. De acuerdo con la consistencia, el caudal de moho y el color de su cáscara se puede arriesgar a ojo la cantidad de semanas que lleva ahí.
Para advertir el cambio hay que hacer una elipsis. Es decir, olvidarse del objeto por un tiempo prudente. Los cambios son invisibles en la rutina.
Me llama la atención lo que sucede con la ropa. Un par de zapatillas nuevas, por ejemplo. Ocupan algún lugar de privilegio. Son nuevas, son las mejores, el tiempo no las toca. Hasta que llegan otras. Instantáneamente caen del podio de la exclusividad, se completan de imperfecciones, pierden color, se estiran. No resisten la comparación y pasan a ocupar el repertorio del día a día. Se usan para las tareas más ordinarias, sin culpa. En este caso, la elipsis llega de un modo violento: la sustitución.
El cuerpo es también víctima del tiempo. Lentamente cede ante la gravedad, se va desvencijando, se arruga, se hincha, se encoje, se tuerce. La juventud -tiempo de exclusividad- pasa a ser un recuerdo encerrado en fotografías. No hay posibilidad de escapar al desgaste.
1 comentario:
pero las zapatillas no pueden hablar de las blancas arruguitas del alma. dejame ser cursi, si?
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