domingo, septiembre 30, 2007

El supermercado

La distribución es la de una pequeña ciudad, diagramada con avenidas y edificios de alimentos envasados. Es tan igual a una ciudad que tampoco tiene techo, o al menos nadie le presta atención. La gente que circula entre las góndolas empuja sus carros con la vista inclinada hacia el suelo; ningún producto está lo suficientemente alto, todo tiene ser accesible y, si es posible, atractivo. Hay un dato que es fundamental en la lógica de funcionamiento de un supermercado: el orden; en primera medida por producto: todos los jamones juntos; en segunda medida por marca, como si fueran una raza, o una clase social. De hecho lo representan. Un supermercado desordenado sería inútil, no sería funcional a su objetivo de generar ganancias. Igual que en la sociedad, el orden es en pos de un beneficio económico. En los dos casos, los beneficiado son los dueños. Algo curioso es que cuando se presenta el desorden es por arrepentimiento. Una lata de atún entre los shampooes, por ejemplo. Es evidente que alguien compró sin estar totalmente convencido y a mitad de camino, luego de una breve reflexión, se desprendió del producto.

El volumen de espacio ocupado en los carros permite calcular, aproximadamente, la cantidad de personas que van a alimentarse con esa compra. Quienes viven solos compran poco y todo chico: una leche; una manteca; un paquete de papel higiénico; una banana; dos manzanas; un paquete de fideos. Las madres compran con otra lógica, son conscientes que adquirir en cantidad es conveniente. Entonces van por lo grande, en casi todos los productos. Y dentro de los que compran en cantidad están los que analizan meticulosamente qué llevar. El tiempo de análisis, en este sentido, es directamente proporcional a las limitaciones económicas. Cuánto menos dinero disponible, más tiempo de comparación de precio, calidad y gramaje.

Es muy difícil anotar previamente todo lo que hace falta y respetar ese inventario. La vista puede más que las verdaderas necesidades. De hecho, se nota cuando hay productos que no fueron premeditados y, por razones circunstanciales, fueron incorporados a la compra. Si en un carro hay arroz, lavandina, fideos, lata de conserva, mermelada, carne –cortes clásicos-, jabón blanco, aceitunas, sachets de leche y un cubrecama, es evidente que el cubrecama se deslizó por misteriosas razones del momento. Tal vez una oferta. Tal vez un impulso mágico de gastar dinero. En los carros con muchas cosas repetidas, los de los compradores con capacidad, si hay algún producto pequeño y solo es porque ingresó a la primera instancia: testeo. Si satisface al cliente será adquirido posteriormente en cantidad. También están quienes se autoimponen una limitación y se pasean con una de canasta plástica. Sea quien sea, nadie habla demasiado. Tal vez por concentración. Casi siempre el lugar está muy cerca del silencio, no hay abultados murmullos. Apenas una música y a veces ni siquiera. Los beeps de las cajas se escuchan en cada rincón.

No hay nada sin envasar, salvo las frutas y verduras, y en algunos casos tampoco. Hay frutas que se presentan envueltas, una por una, en un papel delgadísimo. Parecería que existe un intento de que el producto real nunca esté a la vista. De hecho, hay una aversión hacia los paquetes rotos. Y muchas veces -esto lamentablemente se comprueba después de comprar- se nota que los fabricantes pusieron más empeño en el envoltorio que en el producto. Las fotografías son siempre perfectas, tentadoras. No así los resultados.

Las cajas se disponen en fila y son siempre lentas, tal vez para que la gente compre lo que tiene al alcance de la mano mientras espera. De acuerdo a los horarios hay más o menos cajeros. De acuerdo a los horarios hay personas de mayor o menor edad; de saco y corbata (siempre llevan pocas cosas y muy ricas, o pañales) o de joggin. Y quienes las atienden nunca están de buen humor. Es entendible, no es un trabajo agradable.

