Me despierta el teléfono. No sé hace cuanto suena, el sonido aparece entre un silencio difuso. Prefiero no atender y seguir durmiendo, pero es imposible. Escucho el sonido con una claridad absoluta; le encuentro matices que nunca había escuchado. Quiero que se calle, me está alterando. Decido levantarme. Me acerco en calzoncillos y a los dos pasos el timbre desaparece de corte. Sigo caminando entre la oscuridad. Si es importante va a volver a sonar. Me siento al lado del teléfono. Treinta segundos. No suena. Vuelvo a la cama sabiendo que ya no voy a poder dormir; tengo sueño liviano, además ya es momento de levantarme e ir en busca de algo para cenar. La cama está perfecta. Me duermo. El teléfono vuelve a sonar.
Me levanto sin vacilar y atiendo, sentí un dejo de fastidio en la lejanía.
- Hola
- Hola. ¿Hotel rrrrrrrr?
- No, equivocado
En el trayecto que hace el tubo hasta el cuerpo del teléfono escucho que la voz dice cosas. Es un hombre, voz aflautada. Treinta y ocho años, cuarenta y cinco a lo sumo.
Vuelve a sonar. Ya sé lo que me espera.
- Hola (enérgico)
- (respiración)
- Hola (fastidio)
- Hola ¿Hotel rrrrrrrr? (dubitativo)
Corté. Me doy cuenta que cometí una equivocación. Vuelve a sonar.
- Hola
- Hola, disculpame. ¿Este es el número del Hotel rrrrrrrr?
- No, es el número de mi casa.
- ¿Este es el 1111111?
- Sí, pero no es el Hotel rrrrrrrr.
- Disculpame.
Regreso a la cama con un poco de frío en el cuerpo. Me tapo y me quedo despierto mirando el techo. Reviso mentalmente la heladera y las alacenas. Huevos, queso, una lata de paté. No hay recetas tentadoras con esos productos. A la tarde comí pan rico con queso crema. Siento el cuerpo como si estuviera lleno de algodón mojado. Quiero comer algo fresco. Puede ser una manzana, una pera, un racimo de uvas. Una cerveza bien fría. Totalmente decidido. Es sólo cuestión de caminar hasta el almacén; son menos de 50 metros y compro todo. La noche está templada, se puede ir en remera y zapatillas sin medias. Vuelve a sonar.
- Hola
Siento que respiran, que quieren hablar. Reconozco la respiración. Cortan abruptamente.
Me siento nuevamente al lado del teléfono. No entiendo qué necesidad tiene este muchacho de insistir llamando a un número que no corresponde con el destino que quiere ubicar. Está marcando coordenadas correctas, pero que no conducen donde él quiere dirigirse: no es el camino, aunque sea el único que conozca. Es matemáticamente erróneo. Pero es testarudo, insiste. Sabe que está mal y no quiere darse por vencido. Tal vez está esperando que yo vaya hasta el Hotel rrrrrrrr y le reserve una habitación doble con desayuno. Lo dudo. De todos modos, no es extraña su actitud, es común encontrar gente que pretende resultados distintos aplicando siempre la misma metodología. Las equivocaciones son consecuencia de un error en el proceso. Si el proceso se repite, regresa el error. Hay quienes no cambian el proceso y exigen resultados distintos. Es una actitud que supera la necedad. Es violencia.
En la cocina hay menos de lo que pensaba. El queso es sólo un pedazo de cáscara; y la lata de paté es lo menos tentador que he visto en los últimos años. Por suerte ya tengo el menú definido. Me encanta la fruta. Con cinco pesos es suficiente. Me calzo un pantalón, también zapatillas. Vuelve a sonar.
- Hola
- Hola, disculpame ¿Este es el número del Hotel rrrrrrrr?
- No señor. No es. Por quinta vez. ¿Cómo se lo tengo que decir?
- Pero yo tengo este número.
