viernes, diciembre 28, 2007

La espera

Búsqueda y espera. Dos conceptos sinónimos. La búsqueda, el movimiento, también implica esperar. Y esperar es estar buscando. Una es consecuencia de la otra, de ida y de vuelta. Así guardan una relación directa. Como una ecuación matemática.

El señor Gutiérrez no sabe esperar. Por ende siempre arruina todo, a pesar de que su vida es búsqueda constante. Los objetivos que se propone se destruyen porque no logra respetar ambas partes del proceso.

Ahora bien, cada persona tiene sus propios tiempos. Pero no tiempos de uno mismo para uno mismo, sino los tiempos del objetivo a conseguir. La extensión de la espera es siempre una imposición. Tener los controles de la espera es gozar de la libertad de la dominación. Al señor Gutiérrez casi siempre le toca el rol del oprimido, por eso la búsqueda, por eso la necesidad de esperar.

La situación es simple. Su objetivo es una mujer. Y es ella la que tiene el poder de decidir. Él lo sabe: si deja pasar algunos días sin dar señales (los mensajes de texto de los celulares son señales bilaterales, no importa qué dicen, suficiente con que alguno de los dos escriba) va a generar interés. En inferioridad de condiciones el error fatal es ser inoportuno.

Pobre señor Gutiérrez, no termina de pensar la estrategia que ya envió una señal. Sábado. Las tres de la tarde. Le pregunta qué va a hacer a la noche.

Un nuevo fracaso para el señor Gutiérrez.

domingo, diciembre 16, 2007

La contemplación

El miedo, tema extenso. Estrategia de dominación por excelencia (la ignorancia deviene en miedo) y refugio de las personas poco interesadas en modificar creencias, ideologías y su circuito de verdades. Sin llegar a un análisis tan espinoso, existen microsistemas donde el miedo se presenta de un modo directo: la imagen.

La calle está superpoblada de imágenes, la gran mayoría publicitarias, desde carteles luminosos hasta fotocopias adheridas a la cara interna del vidrio de los kioscos. Incluso la decoración de las fachadas de las casas se trabaja con un fin publicitario, en un 90% se trata de objetos religiosos. Las inscripciones y las estatuitas que adornan puertas y paredes tienen una triple connotación:

1) En esta casa somos fieles creyentes de…
2) Usted que mira y no cree, dése una oportunidad de creer en…
3) Usted que mira y cree, sepa que compartimos…

Es evidente que se hace gala de los cultos y al mismo tiempo se intenta –silenciosamente- convencer a los transeúntes que se detienen a observar. El propietario de la casa se suma inconscientemente a una tarea milenaria de adoctrinamiento.

Pero fuera del universo de la publicidad también hay imágenes. Por ejemplo cuadros. Un recorrido apresurado por salas de espera, entradas de edificios, locales gastronómicos de todo tipo y oficinas arroja una realidad extraña: la mayoría de los cuadros son láminas enmarcadas, y la mayoría de las láminas son iguales. Los ambientes están repletos de Mirós; Van Goghs; Diego Riveras; Frida Khalos; Dalís y Picassos. En todas partes las mismas imágenes. No hay forma de escapar. Y no es una moda: es miedo. Miedo a elegir.

Lo que es señalado como bello y aceptado por la mayoría se ubica en un extraño pedestal de usos obligatorios. Eso es bello, ergo, eso hay que usar/lucir/comprar. A eso hay que parecerse. Es una existencia funcional.

El viernes por la tarde salí a caminar sugestionado por esta idea masiva e ininteligible de la belleza. Observé que hombres y mujeres, por igual, se esfuerzan por parecerse entre sí. Ropa, peinados, maquillaje. Por un momento tuve ganas de volver a mi casa, disfrazarme de queso gruyere y volver a salir. O simplemente quedarme en calzoncillos apoyado en un semáforo, para brindar algo distinto. Obviamente no lo hice, aunque hubiera sido entretenido. Lo distinto es en primera instancia desagradable. Y tenía ganas de generar rechazo.

Sospecho que se hace un gran esfuerzo por reducir los márgenes de la contemplación, para luego introducir productos y servicios en el mínimo espacio que queda abierto. Cualquier conducta que se extralimite puede confundirse con tener personalidad. Traición número uno para la sociedad de consumo.

lunes, diciembre 10, 2007

El piropo

Entre las sombras, se escucha una voz áspera:

- “Mamasa, con esa cola te invito a cagar a casa”

La muchacha que recibe las palabras aprieta la cartera bajo su brazo y acelera el paso con cara de asco. El autor de la genialidad se saluda con sus amigos. Sonríe, como si hubiera conseguido algún rédito de su actuación. Incluso codea a uno de ellos para que ría. Al menos por compromiso. Pero que se ría.

Algo me dice que este muchacho, en lugar de querer cortejar a una dama, intenta alguna aproximación sexual con sus compinches. Absolutamente todo lo que hizo persigue este fin: la entonación, los gestos (una mano en el bolsillo desde donde se acaricia los testículos), la mirada y la elegancia de su verso. Hasta él mismo se da cuenta de que lo que dice jamás puede concluir exitosamente. ¿Por qué lo dice entonces?. Encima, sospecho que este tipo de piropos sólo se pronuncian en grupo y de noche; salvo que exista algún desviado que lisa y llanamente salga a las calles a insultar a la gente. (Obviamente, queda excluido de este análisis el heroico albañil que balbucea obscenidades, solo, a las nueve de la mañana, cargando una carretilla de arena). El piropo, podemos concluir, se ha convertido en un género callejero destinado a destacar la propia masculinidad, ante otros hombres.

En síntesis. El piropo es inútil, anónimo. Tal vez haya algún ejemplo lejano donde haya servido para obtener una respuesta positiva. Pero lo dudo. La única forma de conseguir la atención de una mujer es acercarse y ponerse a prueba. Exponerse.

domingo, diciembre 02, 2007

El asco

Vi un muerto postrado en la calle, con los ojos abiertos. Era de noche y no quise ser minucioso. En realidad no pude Estaba lleno de gente, muchos curiosos –el morbo late en cada esquina- y también profesionales: policías y médicos. El hombre se había suicidado, se cortó la venas sentado al pie del árbol de la casa de su novia. Ella no estaba, lo encontró su madre. El diagnóstico: se desangró por auto mutilación.

El charco de sangre ya estaba negro y goteaba hacia la vereda. Usó una hoja de gilette, la deslizó por su muñeca izquierda. Estaba boca arriba. La ropa húmeda y oscura; la cara blanca. Sólo pude ver eso. Sentí asco. El asco implica huir mentalmente, no poder detenerse allí. El asco es la sensación que se produce cuando no hay defensas para enfrentar determinadas situaciones.