La semana pasada, mientras una de las muchachas arrastraba un yogurt por enfrente del láser que lee los precios, dije en voz alta: “Qué feo es el techo de este lugar. ¿No?”. Como si nada, pero para que me escuche. La chica alzó la vista. “Hace tres años que estoy acá y jamás lo había visto. Tenés razón”, respondió. Y esbozó una sonrisa. Pagué y salí a la vereda; me quedé afuera unos minutos mirando la caja. La chica, volvió a mirar el techo. Jamás sabré qué pensó. Me fui contento. No sé bien porqué.

domingo, septiembre 23, 2007

La ignorancia

La lógica formal tiene dos razonamientos básicos: el deductivo y el inductivo. El razonamiento deductivo no le aporta información al mundo. El clásico y aburrido diagrama de Sócrates:

Premisa 1: Todos los hombres son mortales
Premisa 2: Sócrates es hombre
Conclusión: Por lo tanto, Sócrates es mortal.

Es claro que la conclusión no ha brindado ninguna novedad. Si alguien sabe que todos los hombres son mortales y que Sócrates es hombre ya está todo dicho. La conclusión podría entenderse como una redundancia.

El razonamiento inductivo funciona de otro modo. Es el que utiliza la ciencia para aportar información al mundo. Un ejemplo sencillo:

Premisa 1: El oro se dilata al calor
Premisa 2: La plata se dilata al calor
Premisa 3: El mercurio se dilata al calor
Conclusión: Todos los metales se dilatan al calor.

Ningún científico podría decir que todos los metales se dilatan al calor observando sólo el comportamiento del bronce, por ejemplo. Tiene que analizar la mayor cantidad de metales posibles y de allí esbozar una ley general; atención: que puede ser falsable. Afortunadamente, la ciencia es consciente de que sus principios están abiertos a cualquier cambio.

Ahora bien, hay personas que arman su mundo a partir de razonamientos inductivos inmediatos. Para ellas, un solo caso es suficiente para ordenar y controlar el devenir universal. La primera observación que hacen de determinados fenómenos, objetos o procesos, por ejemplo el precio del ají, se convierte en ley irrefutable. Y no hay forma alguna de que cambien de opinión. Probablemente por comodidad. Una vez que creen entender, hacen lo imposible por sostener ese sistema que idearon, lleno de contradicciones, equivocaciones conceptuales y, fundamentalmente, omisiones. Ignorancia. O lo que es lo mismo, razonamientos de inducción fácil.

Un diálogo oído al pasar. Dos personas de inducción fácil hablan sobre temas varios. El diálogo se extiende desde el clima hasta la situación político-económica de la Unión Europea. En todos los incisos aparecen conclusiones interesantes. Un fragmento:

- Ese gato está desorientado. En cualquier momento lo va a pisar un auto. Cruza la calle como si no le importara nada- dice A. señalando a un pequeño felino blanco que descansa en el borde de la vereda, al rayo del poco sol que propone la mañana.
- Sí. Porque seguramente es sordo. Mi cuñada tiene un gato blanco también y es sordo- agrega B. con un gesto de seriedad. - Igual, nos quejamos del gato, pero los humanos cruzamos la calle sin respetar nada tampoco. Yo veo a las madres con los hijos cruzando por cualquier lado, es un peligro. El problema es la falta de control. Tendría que haber un policía en cada esquina y el que cruza mal: una multa. Vas a ver cómo en 15 días todo se soluciona. Los animales son mucho más inteligentes que los humanos- dice A. con absoluta seguridad.
- Si se roban todo estos políticos. Es tan fácil robar. Mirá lo que están haciendo con los precios. No puede ser que un kilo de kiwis cueste 13 pesos. Eso ya te da la pauta de lo que roban los políticos en este país- dice B.
- Y los chicos… todo el día con esas computadoras. No quiero ni pensar dónde vamos a ir a parar. Tienen el cerebro atrofiado- dice A.
- Están en la droga- dice B.- Se han perdido los valores, la familia. Antes no le ibas a cuestionar nada a tus padres. Mirá ahora cómo son las cosas. La ciudad está toda sucia, las veredas rotas- dice A.- Pero con la televisión que tenemos... es pornografía. ¿Cómo no va a haber violadores en la calles si están todo el tiempo mostrándote mujeres desnudas y homosexuales?- dice B.
- La televisión está hecha a propósito para convertir a los chicos en homosexuales, y a las mujeres en prostitutas. A veces veo esos mendigos comiendo de la basura y me da una lástima-dice A.

