lunes, agosto 25, 2008

El experimento

La historia comienza el pasado 6 de febrero, recuerdo la fecha por cuestiones personales. Una reunión, gente de distintos grupos, conversaciones asimétricas. En cada rincón había cuatro o cinco personas que disfrutaban de un refresco e intercambiaban opiniones. Sentí que todos tenían la necesidad de hacer reír, se interrumpían para aportar chistes y exagerar anécdotas personales sobre un asado en lo de no sé quien. Esa noche estaba aburridísimo, aún no habían llegado las personas con las cuales tengo mayor afinidad entonces tuve que sumarme a un diálogo al azar. Quedarme solo a un costado no era señal de buena salud mental en aquel lugar donde todos estallaban de alegría y felicidad.

Iluso, como de costumbre, me acerqué a uno de los grupos donde había una chica preciosa. Estaba con dos amigas –a una de ellas la conocía, era mi excusa- y dos amigos –los dos hablaban con las manos en los bolsillos y se reían artificialmente-. Saludé, acepté un cigarrillo sin filtro y guardé silencio. Nada mejor que intentar encontrar el código de una conversación a la cual uno recién se acopla; leer las incoherencias, descubrir la cantidad de palabras que se utilizan, reconocer las estrategias que cada uno tiene para hacerse valer.

Hablaban sobre un boliche. Según entendí, había habido una fiesta exclusiva que auspiciaba una casa de moda femenina.

- Estuvo buenísimo, estaba lleno de gente top-, dijo una de ellas.
- Una minitas terribles-, agregó uno de ellos.
- La mejor música, nosotros nos quedamos hasta que cerró. Éramos un montón todavía, todos desconados-, agregó el otro.
- Sí, casi no había gente gorda-, remató otra de las chicas.

Todos se rieron. Sentí una mezcla entre asco y bronca, pensé en perderme entre la gente, pero me quedé. No sé bien porqué decidí aportar algo a la charla sin contradecir ni pelear. Elegí diseñar un comentario a modo de experimento. La idea fue la siguiente: proponer un dato falaz de índole científico para que esa chica pueda sostener la aberración que había dicho. Luego esperar el boca en boca hasta que yo mismo vuelva a escuchar mi propio argumento simple, falso e impresentable. Podía funcionar o no, podían pasar años enteros. No había nada que perder, hablé.

- Ustedes se ríen, pero los gordos son un problema. Leí en una revista de ciencia que la gente que come mucho conspira contra el planeta tierra. Somos tantos y consumimos tanto que la gente que se excede con la comida pone en riesgo la producción de alimentos a nivel internacional-. Eso dije. Fue lo mejor que se me ocurrió.

- Eso es posta. Es re lógico, hay gente que se zarpa comiendo-, dijo la del comentario y me miró.

La aceptación fue inmediata, incluso se formó un pequeño debate. Las aberraciones iban y volvían, se multiplicaban. Es increíble cómo los razonamientos más violentos y fascistas necesitan de un sustento científico. Es lo mejor que les puede pasar: forzar cualquier dato para asegurarse la verdad. Como llevar los argumentos al plano genético, sostener posturas en nombre de “La Naturaleza”, etc.

A los dos minutos llegaron mis amigos. Saludé y me fui. La noche terminó sin sobresaltos ni conquistas. Lo de siempre.

Anoche fui a otra fiesta, un poco por obligación, un poco por ganas de hacer algo distinto a clavar el codo en una barra. Me encontré con gente que hacía muchísimo que no veía. Charlamos, bebimos. Fue divertido, reconozco.

En el momento más animado de la fiesta aparecen dos chicas, amigas de unos conocidos. Comenzaron a hablar de un programa televisivo donde la gente va a adelgazar. Y una de ellas dijo: “Los gordos son un problema…”. Palabras más, palabras menos, lo mismo. Ocho meses después el experimento había dado resultado. Ya me había olvidado de aquel comentario, también de aquella reunión. Me sorprendí de la velocidad con que circulan las estupideces.

Simulé ir al baño. Al ratito me subí a un taxi. La radio del auto estaba sintonizada en AM, un locutor leía el resumen de noticias. El taxista profería insultos. El sol apagaba la noche. Yo tenía las llaves de mi casa en la mano.

lunes, agosto 18, 2008

La intermitencia

Una tarde de café. Apenas había dos mesas ocupadas además de la mía. Bolígrafo en mano, buscaba una idea mientras estudiaba la extensión de la pollera de una de las meseras, no era linda pero estaba uniformada: el contexto desolado, casi triste, la construía deseable. Mostraba lo justo, más hubiera sido obsceno, menos, intrascendente.