Cualquier asco, incluso a personas, comidas y olores, cumple su esencia en sorprender. Los ascos que no sorprenden son rutina y pasan a ser una experiencia desagradable; uno ya está preparado para recibirla, y aunque cause rechazo hay una barrera preparada para amortiguar la sensación.

Los médicos analizaban el cadáver con aire de rutina. Ellos estaban cubiertos por la experiencia y por los conocimientos. No veían un imagen asquerosa, veían a una persona con las secuelas típicas del desangramiento. El asco puede desaparecer si uno sabe construir las defensas necesarias.

Creo que toda la secuencia duró tres minutos. No logré soportarlo. Se me aflojaron las piernas y tuve que tomar un taxi. Me palpé el cuerpo para asegurarme de que estaba sano; me sentía débil. Llegué a mi casa y me acosté en el suelo. Percibí en mi boca un gusto metálico y las pulsaciones muy aceleradas. Del asco pasé a una extraña y efímera felicidad. Probablemente porque me sentí vivo.

domingo, noviembre 18, 2007

La escalera

Puedo deducir que todo sucedió durante los últimos minutos antes de levantarme. Aunque de esas cosas uno nunca está seguro. Cuando abrí los ojos, el sol se filtraba por los huecos de la persiana. Sólo en eso puedo basarme.

La imagen era una escalera, que se extendía en espiral hacia arriba. Era yo, podía verme caminando, testigo de mí mismo. Era una escalera que se desdoblaba en cientos de otras escaleras, todas interconectadas, donde hombres y mujeres avanzaban. Siempre subían, no se podía bajar: algunos iban rápido, otros estaban sentados en los escalones, otros simplemente de pie analizando lo que sucedía. También había quienes subían en grupo, pero eran los menos. La mayoría estaban solos.

Cuánto más alto, menos gente. En los primeros escalones era difícil avanzar por el amontonamiento, luego cada uno tomaba su camino. A los pocos metros ya se podía caminar con total tranquilidad, incluso se podía cambiar de escalera, sólo había que saltar un peldaño ínfimo. No se veía de dónde venía la gente, la escalera no tenía base. Los primeros escalones eran los primeros, directamente, no había argumento alguno. Aunque sin base, la forma era ligeramente cónica.

En el ápice de la estructura, el último escalón daba a una sala de juegos donde había una mesa de ruleta. Alrededor, muy poca gente y casi nadie jugaba. Sobre el paño, cuatro o cinco fichas, no más. Los que jugaban no se alejaban de la mesa, estaban absorbidos a la espera del resultado. Me dieron ganas de arriesgar alguna ficha, pero no pude. No escuché que el crupier cante un solo número. La imagen de un momento a otro comenzó a alejarse; se hundió hasta convertirse en una mancha difusa de color verde.

Desapareció la gente, la escalera y las fichas. Muy despacio tomaba forma mi habitación. Reconocí todo lo que me rodeaba, como si ubicara piezas en un tablero de un modo inconexo. De fondo un ruido, que a los pocos segundos resultó ser la radio. Eran las 9:03 de la mañana. Fui al placard, agarré ropa limpia e ingresé a la ducha. Sagrado lugar. Abajo del agua seguía pensando en el paño de las apuestas. Me di cuenta que no alcancé a mirar si había números o símbolos. La imagen se había diluido demasiado rápido.

domingo, noviembre 11, 2007

La comodidad

La tecnología simplifica procesos. Su objetivo es acortar tiempos y distancias. Hace 20 años los registros administrativos de una empresa se realizaban en tinta y papel. Luego apareció la computadora con su mundo digital: se facilitó la tarea de cargar datos y se redujo al mínimo el margen de errores numéricos. Aunque el nuevo sistema es absolutamente superior, siempre existen aquellos que defienden las viejas épocas y niegan de raíz cualquier adelanto. Como si sumar, restar, dividir y multiplicar en un ábaco fuera mejor que utilizar una calculadora. Como si enviar una carta por correo fuera más cálido y efectivo que mandar un mail. Son razonamientos tan nimios que no vale la pena ni detenerse en ponerlos a prueba. De hecho, si tan negativos son los adelantos, habría que regresar a la era de las cavernas, donde todo era tan maravilloso y analógico.

Estos personajes, que generalmente se los califica como chapados a la antigua, están negados a cambiar sus costumbres. No les interesa saber que hay nuevas formas de hacer las cosas que realmente dan resultado. No están dispuestos. Prefieren dedicar horas y horas a llenar formularios a mano, a hacer cuentas, en lugar de hacer el pequeñísimo esfuerzo de entender cómo en cinco doble clicks se ahorran semanas enteras. Les es incómodo aprender. Se niegan al progreso. Ellos ya entendieron un sistema. Y morirán con ese sistema.

Dentro de todo, el fundamentalismo antitecnológico es inofensivo. Los problemas comienzan cuando esta lógica de comportamiento se vuelca hacia lo intelectual: las personas que defienden a capa y espada la primera escuela que comprenden. Tal vez adscribieron a estas ideas luego de escuchar a un orador de asado familiar o de leer un recorte de diario. Lo mismo da. Ellos asimilan y cierran el acceso a otro concepto.

Ejemplo 1:

- El voto debería ser calificado.

En el siglo XXI todavía hay quienes sostienen esta idea. No quieren escuchar hablar de redistribución de la riqueza, de equidad social, de educación. No hay posibilidad alguna de que ingresen en las aguas de la complejidad. Ellos entienden que determinadas personas no tienen que votar. Punto aparte. Todo el contexto no existe. Sus observaciones son el universo entero.

Ejemplo 2:

- Hay que tomar la conducción del Estado por las armas y abolir la propiedad privada.

En el siglo XXI todavía hay quienes sostienen esta idea. No quieren escuchar hablar de redistribución de la riqueza, de equidad social, de educación. No hay posibilidad alguna de que ingresen en las aguas de la complejidad. Ellos entienden que hay que tomar la conducción del Estado por las armas y abolir la propiedad privada. Punto aparte. Todo el contexto no existe. Sus observaciones son el universo entero.

La constante es la comodidad. Es cómodo sostener que la única lectura que son capaces de hacer es la verdad absoluta. Temen salirse de esa comodidad, de poner en crisis sus reflexiones.

