La distribución es la de una pequeña ciudad, diagramada con avenidas y edificios de alimentos envasados. Es tan igual a una ciudad que tampoco tiene techo, o al menos nadie le presta atención. La gente que circula entre las góndolas empuja sus carros con la vista inclinada hacia el suelo; ningún producto está lo suficientemente alto, todo tiene ser accesible y, si es posible, atractivo. Hay un dato que es fundamental en la lógica de funcionamiento de un supermercado: el orden; en primera medida por producto: todos los jamones juntos; en segunda medida por marca, como si fueran una raza, o una clase social. De hecho lo representan. Un supermercado desordenado sería inútil, no sería funcional a su objetivo de generar ganancias. Igual que en la sociedad, el orden es en pos de un beneficio económico. En los dos casos, los beneficiado son los dueños. Algo curioso es que cuando se presenta el desorden es por arrepentimiento. Una lata de atún entre los shampooes, por ejemplo. Es evidente que alguien compró sin estar totalmente convencido y a mitad de camino, luego de una breve reflexión, se desprendió del producto.
El volumen de espacio ocupado en los carros permite calcular, aproximadamente, la cantidad de personas que van a alimentarse con esa compra. Quienes viven solos compran poco y todo chico: una leche; una manteca; un paquete de papel higiénico; una banana; dos manzanas; un paquete de fideos. Las madres compran con otra lógica, son conscientes que adquirir en cantidad es conveniente. Entonces van por lo grande, en casi todos los productos. Y dentro de los que compran en cantidad están los que analizan meticulosamente qué llevar. El tiempo de análisis, en este sentido, es directamente proporcional a las limitaciones económicas. Cuánto menos dinero disponible, más tiempo de comparación de precio, calidad y gramaje.
Es muy difícil anotar previamente todo lo que hace falta y respetar ese inventario. La vista puede más que las verdaderas necesidades. De hecho, se nota cuando hay productos que no fueron premeditados y, por razones circunstanciales, fueron incorporados a la compra. Si en un carro hay arroz, lavandina, fideos, lata de conserva, mermelada, carne –cortes clásicos-, jabón blanco, aceitunas, sachets de leche y un cubrecama, es evidente que el cubrecama se deslizó por misteriosas razones del momento. Tal vez una oferta. Tal vez un impulso mágico de gastar dinero. En los carros con muchas cosas repetidas, los de los compradores con capacidad, si hay algún producto pequeño y solo es porque ingresó a la primera instancia: testeo. Si satisface al cliente será adquirido posteriormente en cantidad. También están quienes se autoimponen una limitación y se pasean con una de canasta plástica. Sea quien sea, nadie habla demasiado. Tal vez por concentración. Casi siempre el lugar está muy cerca del silencio, no hay abultados murmullos. Apenas una música y a veces ni siquiera. Los beeps de las cajas se escuchan en cada rincón.
No hay nada sin envasar, salvo las frutas y verduras, y en algunos casos tampoco. Hay frutas que se presentan envueltas, una por una, en un papel delgadísimo. Parecería que existe un intento de que el producto real nunca esté a la vista. De hecho, hay una aversión hacia los paquetes rotos. Y muchas veces -esto lamentablemente se comprueba después de comprar- se nota que los fabricantes pusieron más empeño en el envoltorio que en el producto. Las fotografías son siempre perfectas, tentadoras. No así los resultados.
Las cajas se disponen en fila y son siempre lentas, tal vez para que la gente compre lo que tiene al alcance de la mano mientras espera. De acuerdo a los horarios hay más o menos cajeros. De acuerdo a los horarios hay personas de mayor o menor edad; de saco y corbata (siempre llevan pocas cosas y muy ricas, o pañales) o de joggin. Y quienes las atienden nunca están de buen humor. Es entendible, no es un trabajo agradable.
La semana pasada, mientras una de las muchachas arrastraba un yogurt por enfrente del láser que lee los precios, dije en voz alta: “Qué feo es el techo de este lugar. ¿No?”. Como si nada, pero para que me escuche. La chica alzó la vista. “Hace tres años que estoy acá y jamás lo había visto. Tenés razón”, respondió. Y esbozó una sonrisa. Pagué y salí a la vereda; me quedé afuera unos minutos mirando la caja. La chica, volvió a mirar el techo. Jamás sabré qué pensó. Me fui contento. No sé bien porqué.
El volumen de espacio ocupado en los carros permite calcular, aproximadamente, la cantidad de personas que van a alimentarse con esa compra. Quienes viven solos compran poco y todo chico: una leche; una manteca; un paquete de papel higiénico; una banana; dos manzanas; un paquete de fideos. Las madres compran con otra lógica, son conscientes que adquirir en cantidad es conveniente. Entonces van por lo grande, en casi todos los productos. Y dentro de los que compran en cantidad están los que analizan meticulosamente qué llevar. El tiempo de análisis, en este sentido, es directamente proporcional a las limitaciones económicas. Cuánto menos dinero disponible, más tiempo de comparación de precio, calidad y gramaje.
Es muy difícil anotar previamente todo lo que hace falta y respetar ese inventario. La vista puede más que las verdaderas necesidades. De hecho, se nota cuando hay productos que no fueron premeditados y, por razones circunstanciales, fueron incorporados a la compra. Si en un carro hay arroz, lavandina, fideos, lata de conserva, mermelada, carne –cortes clásicos-, jabón blanco, aceitunas, sachets de leche y un cubrecama, es evidente que el cubrecama se deslizó por misteriosas razones del momento. Tal vez una oferta. Tal vez un impulso mágico de gastar dinero. En los carros con muchas cosas repetidas, los de los compradores con capacidad, si hay algún producto pequeño y solo es porque ingresó a la primera instancia: testeo. Si satisface al cliente será adquirido posteriormente en cantidad. También están quienes se autoimponen una limitación y se pasean con una de canasta plástica. Sea quien sea, nadie habla demasiado. Tal vez por concentración. Casi siempre el lugar está muy cerca del silencio, no hay abultados murmullos. Apenas una música y a veces ni siquiera. Los beeps de las cajas se escuchan en cada rincón.
No hay nada sin envasar, salvo las frutas y verduras, y en algunos casos tampoco. Hay frutas que se presentan envueltas, una por una, en un papel delgadísimo. Parecería que existe un intento de que el producto real nunca esté a la vista. De hecho, hay una aversión hacia los paquetes rotos. Y muchas veces -esto lamentablemente se comprueba después de comprar- se nota que los fabricantes pusieron más empeño en el envoltorio que en el producto. Las fotografías son siempre perfectas, tentadoras. No así los resultados.
Las cajas se disponen en fila y son siempre lentas, tal vez para que la gente compre lo que tiene al alcance de la mano mientras espera. De acuerdo a los horarios hay más o menos cajeros. De acuerdo a los horarios hay personas de mayor o menor edad; de saco y corbata (siempre llevan pocas cosas y muy ricas, o pañales) o de joggin. Y quienes las atienden nunca están de buen humor. Es entendible, no es un trabajo agradable.
La semana pasada, mientras una de las muchachas arrastraba un yogurt por enfrente del láser que lee los precios, dije en voz alta: “Qué feo es el techo de este lugar. ¿No?”. Como si nada, pero para que me escuche. La chica alzó la vista. “Hace tres años que estoy acá y jamás lo había visto. Tenés razón”, respondió. Y esbozó una sonrisa. Pagué y salí a la vereda; me quedé afuera unos minutos mirando la caja. La chica, volvió a mirar el techo. Jamás sabré qué pensó. Me fui contento. No sé bien porqué.