Afuera sucedía el invierno, especialmente en la cara de la gente, que se refugiaba debajo de gruesos abrigos. La brisa del mar es hostil fuera de estación.

Apenas habían pasado quince minutos cuando entró Matías, un ex compañero de la secundaria. Hice cuentas rápidas, hacía más de tres años que no lo veía. Sonreí y me puse de pie. Me miró, estaba solo también. Estallamos en un abrazo sincero.

Hablamos de su trabajo.
Hablamos de sus amores.
Hablamos de mi familia.
Hablamos de mi último viaje.
Hablamos de un sueño que lo sobresaltó la semana pasada.
Hablamos de la Argentina, la inflación y la desaparición de las playas.
Hablamos de mi salud y de la última vez que lloré.
Hablamos de un libro que no leí.

Matías es otra persona. Él también me encontró distinto, me lo dijo. Pero la distancia entre el ayer y el hoy se desdibujó en una hora de charla. Matías es una de esas personas que desaparecen de mi vida durante años enteros, incluso lo olvido, pero cuando nos reencontramos siento que nunca estuvimos alejados. Llevamos una relación intensa, aunque intermitente. La intermitencia es una virtud compartida, dos personas que sostienen una amistad más allá de las circunstancias.

Me dirigí a casa, quería bañarme y releer un texto que había empezado a la mañana. El teléfono comenzó a sonar antes de que abra la puerta, me apuré, inconcientemente me apuré. El timbre sonaba a malas noticias; no sé porqué. Un conocido, internado de urgencia, su estado es prácticamente insalvable. Pensé una vez más en las amistades intermitentes. Me sentí hueco. Comí un pedazo de pan con queso y me acosté. Recuerdo que esa noche sufrí mi soledad.

lunes, agosto 11, 2008

La información

Una caja, una puerta. Adentro, un cuadro. La caja es un armario empotrado en la pared de una habitación que completa los dos ambientes de un departamento. El departamento está en el tercer piso de un edificio revestido con ladrillos cocidos. En la esquina exacta de Córdoba y Azcuénaga. Barrio Chauvín. Mar del Plata.

De menor a mayor (o de mayor a menor) las coordenadas pueden continuar, una adentro de otra, formando una línea que cruza las más complejas teorías astrofísicas. La inmensidad, inabarcable, contiene todos los sonidos, incluso el silencio, contiene todos los límites, incluso la infinitud.

El cuadro descansa oscuro en su caja, silenciosamente es parte de un sistema que desconoce. Por silencioso pierde su función: comunicar. El cuadro abandonado le resta información al mundo, un dato oculto que puede ser una repetición o un hallazgo, poco importa, es un dato menos.

Lo mismo sucede con los papeles acumulados en legajos; las cintas de video en los archivos nacionales; los libros que nivelan patas de mesas de campo; los manuales de instrucciones de viejas cámaras fotográficas; suplementos de diarios de hace siete meses; recetas del médico; monografías; anotaciones al margen; listas de supermercado; billones de páginas web; un stencil; la revista de moda; una declaración de amor tallada en la puerta de un baño público. La valoración es constante. Qué incorporar, qué olvidar, qué repetir. Pero no se puede predecir todo lo que no existe.

El cúmulo informativo de una ciudad es directamente proporcional a su historia y a su capacidad de producir historia. Probablemente sea un circuito agotable, la información oculta no se corresponde con ningún universo.

lunes, agosto 04, 2008

El mail

“La pasé muy…”
Hay determinados espacios en los cuales es mejor no hurgar. Una carpetita amarilla. Allí quedaron impresos recuerdos. Fotografías perfectas de diálogos con quienes, tal vez, sólo son una nube indefinida, fragmentos que por curiosidad regresan en detalles crueles.

“…estaba pensando y…”
La precisión de la fecha; el lugar que cita. El día que todo el día fue noche. Los cálculos, las preocupaciones. Pasado.

“Te escribo porque…”
Los mails son un anexo de la memoria. Reconstrucción digital de violenta exactitud; la devolución de imágenes, circunstancias de archivo. Ella que convida un viaje, la respuesta y la atroz respuesta de la respuesta. Era todo tan feliz, tan rosado y pomposo. Ese parque y su tibio atardecer, el abrazo en silencio. No tengo el suficiente coraje para presionar la opción de eliminar; la próxima destruyo sin leer.