La charla sucedió en un kiosco con cabinas de teléfono e internet. Fue bastante más extensa, pero no vale la pena seguir extendiendo la descripción. Hablaban animadamente, cerca de la puerta de entrada. Una llegaba, la otra salía. Cuando se despidieron, se miraron como si fueran las dueñas de la verdad. Se dieron la mano vigorosamente. Sonreían.

Inmediatamente pensé que estas personas, empujadas por la felicidad de sus razonamientos, luego reproducirán en sus casas, trabajos y entre sus amigos las mismas ideas. Las llevarán como bandera de lo irrefutable, hasta las últimas consecuencias. Convencidas de que el universo entero se rinde ante sus palabras.

domingo, septiembre 16, 2007

La pobreza

El avaro es peligroso. No sólo se prohíbe a sí mismo disfrutar sus bienes económicos, sino que además tiene costumbres de mal gusto. Son personas que le dejan el nylon al control remoto; no utilizan jamás el living de su casa: reciben amistades en quinchos y garajes; ingieren alimentos de marcas de segundo orden engañándose que es lo mismo; dejan de lado cualquier especie de comodidad, fundamentalmente la calefacción en invierno; calculan las monedas de la propina; jamás hacen un regalo; no se permiten interesarse por nada que implique gasto, y no sólo monetario; si tienen dos (cualquier cosa, desde ropa hasta autos) usan el más viejo; se ubican siempre en el rol de víctimas; siempre a pie, ni el día que llueve incorporan la opción taxi; se enfadan si algo se ensucia; no disfrutan sus adquisiciones pensado en lo que gastaron; a la hora de comprar primero miran el precio, sólo si es conveniente viran su atención hacia el producto; no contratan servicios de ningún tipo: ellos pintan, destapan cloacas, limpian, arreglan motores, hacen instalaciones eléctricas, arreglan el jardín y fabrican con basura elementos de uso cotidiano; esperan siempre la caridad ajena, incluso en cuestiones de 50 centavos. Algunos llegan a frenar sus camionetas cuatroporcuatro en los contenedores para revisar si hay algún artículo posible de ser reciclado. Viven en la pobreza por miedo a la pobreza. Y lo peor: contagian con esta forma de vivir a sus familiares directos.

Anoche presencié cómo una persona le robaba una tenaza del bolso a un mendigo que dormía en la entrada de un departamento de oficinas. Se acercó meticulosamente para chequear si reaccionaba, incluso agitó la mano enfrente de sus ojos. No hubo respuesta. Tomó la pinza y salió a paso acelerado; dobló en la esquina y se perdió entre los focos de luz.

Yo lo miraba desde la vereda de enfrente. Iba camino a un bar, me detuve para ver bien qué hacía ese hombre. Estuve a punto de gritar para que el linyera se despierte. Pero no me salieron las palabras, seguramente por cobardía o por miedo.

Seguí camino. Mientras, intentaba encontrar una palabra que describa a este sujeto de campera oscura. Cleptómano no es el término indicado: había robado algo que, por el modo en que lo analizó, le hacía falta. Su forma de moverse dejaba interpretar su actitud. Evidentemente es un avaro, con todos los peligros que eso arrastra.