El bolígrafo se desliza muy rápido sobre el anotador. Me cuesta leer lo que estoy escribiendo. Mi caligrafía es horrorosa y la culpa es de la computadora. En el living está prendido el televisor. Hay gente que desde la pantalla grita incoherencias y discute imbecilidades. Ni un solo comentario es digno de tener en cuenta. Cambio de canal hacia otro programa de alto raiting. Lo mismo. Un canal más. Lo mismo. Son las 9 de la noche. Tres cuartos del país detiene su atención en mensajes que nada proponen. Allí está el truco: ofrecer comodidad. Nadie está dispuesto a escuchar algo o a alguien que haga tambalear sus verdades, aceptar y reconocer sus propias miserias, cambiar los puntos de vista. De hecho, parecería que se exhiben penurias ajenas para reafirmar el buen pasar del televidente.

Evidentemente, ser inteligente no es sólo obtener un título universitario ni recitar de memoria fragmentos de La Eneida, de Virgilio. Poner en duda las propias comodidades puede ser, tal vez, una forma interesante de definir la inteligencia.

domingo, noviembre 04, 2007

La verdulería

Como en esas verdulerías de barrio. Tapizadas de baldosas de goma azul. Una silla de hierro: funda verde, rota. El verdulero atrapado en un pulóver de lana, un delantal azul; jean gastado. Las bolsas de tela arpillera, la tierra en el suelo. La luz del fluorescente redondito que cae sobre los cajones con lechugas y las bananas. En las paredes, fútbol y automovilismo.

Huele a cebolla y papel de diario.

Un paquete de espinaca, tres papas, medio de zanahorias y un kilo de manzanas verdes. Para compota. El monederito de la señora está agrietado de tanto abrir y cerrar. La birome en la oreja, los comentarios de siempre. Se realiza la venta. Seis pesos con cincuenta. El monederito expulsa un billete de 10 arrugado, doblado en tres o cuatro segmentos.

Ahora a esperar debajo del ventilador. La radio clavada en am; el informativo, cronométricamente en punto. Al lado, la escoba. Hay un hombre que trabaja. Pienso en política, en el respeto y la dignidad. Pienso obviedades, discursos gastados. Es época de elecciones, sin querer el contexto me empuja a una reflexión. No la encuentro.

Entro. En el mismo instante que saludo pasa caminando una mujer. Los ojos del verdulero van detrás de sus piernas. No son gran cosa, pero igual las mira. Analíticamente. Luego me dice hola y sonríe sin separar los labios.

Sobre la caja registradora hay una foto: dos nenas y un nene. El más grande tiene ocho, no más. Me explica que son sus hijos y que van a la escuela, que los tiene cortitos, pero que en el barrio es difícil. Habla de política. Más obviedades y discursos gastados. Habla de cansancio.

Compro un repollo colorado y sigo camino. Llego a la esquina y volteo la mirada. El verdulero está apoyado en un auto verde. Se despereza y escupe algo chiquito y blanco. Sigo avanzando con una sensación de incomodidad. Me dan ganas de patear el repollo con mucha fuerza. Nunca le hice caso a esos ataques. Pienso cuánto me salió: cuatro pesos.
Me preparo para patear.
Pienso si voy a lastimar a alguien. No hay nadie cerca.
Lanzo la bolsa al aire.
No.
Mejor lanzar el repollo sin bolsa.
Ahora sí, repollo al aire.

Lo pateo.

No es una gran patada. El repollo cae en una ligustrina, a un costado. Me arrepiento de haber errado, en parte, el golpe. Me amago a mi mismo para ir a comprar otro y patearlo dignamente. Pero justo sale alguien de la casa de la ligustrina. Meto las manos en los bolsillos y sigo a paso acelerado. Necesito saber quién es, me mastica la curiosidad y cruzo la calle para ver qué pasa.

Hay un hombre parado en la vereda. Con mi repollo bajo el brazo, colorado y desarmado por el golpe. No parece enojado. Da media vuelta y se lo lleva adentro.

No sé bien qué pensar. Tal vez haya sido una buena patada después de todo.

domingo, octubre 28, 2007

La autoridad

El señor Gutiérrez quería llenar el universo de papel utilizando un solo papel. Tenía la teoría de que dividiendo al medio infinitamente un retazo lograría duplicar su superficie; así sucesivamente hasta agotar el espacio disponible. Convencido de su idea se dirigió hasta una librería y compró el papel más grueso que vendían, para simplificar el trabajo. Estuvo 17 días dividiendo, hasta que se dio cuenta de que no lograba siquiera abarcar la superficie de su departamento antes de que se le deshaga entre las manos. El problema es que el papel que compré es muy fino, reflexionó. Y fue nuevamente a la librería en busca de un papel de mayor grosor.

El nuevo intento fue el mismo fracaso. Cualquiera se daba cuenta de que la teoría era a todas luces errónea; cualquiera menos el señor Gutiérrez. Él estaba convencido. Por supuesto que lo primero que hizo fue ir a quejarse a la librería por la calidad del papel que le estaban vendiendo. Explicó las razones de su reclamo. Por supuesto que lo expulsaron de la librería amistosamente, junto con una invitación a no regresar.

Más complicado se ponía el asunto, más se exigía para concretarlo. Entonces decidió fabricar su propio papel, uno que le permita dividirlo hasta completar el volumen del universo. Hizo papeles cada día más gruesos. Más y más gruesos. Y siempre fracasaba. Taló hectáreas completas de árboles, al tiempo que sembraba otras para poder seguir intentando en el futuro. Y siempre fracasaba.

Preocupadas por lo que estaba sucediendo, se hicieron presentes las autoridades para detener su empresa. Pero no por la escasez de montes y bosques, sino por temor a que lo logre y que la integridad del propio universo corra riesgo. Podría asfixiarnos a todos, podríamos morir, pensaron.

El señor Gutiérrez fue encerrado en una jaula de mimbre. Sus papeles apenas completaban un galpón que había mandado a construir cerca de su departamento.

Entonces todos siguieron con su vida, en paz.

domingo, octubre 21, 2007

El silencio

Hay palabras que lastiman. Especialmente las que se pronuncian a destiempo. Surgen situaciones donde se expulsan frases, sentencias entre amigos o de pareja, que representan un límite; una vez cruzado se pulveriza cualquier posibilidad de regreso. Son situaciones extremas, que pueden provocar un alejamiento definitivo entre dos personas que compartieron gran parte de sus vidas juntas.

Pero no siempre es un circuito de persona a persona. También hay palabras que golpean a su propio autor; inauguran un proceso de autoflagelación psicológica que puede llegar a extenderse durante meses. Son, tal vez, contextos cotidianos donde alguien desliza un insulto, una idea, una referencia, un recuerdo, una anécdota de la cual se arrepiente, en ese mismo instante, de haberla compartido. La escena se imprime, cuadro por cuadro, en la memoria, y luego emerge aleatoriamente en distintos momentos y horarios de los días subsiguientes. Golpea la autoestima con furia.