- Tiene mal el dato. Esta es mi casa, no puede usted dormir acá. No entramos, es un monoambiente.
- ¿Me estás tomando el pelo?
- No, sólo quiero que deje de llamar a mi casa. Déjeme ejercer mi libertad. Quiero bajar a comprar uvas, una manzana y una pera. Quiero cenar.
- Tiene razón. Disculpe. Ahora… ¿Le molesta tanto atender el teléfono?
- Usted es más de lo que pensé.
- ¿Más qué?
- Estúpido
- Quiero comunicarme con el Hotel rrrrrrrr. Sólo eso. Usted es un maleducado.
- ¿Hace falta decir algo más? Tengo hambre.
- (respiración) Tiene razón, disculpe.
Cierro la puerta con llave y me lanzo a la calle. El almacén está cerrando, llego justo.
La manzana está un poco arenosa. Las uvas, deliciosas.
martes, marzo 25, 2008
domingo, marzo 16, 2008
La espontaneidad
Los extremos son locura. Una persona que se deja llevar por sus impulsos sin atravesar algún reparo en su camino puede terminar en un pantano emocional. Al mismo tiempo, una persona que razona hasta la última posibilidad termina convirtiéndose en un inválido.
Me llama mucho la atención las personas que dedican esfuerzos inmensurables en actividades banales. Por ejemplo, aquellos que disponen horas completas a calcular el momento exacto para enviar un mensaje de texto con fines amorosos. Una vez que lo decidieron, inician un proceso parecido para elegir palabra por palabra lo que van a decir. Por lo general, intentan:
- Mostrar un leve desinterés
- Que el texto no parezca forzado
- No abundar en signos de exclamación
- Quedar simpático
- Que sea claro
- Redactar de tal forma que siempre sea necesario responder el mensaje
- Ser breve
- Ser simple
- Ser inteligente
Y la lista puede continuar. El punto es que los mensajes de texto son una herramienta que permite ejercer la espontaneidad, especialmente porque son señales absolutamente despersonalizadas. Uno goza de un pequeño anonimato cuando envía. El problema está en que se nota cuando las diez o doce palabras promedio que se utilizan se piensan demasiado. En el intento de armar oraciones amables es más probable caer en construcciones crípticas. También hay una relación entre el horario y la calidad de la redacción: cuanto más tarde, menos pensado. Y en consecuencia directa: cuanto más tarde, menos importante es el receptor.
La calidad de la redacción de un sms no va a conseguir una cita con la mujer amada. Bueno sería que así funcione, todos estarían preocupados por dominar la gramática, conseguir un léxico fluido y trazar metáforas de alto vuelo. Pero no. La atracción llega por otros lugares. No hace falta perder el tiempo.
Me llama mucho la atención las personas que dedican esfuerzos inmensurables en actividades banales. Por ejemplo, aquellos que disponen horas completas a calcular el momento exacto para enviar un mensaje de texto con fines amorosos. Una vez que lo decidieron, inician un proceso parecido para elegir palabra por palabra lo que van a decir. Por lo general, intentan:
- Mostrar un leve desinterés
- Que el texto no parezca forzado
- No abundar en signos de exclamación
- Quedar simpático
- Que sea claro
- Redactar de tal forma que siempre sea necesario responder el mensaje
- Ser breve
- Ser simple
- Ser inteligente
Y la lista puede continuar. El punto es que los mensajes de texto son una herramienta que permite ejercer la espontaneidad, especialmente porque son señales absolutamente despersonalizadas. Uno goza de un pequeño anonimato cuando envía. El problema está en que se nota cuando las diez o doce palabras promedio que se utilizan se piensan demasiado. En el intento de armar oraciones amables es más probable caer en construcciones crípticas. También hay una relación entre el horario y la calidad de la redacción: cuanto más tarde, menos pensado. Y en consecuencia directa: cuanto más tarde, menos importante es el receptor.