domingo, septiembre 09, 2007

La pertenencia

La niñita mira hacia el costado, sonriendo, mientras el padre la reta. Sabe que transgredió algún límite previamente impuesto, pero no le preocupa demasiado. Hay algo de picardía en sus gestos que la libra de cualquier culpa. En la vereda de enfrente camina un mendigo: pantalones marrones, bolsillos hacia fuera, barba gris, pelo pegoteado de polvillo, tez endurecida por las noches a la intemperie, los ojos amarillos. A su lado un muchacho se esfuerza por hacerse entender a través del parlante de un portero eléctrico color bronce, viejísimo como el mármol del hall de entrada. Y en la calle avanzan dos mujeres, calzas, pelo húmedo y atado, a paso firme. Respiran como si el esfuerzo las estuviera superando. También hay un nene que frena la bicicleta en el ventanuco del kiosco y compra chicles con una moneda de 25 centavos, sin bajar los pies de los pedales. Dos señores salen del almacén y le dedican una mirada de aprecio al policía que, parado bajo una marquesina, está mandando un mensaje de texto. Y dos chicas se ríen por la cara que muestra el cartel de campaña de una candidata a intendente. Son chicas a la moda, ropa usada y zapatillas nuevas. Un auto se estaciona y baja un señor de unos 40 años a mirar el horario de la farmacia. Está tan mal vestido y el auto está tan roto que el policía interrumpe lo que está haciendo para vigilar sus movimientos. El señor se lamenta de haber llegado tarde, mira el listado de los locales de turno y regresa al auto con cara de preocupación. La butaca cruje cuando se sienta y sale lentamente.

Una familia aguarda en la esquina que el semáforo le de la orden para cruzar la calle. Son cinco: una mujer bastante fea, pocas tetas, un culo para nada agradable; un hombre con aspecto descuidado que fuma como si fuera lo único interesante que hace en su vida; dos chicos que parecen tranquilos y un bebé que viaja en carrito, durmiendo. Hay algo en esta pareja que transmite tranquilidad, parecen humildes pero también satisfechos. Ella sonríe y señala una crema que se exhibe en la vidriera de la perfumería. Él la abraza y le besa el pelo. El beso dura 3 o 4 segundos. Ella cierra los ojos. El bebito sigue durmiendo. Los nenes buscan la mano de su padre para cruzar la calle.

¿Qué habrá de mí en toda esta gente que pasa por la esquina de mi casa? ¿Qué habrá de ellos en mí? Cuando me detengo a observar creo que, de algún modo, algo me pertenece. O al revés: algo mío les pertenece. No sé bien qué es, pero todos tienen un pequeño fragmento. Estoy poniendo en duda lo que soy por un momento, me doy cuenta que hasta olvidé que vivo en esa calle y que estoy parado en la vereda porque quiero salir a caminar un rato. El semáforo cambia de color. Pulso play, guardo el bolígrafo y me pierdo en una perpendicular. Hace calor, es un día estupendo para dejar de pensar un rato.

domingo, septiembre 02, 2007

El síntoma

Tomé una pastilla: roja, con forma oval. Me duele la cabeza. Pensé casi una hora si debía tomarla o no. Finalmente la tragué. La verdad es que estoy pensando que tengo la presión muy alta, que mi corazón está trabajando forzado, que la sangre se me va a salir de la venas. Me va a explotar el pecho. Me voy a morir. Y la pastilla sólo me va a curar el dolor de cabeza. O peor, me va a disfrazar el síntoma, entonces seguirá avanzando la enfermedad. Y la muerte llegará con peores dolores. De a ratos soy conciente de que todo es una irrefrenable construcción de mi ansiedad, entonces la muerte se aleja. Y en dos segundos regresan las sensaciones fúnebres. Quiero llamar por teléfono a alguien para contarle, pero me obligo a mi mismo a quedarme tranquilo. Me paro frente al espejo, me veo incompleto. Me siento en una silla y me paro enseguida para buscar aire en la ventana. Tengo calor. Mucho. Me tiemblan las piernas y me zumban los oídos, de a ratos pierdo la sensibilidad en el brazo izquierdo, de a ratos en el derecho. Es un infarto. No hay dudas. Llega un mensaje de texto es ella me pregunta cómo estoy y me concentro en escribir con la mayor dedicación posible para darle a entender que quiero besarla abrazarla y tirarme en la cama con ella fumar compartir una copa de vino amaderado escuchar jazz le quiero responder pienso cada una de las palabras tengo que ser claro y preciso necesito generarle interés en pocos caracteres mensaje enviado. Nadie contesta. Me duele la cabeza.