Hay cientos de miles de ejemplos para ilustrar estas situaciones. Hay algunas que son simples errores sin intención, que pueden ubicarse en la categoría de chiste. Malos momentos, efímeros. Pero hay otras que no. Duelen de verdad, se clavan como una daga entre las costillas. Lo increíble es que no siempre la situación es alertada por el resto del auditorio. Muchas veces las palabras sólo son registradas por la persona que las pronuncia. Lo mismo da. El problema es la situación posterior, cuando se vuelve una y otra vez sobre el recuerdo. Ahí se genera el verdadero flagelo: el análisis, que es culpa. A veces las conclusiones son tan crueles que dan ganas de ir en busca de una motosierra y astillarse el cráneo. Es Uno Mismo vs. Uno Mismo. Enfrentamiento donde ni los grandes titanes consiguen salir victoriosos.

¿Por qué y cuándo desaparece la culpa? Es indeterminable. La culpa desaparece porque desaparece el recuerdo completo. Prefiero ni detenerme a pensar qué consecuencias empujará este olvido hacia el subconsciente, qué miserias y oscuridades archivará allí.

Anoche experimenté el proceso inverso. Mientras compartía una cena en la casa de un amigo, junto con un grupo de personas estupendas que recién conocía, apareció en mi mente un posible comentario. Por timidez no lo hice. Guardé silencio. Y fue la mejor decisión. Esas palabras podrían haberme ubicado en el pozo de la culpa. Me di cuenta segundos después del momento en que hubiera hablado. La dignidad del silencio. Quedé libre, es cierto, pero increíblemente experimento esa angustia de sólo imaginar qué hubiera pasado si hubiera abierto la boca. Invento reacciones propias y ajenas. Afilo en el aire la motosierra.

Parece que la autoflagelación es, al menos esta tarde, una necesidad. Mejor me escapo de mí mismo.

domingo, octubre 14, 2007

La historia

Los motivos existen. Y las casualidades también. No creer en las casualidades es ser fatalista, escuela muy poco entretenida de profesar: el mundo es como una función de títeres, y el titiritero es un concepto ininteligible llamado destino. Es preferible que la existencia sea calculable (y que los cálculos fallen, obviamente), antes de que ya esté calculada. Pocas posturas más simplistas que la de negar las casualidades

Hay un hilo, formado por millares de hilos entrelazados.

Algunos mezclados entre sí; otros que ni se tocan; otros que dan lugar a otros hilos; otros que están cortados. Algunos largos, algunos breves.

La historia, formada por millares de historias entrelazadas.

Hay una lectura general posible: la de los manuales, que utiliza como eje grandes sucesos. También hay una lectura individual posible, aunque infinita: la de cada una de las personas. Todas tienen su propia historia, que también está formada por millares de historias entrelazadas: los anhelos, la muerte de un ser querido, una operación de rodilla, el foquito de luz que ilumina la habitación, Led Zeppelin, una mirada que es poesía, amigos, lecturas, los colores, una comida, un consejo de papá, una pelea, esa palabra que congeló el teléfono, un viaje, un hijo, una tarde mirando el mar, un beso, un perfume, Berni, una caída, un descubrimiento, un error. Instantes que modifican y se modifican.

Los recuerdos. Creo que mi memoria funciona por acumulación de cuadros, como si fueran fotos superpuestas. No hay movimiento, o sí pero es ficticio. La historia que conservo de mí mismo tiene esa lógica, donde también hay una fuerte presencia de lo auditivo, lo olfativo, lo táctil, lo gustativo. Yo soy esa combinación de todos los sentidos; que es distinta a la de la muchacha que ahora está bailando enfrente mío. Ella tiene su propia historia, donde yo no tengo espacio. Todavía. Podría tenerlo si hago algo llamativo para ingresar, por ejemplo desgarrarme la camisa, gritarle como Tarzán en plena cara y salir corriendo cual gorila simpático del Animal Planet. Obviamente no voy a hacer eso, pero tengo muchas ganas. Sólo para preguntarle algún día, si la casualidad me vuelve a cruzar con ella, si me convertí en uno de los tantos hilos que conforman su historia.

Lo ideal sería conseguir un lugar sin la necesidad de dirigirle más que una mirada. Pero eso es amor. De eso no entiendo nada.

domingo, octubre 07, 2007

La impuntualidad

El tiempo, extensa discusión. La filosofía tropieza con este concepto desde hace siglos, desde que el hombre es consciente de su existencia. Lo curioso del tiempo es que se mide con increíble exactitud desde lo científico, por ejemplo la duración de un round de boxeo; sin embargo es absolutamente relativo para cada una de las personas, incluso para las que llevan su reloj indefectiblemente en su muñeca o teléfono celular. No tiene mucho que ver conocer la hora si no se tiene noción de la velocidad con que transcurre.

El mundo podría dividirse en dos grandes grupos: las personas puntuales y las impuntuales. Y dentro de cada uno de estos dos segmentos hay infinidad de variantes. Ayer, sin ir más lejos, conocí a un jardinero que siempre llega 5 minutos antes a la casa donde tiene que hacer su trabajo. Me dijo que se queda junto al timbre hasta que su reloj marca la hora en punto, segundos en cero, en la cual acordó su llegada. En ese instante preciso se anuncia. Un descolocado. De todos modos, los puntuales no causan problemas, salvo aquellos que quieren obligar al resto de la humanidad a adecuarse a su obsesión. No entienden que la vida cronométrica es dañina. Y fundamentalmente muy predecible. Los que llegan temprano son ansiosos, un planeta aparte.

Los impuntuales son más coloridos. Hay impuntuales simpáticos: los que llegan entre 10 y 15 minutos tarde. A ellos todo se le perdona, porque están dentro del margen aceptable de impuntualidad. (Salvo para los cronométricos, claro. Ellos, mientras esperan, experimentan una sensación de vida completa desperdiciada). Pero también hay quienes definitivamente no saben administrar el tiempo, lo cual es un problema; no porque dejan plantado a un amante, novia o amigos, sino porque el día no les reporta resultados.

Dentro de este estilo de impuntuales hay tres grupos. El primero está conformado por aquellos que entienden el tiempo como un detalle. Para ellos el tiempo sólo pasa a un primer plano cuando tienen real interés en algo. Son personas que pueden llegar una hora tarde a una reunión familiar, pero jamás llegarían tarde para tomar un avión a la Polinesia; o para encontrarse con el amor de su vida. Por el contrario, son capaces de tomar la postura del jardinero. Internamente viven ese momento con la precisión del jardinero. Pero sólo ese momento. Son impuntuales cuando la circunstancia no los moviliza a quebrar su egoísmo. Aunque quieran presentarse al mundo como personas flexibles y poco comprometidas, están mintiendo: son el jardinero.

