El señor Gutiérrez sufre la angustia de trasladarse inmediatamente de la fragilidad a la inmortalidad. Y viceversa. A toda hora, todos los días. Cuando percibe alguna señal positiva siente que su vida es maravillosa, que el presente y el futuro le sonríen. En contrapartida, cuando le llegan malas noticias –diarios, amores, familia o proyectos inconclusos- lagrimea en las sombras.
Los días para él son, entonces, sucesiones intermitentes de estados de ánimo: bien, mal; pésimo, excelente; optimista, revolucionario; suicida, astronauta.
Suena el timbre. Las diez de la mañana. El señor Gutiérrez revisa mentalmente todas las opciones de personas que pueden visitarlo a las diez de la mañana. Nadie más interesante que el diariero, y es una buena noticia.
- Hola.
- ¿Tiene algo para afilar?
- No, gracias.
Ni buena ni mala. Pero es más mala que buena. Es más feliz recibir una revista que rechazar la oferta de afilar una tijera. El día comienza con una decepción lejana. El sonido del timbre suele despertar la diminuta esperanza de que algún sueño se va a cumplir. Que va a suceder algo que está fuera del libreto. Nunca sucede, y por eso siempre es esperanza. Como el coronel de Gabriel García Márquez; que espera los viernes para ir al correo.
La felicidad del señor Gutiérrez es una acumulación de pequeñas cosas. Ya rehusó a la posibilidad de modificar el rumbo de la existencia sentado en el escritorio de su casa. Ahora se conforma con encontrar una oferta en la librería, resolver juegos de ingenio y reunirse con gente amable. Su problema es que carece de poder de recuperación. Tan infantil y tan patético. Un pequeño accidente emocional lo hace tropezar una semana completa. Y es tan inútil que, silenciosamente, confía en que alguien va a tocarle el timbre para solucionarle los problemas. Su inutilidad está oculta detrás su silencio. Es un plano sobre otro.
Aún así, hay días en los que el señor Gutiérrez desarrolla estrategias de evasión: pone manos a la obra: hace. Compulsivamente se justifica. El costo de olvidar es demasiado elevado. Sus estrategias son a corto plazo porque no le gusta escaparse demasiado tiempo; elegir aquello que es permanente le parece insípido.
El traslado, la intermitencia, es una construcción propia. Y está tristemente orgulloso de los resultados.
4 comentarios:
Quiero el teléfono del señor Gutierrez.
El señor Gutiérrez es una persona reservada. Nunca me confió su número. Cuando nos encontramos me cuenta sus intimidades, y no sabe que las publico. De todos modos, si se llega a enterar, no se molestaría. No le daría importancia.
¿Desde cuándo "astronauta" es un estado de ánimo?
estoy con belén. si a estas alturas una siente ganas de smsearse con gutiérrez a morir, no quiero ni pensar cuál será el nivel de confusión al llegar a nuestros días.
pd: lo que son las casualidades. el otro día estuvimos debatiendo largo y tendido con un alguien, sobre la sensación/impacto/secuela que nos deja el sonidín del flautín del personaje en cuestión.
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