domingo, noviembre 18, 2007

La escalera

Puedo deducir que todo sucedió durante los últimos minutos antes de levantarme. Aunque de esas cosas uno nunca está seguro. Cuando abrí los ojos, el sol se filtraba por los huecos de la persiana. Sólo en eso puedo basarme.

La imagen era una escalera, que se extendía en espiral hacia arriba. Era yo, podía verme caminando, testigo de mí mismo. Era una escalera que se desdoblaba en cientos de otras escaleras, todas interconectadas, donde hombres y mujeres avanzaban. Siempre subían, no se podía bajar: algunos iban rápido, otros estaban sentados en los escalones, otros simplemente de pie analizando lo que sucedía. También había quienes subían en grupo, pero eran los menos. La mayoría estaban solos.

Cuánto más alto, menos gente. En los primeros escalones era difícil avanzar por el amontonamiento, luego cada uno tomaba su camino. A los pocos metros ya se podía caminar con total tranquilidad, incluso se podía cambiar de escalera, sólo había que saltar un peldaño ínfimo. No se veía de dónde venía la gente, la escalera no tenía base. Los primeros escalones eran los primeros, directamente, no había argumento alguno. Aunque sin base, la forma era ligeramente cónica.

En el ápice de la estructura, el último escalón daba a una sala de juegos donde había una mesa de ruleta. Alrededor, muy poca gente y casi nadie jugaba. Sobre el paño, cuatro o cinco fichas, no más. Los que jugaban no se alejaban de la mesa, estaban absorbidos a la espera del resultado. Me dieron ganas de arriesgar alguna ficha, pero no pude. No escuché que el crupier cante un solo número. La imagen de un momento a otro comenzó a alejarse; se hundió hasta convertirse en una mancha difusa de color verde.

Desapareció la gente, la escalera y las fichas. Muy despacio tomaba forma mi habitación. Reconocí todo lo que me rodeaba, como si ubicara piezas en un tablero de un modo inconexo. De fondo un ruido, que a los pocos segundos resultó ser la radio. Eran las 9:03 de la mañana. Fui al placard, agarré ropa limpia e ingresé a la ducha. Sagrado lugar. Abajo del agua seguía pensando en el paño de las apuestas. Me di cuenta que no alcancé a mirar si había números o símbolos. La imagen se había diluido demasiado rápido.

domingo, noviembre 11, 2007

La comodidad

La tecnología simplifica procesos. Su objetivo es acortar tiempos y distancias. Hace 20 años los registros administrativos de una empresa se realizaban en tinta y papel. Luego apareció la computadora con su mundo digital: se facilitó la tarea de cargar datos y se redujo al mínimo el margen de errores numéricos. Aunque el nuevo sistema es absolutamente superior, siempre existen aquellos que defienden las viejas épocas y niegan de raíz cualquier adelanto. Como si sumar, restar, dividir y multiplicar en un ábaco fuera mejor que utilizar una calculadora. Como si enviar una carta por correo fuera más cálido y efectivo que mandar un mail. Son razonamientos tan nimios que no vale la pena ni detenerse en ponerlos a prueba. De hecho, si tan negativos son los adelantos, habría que regresar a la era de las cavernas, donde todo era tan maravilloso y analógico.

Estos personajes, que generalmente se los califica como chapados a la antigua, están negados a cambiar sus costumbres. No les interesa saber que hay nuevas formas de hacer las cosas que realmente dan resultado. No están dispuestos. Prefieren dedicar horas y horas a llenar formularios a mano, a hacer cuentas, en lugar de hacer el pequeñísimo esfuerzo de entender cómo en cinco doble clicks se ahorran semanas enteras. Les es incómodo aprender. Se niegan al progreso. Ellos ya entendieron un sistema. Y morirán con ese sistema.

Dentro de todo, el fundamentalismo antitecnológico es inofensivo. Los problemas comienzan cuando esta lógica de comportamiento se vuelca hacia lo intelectual: las personas que defienden a capa y espada la primera escuela que comprenden. Tal vez adscribieron a estas ideas luego de escuchar a un orador de asado familiar o de leer un recorte de diario. Lo mismo da. Ellos asimilan y cierran el acceso a otro concepto.

Ejemplo 1:

- El voto debería ser calificado.

En el siglo XXI todavía hay quienes sostienen esta idea. No quieren escuchar hablar de redistribución de la riqueza, de equidad social, de educación. No hay posibilidad alguna de que ingresen en las aguas de la complejidad. Ellos entienden que determinadas personas no tienen que votar. Punto aparte. Todo el contexto no existe. Sus observaciones son el universo entero.

Ejemplo 2:

- Hay que tomar la conducción del Estado por las armas y abolir la propiedad privada.