El segundo grupo está integrado por los revolucionarios de la impuntualidad. Son esos que por un principio ético personal no respetan los horarios acordados. Si alguien propone encontrarse a las 15, por ejemplo, ellos llegan a las 15:30. Es esa media hora que, desde el primer momento, ya saben que van a utilizar en otra cosa, generalmente en nada. El tiempo para ellos no es un inciso a respetar. Listo. Nunca van a llegar a horario, porque no quieren llegar. Generalmente estos impuntuales se llevan mal entre ellos, porque siempre hay un revolucionario más extremo, entonces comienzan las discusiones. Lo mejor en estos casos es un mediador, que casi siempre es un impuntual simpático. Ya fue enunciado: todo se les perdona.

El tercer grupo es el que agrupa a los que siempre están ocupados. La diferencia de estos impuntuales es que avisan; tienen la mínima decencia de enviar un mensaje de texto, hacer un llamado, avisar por un tercero que van a llegar tarde. Quienes los esperan saben que no llegan a horario porque les es imposible. Aunque terminan fastidiando a pesar de la excusa, supuestamente, irrefutable. Lo que fastidia es que llegan tarde pero llegando tarde a otra parte.

El grupo más lindo, a mi modo de entender, es el de los que saben cómo manejar los tiempos acorde a su propia necesidad, a la circunstancia y de acuerdo a la persona con la que sellaron un compromiso. Al cine llegan 20 minutos antes porque saben que consiguen buen lugar; a ver a la chica que les gusta llegan tarde para no demostrar demasiado interés; al trabajo llegan en punto; a la casa de la abuela llegan más temprano porque saben que está todo listo una hora antes.

Tal vez, visto desde afuera, estas personas ingresan en el grupo de los puntuales. Es probable, porque para lograr una conducta tan estratégica hay que respetar las exigencias del reloj y luego buscar su punto de manipulación. Como los músicos. La música tiene una relación directa con el tiempo. Ser siempre exacto tiñe la obra de frialdad. Ser siempre inexacto es ser un mal músico. Está en uno ir alternando a discreción. Elegir. Eso es arte. Y libertad.

domingo, septiembre 30, 2007

El supermercado

La distribución es la de una pequeña ciudad, diagramada con avenidas y edificios de alimentos envasados. Es tan igual a una ciudad que tampoco tiene techo, o al menos nadie le presta atención. La gente que circula entre las góndolas empuja sus carros con la vista inclinada hacia el suelo; ningún producto está lo suficientemente alto, todo tiene ser accesible y, si es posible, atractivo. Hay un dato que es fundamental en la lógica de funcionamiento de un supermercado: el orden; en primera medida por producto: todos los jamones juntos; en segunda medida por marca, como si fueran una raza, o una clase social. De hecho lo representan. Un supermercado desordenado sería inútil, no sería funcional a su objetivo de generar ganancias. Igual que en la sociedad, el orden es en pos de un beneficio económico. En los dos casos, los beneficiado son los dueños. Algo curioso es que cuando se presenta el desorden es por arrepentimiento. Una lata de atún entre los shampooes, por ejemplo. Es evidente que alguien compró sin estar totalmente convencido y a mitad de camino, luego de una breve reflexión, se desprendió del producto.

El volumen de espacio ocupado en los carros permite calcular, aproximadamente, la cantidad de personas que van a alimentarse con esa compra. Quienes viven solos compran poco y todo chico: una leche; una manteca; un paquete de papel higiénico; una banana; dos manzanas; un paquete de fideos. Las madres compran con otra lógica, son conscientes que adquirir en cantidad es conveniente. Entonces van por lo grande, en casi todos los productos. Y dentro de los que compran en cantidad están los que analizan meticulosamente qué llevar. El tiempo de análisis, en este sentido, es directamente proporcional a las limitaciones económicas. Cuánto menos dinero disponible, más tiempo de comparación de precio, calidad y gramaje.

Es muy difícil anotar previamente todo lo que hace falta y respetar ese inventario. La vista puede más que las verdaderas necesidades. De hecho, se nota cuando hay productos que no fueron premeditados y, por razones circunstanciales, fueron incorporados a la compra. Si en un carro hay arroz, lavandina, fideos, lata de conserva, mermelada, carne –cortes clásicos-, jabón blanco, aceitunas, sachets de leche y un cubrecama, es evidente que el cubrecama se deslizó por misteriosas razones del momento. Tal vez una oferta. Tal vez un impulso mágico de gastar dinero. En los carros con muchas cosas repetidas, los de los compradores con capacidad, si hay algún producto pequeño y solo es porque ingresó a la primera instancia: testeo. Si satisface al cliente será adquirido posteriormente en cantidad. También están quienes se autoimponen una limitación y se pasean con una de canasta plástica. Sea quien sea, nadie habla demasiado. Tal vez por concentración. Casi siempre el lugar está muy cerca del silencio, no hay abultados murmullos. Apenas una música y a veces ni siquiera. Los beeps de las cajas se escuchan en cada rincón.

No hay nada sin envasar, salvo las frutas y verduras, y en algunos casos tampoco. Hay frutas que se presentan envueltas, una por una, en un papel delgadísimo. Parecería que existe un intento de que el producto real nunca esté a la vista. De hecho, hay una aversión hacia los paquetes rotos. Y muchas veces -esto lamentablemente se comprueba después de comprar- se nota que los fabricantes pusieron más empeño en el envoltorio que en el producto. Las fotografías son siempre perfectas, tentadoras. No así los resultados.

Las cajas se disponen en fila y son siempre lentas, tal vez para que la gente compre lo que tiene al alcance de la mano mientras espera. De acuerdo a los horarios hay más o menos cajeros. De acuerdo a los horarios hay personas de mayor o menor edad; de saco y corbata (siempre llevan pocas cosas y muy ricas, o pañales) o de joggin. Y quienes las atienden nunca están de buen humor. Es entendible, no es un trabajo agradable.

La semana pasada, mientras una de las muchachas arrastraba un yogurt por enfrente del láser que lee los precios, dije en voz alta: “Qué feo es el techo de este lugar. ¿No?”. Como si nada, pero para que me escuche. La chica alzó la vista. “Hace tres años que estoy acá y jamás lo había visto. Tenés razón”, respondió. Y esbozó una sonrisa. Pagué y salí a la vereda; me quedé afuera unos minutos mirando la caja. La chica, volvió a mirar el techo. Jamás sabré qué pensó. Me fui contento. No sé bien porqué.

domingo, septiembre 23, 2007

La ignorancia

La lógica formal tiene dos razonamientos básicos: el deductivo y el inductivo. El razonamiento deductivo no le aporta información al mundo. El clásico y aburrido diagrama de Sócrates:

Premisa 1: Todos los hombres son mortales
Premisa 2: Sócrates es hombre
Conclusión: Por lo tanto, Sócrates es mortal.

