Los extremos son locura. Una persona que se deja llevar por sus impulsos sin atravesar algún reparo en su camino puede terminar en un pantano emocional. Al mismo tiempo, una persona que razona hasta la última posibilidad termina convirtiéndose en un inválido.
Me llama mucho la atención las personas que dedican esfuerzos inmensurables en actividades banales. Por ejemplo, aquellos que disponen horas completas a calcular el momento exacto para enviar un mensaje de texto con fines amorosos. Una vez que lo decidieron, inician un proceso parecido para elegir palabra por palabra lo que van a decir. Por lo general, intentan:
- Mostrar un leve desinterés
- Que el texto no parezca forzado
- No abundar en signos de exclamación
- Quedar simpático
- Que sea claro
- Redactar de tal forma que siempre sea necesario responder el mensaje
- Ser breve
- Ser simple
- Ser inteligente
Y la lista puede continuar. El punto es que los mensajes de texto son una herramienta que permite ejercer la espontaneidad, especialmente porque son señales absolutamente despersonalizadas. Uno goza de un pequeño anonimato cuando envía. El problema está en que se nota cuando las diez o doce palabras promedio que se utilizan se piensan demasiado. En el intento de armar oraciones amables es más probable caer en construcciones crípticas. También hay una relación entre el horario y la calidad de la redacción: cuanto más tarde, menos pensado. Y en consecuencia directa: cuanto más tarde, menos importante es el receptor.
La calidad de la redacción de un sms no va a conseguir una cita con la mujer amada. Bueno sería que así funcione, todos estarían preocupados por dominar la gramática, conseguir un léxico fluido y trazar metáforas de alto vuelo. Pero no. La atracción llega por otros lugares. No hace falta perder el tiempo.
1 comentario:
Casi siempre soy inválida.
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