En el siglo XXI todavía hay quienes sostienen esta idea. No quieren escuchar hablar de redistribución de la riqueza, de equidad social, de educación. No hay posibilidad alguna de que ingresen en las aguas de la complejidad. Ellos entienden que hay que tomar la conducción del Estado por las armas y abolir la propiedad privada. Punto aparte. Todo el contexto no existe. Sus observaciones son el universo entero.

La constante es la comodidad. Es cómodo sostener que la única lectura que son capaces de hacer es la verdad absoluta. Temen salirse de esa comodidad, de poner en crisis sus reflexiones.

El bolígrafo se desliza muy rápido sobre el anotador. Me cuesta leer lo que estoy escribiendo. Mi caligrafía es horrorosa y la culpa es de la computadora. En el living está prendido el televisor. Hay gente que desde la pantalla grita incoherencias y discute imbecilidades. Ni un solo comentario es digno de tener en cuenta. Cambio de canal hacia otro programa de alto raiting. Lo mismo. Un canal más. Lo mismo. Son las 9 de la noche. Tres cuartos del país detiene su atención en mensajes que nada proponen. Allí está el truco: ofrecer comodidad. Nadie está dispuesto a escuchar algo o a alguien que haga tambalear sus verdades, aceptar y reconocer sus propias miserias, cambiar los puntos de vista. De hecho, parecería que se exhiben penurias ajenas para reafirmar el buen pasar del televidente.

Evidentemente, ser inteligente no es sólo obtener un título universitario ni recitar de memoria fragmentos de La Eneida, de Virgilio. Poner en duda las propias comodidades puede ser, tal vez, una forma interesante de definir la inteligencia.

domingo, noviembre 04, 2007

La verdulería

Como en esas verdulerías de barrio. Tapizadas de baldosas de goma azul. Una silla de hierro: funda verde, rota. El verdulero atrapado en un pulóver de lana, un delantal azul; jean gastado. Las bolsas de tela arpillera, la tierra en el suelo. La luz del fluorescente redondito que cae sobre los cajones con lechugas y las bananas. En las paredes, fútbol y automovilismo.

Huele a cebolla y papel de diario.

Un paquete de espinaca, tres papas, medio de zanahorias y un kilo de manzanas verdes. Para compota. El monederito de la señora está agrietado de tanto abrir y cerrar. La birome en la oreja, los comentarios de siempre. Se realiza la venta. Seis pesos con cincuenta. El monederito expulsa un billete de 10 arrugado, doblado en tres o cuatro segmentos.

Ahora a esperar debajo del ventilador. La radio clavada en am; el informativo, cronométricamente en punto. Al lado, la escoba. Hay un hombre que trabaja. Pienso en política, en el respeto y la dignidad. Pienso obviedades, discursos gastados. Es época de elecciones, sin querer el contexto me empuja a una reflexión. No la encuentro.

Entro. En el mismo instante que saludo pasa caminando una mujer. Los ojos del verdulero van detrás de sus piernas. No son gran cosa, pero igual las mira. Analíticamente. Luego me dice hola y sonríe sin separar los labios.

Sobre la caja registradora hay una foto: dos nenas y un nene. El más grande tiene ocho, no más. Me explica que son sus hijos y que van a la escuela, que los tiene cortitos, pero que en el barrio es difícil. Habla de política. Más obviedades y discursos gastados. Habla de cansancio.

Compro un repollo colorado y sigo camino. Llego a la esquina y volteo la mirada. El verdulero está apoyado en un auto verde. Se despereza y escupe algo chiquito y blanco. Sigo avanzando con una sensación de incomodidad. Me dan ganas de patear el repollo con mucha fuerza. Nunca le hice caso a esos ataques. Pienso cuánto me salió: cuatro pesos.
Me preparo para patear.
Pienso si voy a lastimar a alguien. No hay nadie cerca.
Lanzo la bolsa al aire.
No.
Mejor lanzar el repollo sin bolsa.
Ahora sí, repollo al aire.

Lo pateo.

No es una gran patada. El repollo cae en una ligustrina, a un costado. Me arrepiento de haber errado, en parte, el golpe. Me amago a mi mismo para ir a comprar otro y patearlo dignamente. Pero justo sale alguien de la casa de la ligustrina. Meto las manos en los bolsillos y sigo a paso acelerado. Necesito saber quién es, me mastica la curiosidad y cruzo la calle para ver qué pasa.

Hay un hombre parado en la vereda. Con mi repollo bajo el brazo, colorado y desarmado por el golpe. No parece enojado. Da media vuelta y se lo lleva adentro.

No sé bien qué pensar. Tal vez haya sido una buena patada después de todo.