Es claro que la conclusión no ha brindado ninguna novedad. Si alguien sabe que todos los hombres son mortales y que Sócrates es hombre ya está todo dicho. La conclusión podría entenderse como una redundancia.

El razonamiento inductivo funciona de otro modo. Es el que utiliza la ciencia para aportar información al mundo. Un ejemplo sencillo:

Premisa 1: El oro se dilata al calor
Premisa 2: La plata se dilata al calor
Premisa 3: El mercurio se dilata al calor
Conclusión: Todos los metales se dilatan al calor.

Ningún científico podría decir que todos los metales se dilatan al calor observando sólo el comportamiento del bronce, por ejemplo. Tiene que analizar la mayor cantidad de metales posibles y de allí esbozar una ley general; atención: que puede ser falsable. Afortunadamente, la ciencia es consciente de que sus principios están abiertos a cualquier cambio.

Ahora bien, hay personas que arman su mundo a partir de razonamientos inductivos inmediatos. Para ellas, un solo caso es suficiente para ordenar y controlar el devenir universal. La primera observación que hacen de determinados fenómenos, objetos o procesos, por ejemplo el precio del ají, se convierte en ley irrefutable. Y no hay forma alguna de que cambien de opinión. Probablemente por comodidad. Una vez que creen entender, hacen lo imposible por sostener ese sistema que idearon, lleno de contradicciones, equivocaciones conceptuales y, fundamentalmente, omisiones. Ignorancia. O lo que es lo mismo, razonamientos de inducción fácil.

Un diálogo oído al pasar. Dos personas de inducción fácil hablan sobre temas varios. El diálogo se extiende desde el clima hasta la situación político-económica de la Unión Europea. En todos los incisos aparecen conclusiones interesantes. Un fragmento:

- Ese gato está desorientado. En cualquier momento lo va a pisar un auto. Cruza la calle como si no le importara nada- dice A. señalando a un pequeño felino blanco que descansa en el borde de la vereda, al rayo del poco sol que propone la mañana.
- Sí. Porque seguramente es sordo. Mi cuñada tiene un gato blanco también y es sordo- agrega B. con un gesto de seriedad. - Igual, nos quejamos del gato, pero los humanos cruzamos la calle sin respetar nada tampoco. Yo veo a las madres con los hijos cruzando por cualquier lado, es un peligro. El problema es la falta de control. Tendría que haber un policía en cada esquina y el que cruza mal: una multa. Vas a ver cómo en 15 días todo se soluciona. Los animales son mucho más inteligentes que los humanos- dice A. con absoluta seguridad.
- Si se roban todo estos políticos. Es tan fácil robar. Mirá lo que están haciendo con los precios. No puede ser que un kilo de kiwis cueste 13 pesos. Eso ya te da la pauta de lo que roban los políticos en este país- dice B.
- Y los chicos… todo el día con esas computadoras. No quiero ni pensar dónde vamos a ir a parar. Tienen el cerebro atrofiado- dice A.
- Están en la droga- dice B.- Se han perdido los valores, la familia. Antes no le ibas a cuestionar nada a tus padres. Mirá ahora cómo son las cosas. La ciudad está toda sucia, las veredas rotas- dice A.- Pero con la televisión que tenemos... es pornografía. ¿Cómo no va a haber violadores en la calles si están todo el tiempo mostrándote mujeres desnudas y homosexuales?- dice B.
- La televisión está hecha a propósito para convertir a los chicos en homosexuales, y a las mujeres en prostitutas. A veces veo esos mendigos comiendo de la basura y me da una lástima-dice A.

La charla sucedió en un kiosco con cabinas de teléfono e internet. Fue bastante más extensa, pero no vale la pena seguir extendiendo la descripción. Hablaban animadamente, cerca de la puerta de entrada. Una llegaba, la otra salía. Cuando se despidieron, se miraron como si fueran las dueñas de la verdad. Se dieron la mano vigorosamente. Sonreían.

Inmediatamente pensé que estas personas, empujadas por la felicidad de sus razonamientos, luego reproducirán en sus casas, trabajos y entre sus amigos las mismas ideas. Las llevarán como bandera de lo irrefutable, hasta las últimas consecuencias. Convencidas de que el universo entero se rinde ante sus palabras.

domingo, septiembre 16, 2007

La pobreza

El avaro es peligroso. No sólo se prohíbe a sí mismo disfrutar sus bienes económicos, sino que además tiene costumbres de mal gusto. Son personas que le dejan el nylon al control remoto; no utilizan jamás el living de su casa: reciben amistades en quinchos y garajes; ingieren alimentos de marcas de segundo orden engañándose que es lo mismo; dejan de lado cualquier especie de comodidad, fundamentalmente la calefacción en invierno; calculan las monedas de la propina; jamás hacen un regalo; no se permiten interesarse por nada que implique gasto, y no sólo monetario; si tienen dos (cualquier cosa, desde ropa hasta autos) usan el más viejo; se ubican siempre en el rol de víctimas; siempre a pie, ni el día que llueve incorporan la opción taxi; se enfadan si algo se ensucia; no disfrutan sus adquisiciones pensado en lo que gastaron; a la hora de comprar primero miran el precio, sólo si es conveniente viran su atención hacia el producto; no contratan servicios de ningún tipo: ellos pintan, destapan cloacas, limpian, arreglan motores, hacen instalaciones eléctricas, arreglan el jardín y fabrican con basura elementos de uso cotidiano; esperan siempre la caridad ajena, incluso en cuestiones de 50 centavos. Algunos llegan a frenar sus camionetas cuatroporcuatro en los contenedores para revisar si hay algún artículo posible de ser reciclado. Viven en la pobreza por miedo a la pobreza. Y lo peor: contagian con esta forma de vivir a sus familiares directos.

Anoche presencié cómo una persona le robaba una tenaza del bolso a un mendigo que dormía en la entrada de un departamento de oficinas. Se acercó meticulosamente para chequear si reaccionaba, incluso agitó la mano enfrente de sus ojos. No hubo respuesta. Tomó la pinza y salió a paso acelerado; dobló en la esquina y se perdió entre los focos de luz.

Yo lo miraba desde la vereda de enfrente. Iba camino a un bar, me detuve para ver bien qué hacía ese hombre. Estuve a punto de gritar para que el linyera se despierte. Pero no me salieron las palabras, seguramente por cobardía o por miedo.

