Hay personas que caminan. Personas que se detienen a mirar la hoja de una planta en el jardín de una casa con techo de madera construida por un inmigrante italiano que llegó a Mar del Plata en 1948. Personas que no pueden explicar algo sin tocarse el pelo. Son personas y tienen forma de persona, a pesar de que los límites nunca están bien definidos. Los brazos, los pies. Las piernas, las manos. Los tobillos. El torso y las extremidades, que indefectiblemente terminan en una arruga digital. Huella digital. Algo que pasó y dejó su huella; para todos algo distinto. Apenas un punto visible del indómito azar de la conformación celular.
Son personas. Las personas se esfuerzan por confeccionarse una imagen agradable en base a su propio reflejo. Por lo general acuden a un espejo, pero también utilizan, en menor medida, superficies muy lustradas, charcos de agua y fotografías. Se observan, se critican y se construyen para presentarse al mundo. El mundo es todo lo que sucede afuera de sus casas, lo que ven de inmediato y aquello que reciben fragmentado por Internet o por TV. Esos fragmentos son también puntos de comparación y referencia.
Se puede imaginar un mundo sin reflejo, donde las personas no sepan cuál es su conformación última, donde no puedan cotejar si se agradan o si necesitan un cambio. Las personas sólo podrían construirse en base a cómo las recibe un tercero. Ellas mismas serían la construcción de un tercero.
Tal vez no es necesario imaginar, tal vez el reflejo no exista. Aún con espejos, charcos y fotografías, la construcción de las personas es siempre la de un tercero. El tercero que nos interesa es quien en realidad construye ese reflejo aparente donde nos identificamos.
1 comentario:
a veces pensamos lo mismo en el mismo momento.
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