La calidad de la redacción de un sms no va a conseguir una cita con la mujer amada. Bueno sería que así funcione, todos estarían preocupados por dominar la gramática, conseguir un léxico fluido y trazar metáforas de alto vuelo. Pero no. La atracción llega por otros lugares. No hace falta perder el tiempo.
lunes, marzo 10, 2008
El colectivo
Un grupo de personas esperaba el colectivo. Casi era de noche, la calle estaba vacía y en silencio; se podía escuchar el chasquido del semáforo cuando cambia de color. A la distancia resonaron los zapatos de una mujer que avanzaba con una bolsa de plástico llena de papeles y un sweater. Era triste verla caminar. La luz de la ciudad le estropeaba la cara y la ropa.Sentada sobre un alfeizar una chica empuñaba el monedero con fuerza, movía las rodillas y no quitaba le vista de la perspectiva de la calle. Su postura explicaba que no estaba apurada, pero que tampoco quería quedarse en esa esquina mucho rato más. Un nenito, seis años, la miraba con el dedo en la nariz, la cara sucia; la madre buscaba el encendedor en la cartera con el cigarrillo en la boca y sin soltarle la mano. Luego había una pareja que se besaba. Generaban ruido a saliva. No les importaba. Él le tocaba el culo, ella se reía y le mordía la boca grotescamente. Él vestía camisa adentro del pantalón y lentes de sol en la cabeza, pelo mojado; ella una remera ajustada y un bolso cruzado que le marcaba las tetas. También se le veía el ombligo: un hueco interminable y oscuro.
Aparecí, de casualidad, quince segundos antes que el colectivo. Me quedé mirando el cuadro. No tenía nada que hacer, entonces decidí subirme.
Entró la chica. Pagó y se perdió en el fondo.
Entró la madre con el nene en brazos para ahorrarse un boleto. El chofer la miró en clara alusión al abuso. El nene era gordo y caminaba perfectamente solo.
Entro ella. Pasó de largo.
Entró él.
–Dos-, dijo.
Pagó.
Guardó el boleto en el bolsillo trasero del pantalón.
Ella volvió a sonreír y sacudió la cabeza. Los dos mascaban chicle.
Se sentaron.
Me fui lo más atrás posible para no perder detalle. El colectivo era verde, los asientos de plástico gris. Los bufidos del motor se perdían entre el chillido de los frenos, el timbre y el silbido de la puerta. Sólo había una persona cuando subimos, una señora muy mayor que miraba por la ventana y movía la mandíbula en círculos irregulares.
Pensé en el chofer, en el recorrido preciso y cronométrico que tiene que respetar. En la madre y su hijo. En la mujer que caminaba con la bolsa y los papeles. En la chica, que ya se había bajado. En la pareja. En la vieja y su mandíbula.
Me sonó el teléfono, preferí no atender. Quería que suene hasta que alguien se de vuelta y me mire, quería ver la cara. Fue antes de lo previsto: al segundo ring, él me fusiló con la mirada. No atendí, a propósito. Se dio vuelta y susurró algo al oído de su novia. Los dos se rieron en silencio y se besaron sin dejar de mascar chicle.
Volvió a sonar el teléfono. Ring. Él volvió a mirarme. Continué con mi juego: puse cara de triste, perdí la mirada en el suelo y no atendí. Sentí su mirada en mi frente. El sonido retumbaba en todo el colectivo. Todos me miraban ahora, incluso la viejita.
Nadie dijo nada, aunque todos querían decir. Nadie se atrevió a dar la iniciativa. El teléfono sonó hasta que se cortó por sí solo.
Avanzamos cerca de 5 minutos. Todo seguía igual. Mi teléfono ya no iba a sonar. Le hice señas al chofer; me bajé en la parada siguiente. Un foco de luz tenue. La calle desierta. El cielo nublado y naranja.
El colectivo se perdió por los barrios.
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