Seguí camino. Mientras, intentaba encontrar una palabra que describa a este sujeto de campera oscura. Cleptómano no es el término indicado: había robado algo que, por el modo en que lo analizó, le hacía falta. Su forma de moverse dejaba interpretar su actitud. Evidentemente es un avaro, con todos los peligros que eso arrastra.

domingo, septiembre 09, 2007

La pertenencia

La niñita mira hacia el costado, sonriendo, mientras el padre la reta. Sabe que transgredió algún límite previamente impuesto, pero no le preocupa demasiado. Hay algo de picardía en sus gestos que la libra de cualquier culpa. En la vereda de enfrente camina un mendigo: pantalones marrones, bolsillos hacia fuera, barba gris, pelo pegoteado de polvillo, tez endurecida por las noches a la intemperie, los ojos amarillos. A su lado un muchacho se esfuerza por hacerse entender a través del parlante de un portero eléctrico color bronce, viejísimo como el mármol del hall de entrada. Y en la calle avanzan dos mujeres, calzas, pelo húmedo y atado, a paso firme. Respiran como si el esfuerzo las estuviera superando. También hay un nene que frena la bicicleta en el ventanuco del kiosco y compra chicles con una moneda de 25 centavos, sin bajar los pies de los pedales. Dos señores salen del almacén y le dedican una mirada de aprecio al policía que, parado bajo una marquesina, está mandando un mensaje de texto. Y dos chicas se ríen por la cara que muestra el cartel de campaña de una candidata a intendente. Son chicas a la moda, ropa usada y zapatillas nuevas. Un auto se estaciona y baja un señor de unos 40 años a mirar el horario de la farmacia. Está tan mal vestido y el auto está tan roto que el policía interrumpe lo que está haciendo para vigilar sus movimientos. El señor se lamenta de haber llegado tarde, mira el listado de los locales de turno y regresa al auto con cara de preocupación. La butaca cruje cuando se sienta y sale lentamente.

Una familia aguarda en la esquina que el semáforo le de la orden para cruzar la calle. Son cinco: una mujer bastante fea, pocas tetas, un culo para nada agradable; un hombre con aspecto descuidado que fuma como si fuera lo único interesante que hace en su vida; dos chicos que parecen tranquilos y un bebé que viaja en carrito, durmiendo. Hay algo en esta pareja que transmite tranquilidad, parecen humildes pero también satisfechos. Ella sonríe y señala una crema que se exhibe en la vidriera de la perfumería. Él la abraza y le besa el pelo. El beso dura 3 o 4 segundos. Ella cierra los ojos. El bebito sigue durmiendo. Los nenes buscan la mano de su padre para cruzar la calle.

¿Qué habrá de mí en toda esta gente que pasa por la esquina de mi casa? ¿Qué habrá de ellos en mí? Cuando me detengo a observar creo que, de algún modo, algo me pertenece. O al revés: algo mío les pertenece. No sé bien qué es, pero todos tienen un pequeño fragmento. Estoy poniendo en duda lo que soy por un momento, me doy cuenta que hasta olvidé que vivo en esa calle y que estoy parado en la vereda porque quiero salir a caminar un rato. El semáforo cambia de color. Pulso play, guardo el bolígrafo y me pierdo en una perpendicular. Hace calor, es un día estupendo para dejar de pensar un rato.

domingo, septiembre 02, 2007

El síntoma

Tomé una pastilla: roja, con forma oval. Me duele la cabeza. Pensé casi una hora si debía tomarla o no. Finalmente la tragué. La verdad es que estoy pensando que tengo la presión muy alta, que mi corazón está trabajando forzado, que la sangre se me va a salir de la venas. Me va a explotar el pecho. Me voy a morir. Y la pastilla sólo me va a curar el dolor de cabeza. O peor, me va a disfrazar el síntoma, entonces seguirá avanzando la enfermedad. Y la muerte llegará con peores dolores. De a ratos soy conciente de que todo es una irrefrenable construcción de mi ansiedad, entonces la muerte se aleja. Y en dos segundos regresan las sensaciones fúnebres. Quiero llamar por teléfono a alguien para contarle, pero me obligo a mi mismo a quedarme tranquilo. Me paro frente al espejo, me veo incompleto. Me siento en una silla y me paro enseguida para buscar aire en la ventana. Tengo calor. Mucho. Me tiemblan las piernas y me zumban los oídos, de a ratos pierdo la sensibilidad en el brazo izquierdo, de a ratos en el derecho. Es un infarto. No hay dudas. Llega un mensaje de texto es ella me pregunta cómo estoy y me concentro en escribir con la mayor dedicación posible para darle a entender que quiero besarla abrazarla y tirarme en la cama con ella fumar compartir una copa de vino amaderado escuchar jazz le quiero responder pienso cada una de las palabras tengo que ser claro y preciso necesito generarle interés en pocos caracteres mensaje enviado. Nadie contesta. Me duele la cabeza.

domingo, agosto 26, 2007

Los dientes

La vida sin dientes sería, sencillamente, imposible. Son piezas trascendentales en el ejercicio de la masticación, continuación del hueso hacia la vida exterior. Al menos que uno acepte una existencia desabrida: puré, agua y puré, con los inconvenientes de contención obvios. Es difícil tragar los alimentos inconsistentes sólo con los labios. Además, sería una vida desprotegida, con serios problemas de comunicación oral. Los dientes representan una coraza sólida –probablemente la más sólida del cuerpo- que regula el ingreso y el egreso del aire necesario para una correcta pronunciación. Son como soldados de calcio esmaltado, descansando sobre un terreno cuasi-gelatinoso, que le marcan un límite al monstruo húmedo e inquieto de la lengua. Monstruo siempre sumergido en sus salivas de la eterna juventud. La lengua no envejece, o al menos no se le nota la edad, aunque sí se pudre de inmediato cuando muere. Mientras que los dientes cambian de color desagradablemente y crecen incorruptibles -o se caen impunemente- pero suelen sobrevivir al paso del tiempo.

Los dientes ocupan también un lugar fundamental en la conformación estética de un rostro. Su desprendimiento, generalmente irregular, afea. Un rostro sin dientes es incompleto.

