lunes, julio 21, 2008

La imaginación

El señor Gutiérrez es un perfecto desconocido. Se detiene en medio de la vereda y se divierte mezclándose entre los cúmulos de gente que avanzan en todas las direcciones. Observa a cada uno e idea situaciones que nunca va a concretar, episodios delirantes como perseguir a una persona con una taza de té en cada mano al grito de -¡Usted, devuélvame lo que es mío!-. O morder una manzana y tratar de sostenerla el mayor tiempo posible con los dientes sin dejar de cumplir ninguna de sus obligaciones cotidianas. Cuando dialoga pierde el hilo de las conversaciones por pensar en la posibilidad de hacer lo insospechable (desgarrar sus ropas como un superhéroe sin inmutarse, imitar a un bailarín, pestañear a toda velocidad, cantar ópera, fruncir y relajar la boca intermitentemente, prenderse fuego adentro de la nariz y aguantar el dolor, cortarse un mechón de pelo y comérselo, contar hasta cinco, rascarse la axila, contar hasta cinco, rascarse la axila, contar hasta cinco, ponerse de pie, intentar hacer la vertical hasta que se le caigan todas las monedas de los bolsillos al piso y luego juntarlas y lanzarlas por alguna ventana). El señor Gutiérrez imagina. Su realidad está dividida en percepciones y construcciones que se superponen aleatoriamente. Tal vez viva perturbado, nunca le pregunté cómo se siente. No es una persona simple.

Anoche lo vi en su casa, revisaba qué podía comer. Su cocina es un cuadrado iluminado por un tubo fluorescente, el aire huele a hornalla encendida y el motor de la heladera vibra violentamente al principio y suave después. Hay una mesa rebatible cubierta por un mantel de goma verde oscuro. El zumbido del fluorescente es enloquecedoramente imperceptible. La radio encendida. Comió con el saco puesto. Sopa con pan y tomate: enfrentó colores y temperaturas. La sal siempre húmeda; la separaba con un cuchillo y la untaba con los dedos. De postre una manzana y un vaso de agua que tomó de un trago. Manzana y agua. Manzana. Agua. Sus días se apagan horizontales.

lunes, julio 14, 2008

El intelectual

El señor Gutiérrez no sabe respirar, su vida es una asfixia permanente porque no puede cerrar la boca. Igual le interesa escuchar. La sordera puede dividirse en decenas de variables, aunque la más divertida es la de los intelectuales de cincuenta centavos, los que interrumpen conversaciones con las mismas cuatro o cinco oraciones que repiten cronométricamente cuando necesitan advertirle a todos su presencia. El señor Gutiérrez sospecha que estos intelectuales incluso hablan cuando están solos, preferiblemente frente al espejo. Practican el tono exacto, la mirada perfecta, construyen su propio ideal.

La dignidad de la pregunta. La inteligencia es encontrar respuestas; aún así, la inteligencia es incentivar el hallazgo de puntos débiles. Nacer implica un destino mortal. Las ideas nacen luego se las reemplaza. La inteligencia es también encontrar un reemplazo a tiempo. La vida a destiempo es incompleta.

Por momentos, el señor Gutiérrez se enceguece frente a determinadas genialidades. Los maestros de la sospecha. Los libros son lapsos en su vida. Los sistemas son telescopios por donde observar e interpretar el mundo, trajes para vestir. Tiene una debilidad peligrosa por las palabras perfectamente ubicadas: sostiene que la filosofía es simplemente poner nombres; el hecho de nombrar construye realidades.

lunes, julio 07, 2008

El ruido

La ciudad es también un collage de sonidos que nunca se detienen; vibraciones superpuestas que conforman un ruido inevitable. Siempre se escucha una alarma, el vuelo de un insecto, el llanto de un bebé, un estornudo, un gemido, un insulto, un piropo, el bufido de un motor, la musiquita de un contacto del msn, el chasquido de un semáforo, el zumbido de una luz, el quejido de alguna puerta, el beep de un ascensor, un disparo, una cachetada, el crepitar de una milanesa, murmullo, un golpe, una tonada musical, el sonido de un bolígrafo deslizándose, una bocina, el estallido de un cristal (o de un vidrio), algún silencio, un rumor, un martillazo, la caída de una percha para colgar la ropa, un teléfono, un acople, una patada, un timbre, las cuerdas de una guitarra, una bicicleta, el susurro de un árbol librado al azar del viento, el click de un mouse, el estruendo que produce el choque de dos placas de metal negro, un discurso, una radio, un globo que estalla, una canilla que gotea, un calefactor encendido, pasos.

El ruido es una variable espacio-temporal: está determinado por la ubicación y el horario. Detenerse a desmembrar la conformación del ruido es, además de una actividad quirúrgica, participar en una guerra que pone en juego una escala casi infinita de intensidades. Una única textura que fluctúa hasta derretirse en la inconciencia.