Hay noches en las que sueño que se me caen todos los dientes. Yo los recojo con las dos manos y me los vuelvo a meter en la boca, uno por uno, con la esperanza de reconstruir la desolación que provocan en su ausencia.

domingo, agosto 19, 2007

La ansiedad

La vida del señor Gutiérrez era un complejo sistema lógico-matemático estructurado con el fin único de ganar tiempo. Antes de hacer cualquier cosa pensaba una estrategia para llevarla a cabo con la mayor velocidad y efectividad posible. Y mejor aún si podía hacer más de una a la vez. Su obsesión era incontrolable, abarcaba desde las cuestiones más cotidianas como enjabonarse en la ducha hasta cómo resolver un texto literario. El señor Gutiérrez era escritor. Ni siquiera se permitía focalizar su atención en un único asunto: tenía que pensar más de un tópico, siempre. Mientras cocinaba, por ejemplo, además de elegir las especias y los ingredientes, intentaba encontrar una solución al problema de la plusvalía o se organizaba un recorrido por las calles de Ámsterdam, ciudad que no conocía ni tenía dinero para hacerlo.

Con los años, obtuvo una rara habilidad para vivir de ese modo. Querer resolverlo todo de inmediato se había convertido en una costumbre a la cual no podía renunciar, ni siquiera concientemente. Una tarde, sentado en el living de su departamento –vivía en un sexto piso-, reflexionaba (entre muchos otros temas) acerca de cómo llevar una carta al correo. Era sábado, su día libre; llevar ese sobre era su única actividad. El buzón estaba apenas en la esquina. No había mucho que pensar: llave, puerta, llave, botón, puerta, ascensor, botón, puerta, llave, puerta, llave, caminar ida y vuelta –unos 30 metros si cruzaba la calle en diagonal, siguiendo la vereda eran 32- llave, puerta, llave, botón, puerta, ascensor, botón, puerta, llave, puerta, llave. Sencillo. Sin embargo, no estaba conforme. Tenía que encontrar un modo aún más rápido. Voilá!, dijo mirando la ventana abierta. Su plan se simplificaba en un noventa por ciento.

El señor Guitiérrez eligió la forma veloz. Y ese fue su cálculo final.

sábado, marzo 17, 2007

El emesene

La ventana que nunca se enciende. Esa figurita gris inerte no se digna a cambiar de estado. De Estado. Los verdes están disponibles; el resto no tanto. O nada. Y la espera se prolonga, una espera que es completa cobardía. Es como un hombrecito asexuado que se presenta en forma de busto, a escala mínima. Y uno aquí, solo, mirando la pantalla como un imbécil; fumando en forma compulsiva y escribiendo nimiedades, para justificar la presencia; o por no asumir el aburrimiento. Es notable cómo se presenta la escasez de autoestima, porque recurrir a esta forma tan lejana… Uno nunca está tan ajeno de uno mismo que cuando usa este sistema: donde es muy fácil arruinarlo todo, donde los silencios dicen muchísimo, donde la indiferencia es comunicar la evidencia de que no sos imprescindible. ¿Cuándo invadir y cuando no? Hay códigos, y tan sencillos de romper: son sólo botoncitos. La respuesta trascendental llega en el inicio, saber quién encendió el rectángulo naranja que dice muchísimo más que hola. La tristeza del diálogo sin despedida y con sólo un dibujo como respuesta.

Fui el último en escribir.

La pregunta quedó colgada en una ventana muerta.

martes, marzo 13, 2007

Estás

Canciones, poemas incompletos. Las líneas de mis manos esbozan tu sonrisa, mientras aquí me desparramo incompleto por tus bordes ausentes. Pataleando en un vacío cotidiano, rodeado de papeles escritos a las apuradas. Líneas y líneas de recuerdos que redimensionan un pasado inmediato. Hasta el agua que bebo sabe a tu mirada. Estás, te veo, de pie bajo la lluvia. Perfecta.

domingo, marzo 11, 2007

Noche

Aquel muchachito de ropa gastada anoche susurraba al oído de la luna. Sonriente, dijo:

Son las pequeñas personas las que coinciden en la ideas más bellas. Y allí la tormenta. En tus labios. Son los días que no existo. Sólo recuerdo tu espalda a la distancia y avanzando por las calles soleadas de tu libertad, de mis mentiras. Nunca quise creer en el hombre, aunque lo incompleto siempre es fascinante. Mis manos, imperfectas, hacia las perspectiva de tus poemas. Sería imposible alcanzar tus exigencias; y por eso te amo.
Nadie respondió.

lunes, febrero 19, 2007

Oscilar

Desazón. Profundidades inhóspitas donde se mezclan el hielo, los miedos y tu mirada. Es el vacío interno que dejaron dos cuerpos que se han separado y vuelto a juntar hasta desgastar las montañas. Ahora el tiempo que fluye triste sostiene una idea de nuevo mundo, por ahora oscuro, pero se convertirá en rebeldía. Una vez más. Hasta la expiración siempre.

(Posición extraña la de las manos que se deslizan sobre un teclado. Cualquier señal perceptiva puede caer en este caótica sucesión de palabras. Un movimiento de ideas que también podría frenarse, sin embargo continúa bajo un nuevo estímulo: la música cambia de modalidad y ella sigue estando lejos).

domingo, febrero 04, 2007

Inercia cero

Dos líneas. Opuestas por definición. Avanzan hacia espacios esencialmente distintos, donde el sol y la luna se transforman en ínfimos focos de luz. Entre el amontonamiento de artilugios fluyen discursos exagerados y no existe posibilidad para desprenderse de ese personaje ignoto. Una estructura simple pero de enorme complejidad. Las puertas están cerradas en las sílabas de un apellido que entiende de burocracias sociales. El aburrimiento es latente, especialmente por la evidencia que allí es fácil sobrevivir.

domingo, enero 14, 2007

Pasillos de plástico

Perdición inmaculada. Finales de un puente amarillo construido con esponjas del pasado. No se trata de comida, ni del blanco amanecer ruso. El lamento de una sacudida estática es peor que las manchas desparramadas en los huecos del secreto. Hay quienes se dedican a tragar pétalos mientras otros soplan bolas de perfume. No buscan otra cosa que abrazarse bajo la sombra de una pestaña post-moderna. Probablemente sea interesante. No menos que el silencio. Es una aventura narrada en clave de novela. ¿Aburrida? Demasiado obsecuente. El tiempo de las palabras es extenso. Aún.

miércoles, enero 03, 2007

Mordidas punzantes

Las botellas y los desengaños guardan una relación mentirosa. El golpe final es semejante a un chillido que vibra entre el silencio de una mirada profunda, a modo de inicio de un vínculo que no arrastra pretensiones. ¿Qué es lo que dice que nadie quiere saber? Las preguntas se asemejan a una uña que se clava en la piel hasta encontrar sangre. Inmediatamente el rechazo, simplemente para esquivar la palabra justa. Una división que queda marginada. Nadie quiere a nadie. Son sólo caprichos que se extinguen entre líneas. Lo idílico es imperfección ni bien es tangible.