domingo, noviembre 04, 2007

La verdulería

Como en esas verdulerías de barrio. Tapizadas de baldosas de goma azul. Una silla de hierro: funda verde, rota. El verdulero atrapado en un pulóver de lana, un delantal azul; jean gastado. Las bolsas de tela arpillera, la tierra en el suelo. La luz del fluorescente redondito que cae sobre los cajones con lechugas y las bananas. En las paredes, fútbol y automovilismo.

Huele a cebolla y papel de diario.

Un paquete de espinaca, tres papas, medio de zanahorias y un kilo de manzanas verdes. Para compota. El monederito de la señora está agrietado de tanto abrir y cerrar. La birome en la oreja, los comentarios de siempre. Se realiza la venta. Seis pesos con cincuenta. El monederito expulsa un billete de 10 arrugado, doblado en tres o cuatro segmentos.

Ahora a esperar debajo del ventilador. La radio clavada en am; el informativo, cronométricamente en punto. Al lado, la escoba. Hay un hombre que trabaja. Pienso en política, en el respeto y la dignidad. Pienso obviedades, discursos gastados. Es época de elecciones, sin querer el contexto me empuja a una reflexión. No la encuentro.

Entro. En el mismo instante que saludo pasa caminando una mujer. Los ojos del verdulero van detrás de sus piernas. No son gran cosa, pero igual las mira. Analíticamente. Luego me dice hola y sonríe sin separar los labios.

Sobre la caja registradora hay una foto: dos nenas y un nene. El más grande tiene ocho, no más. Me explica que son sus hijos y que van a la escuela, que los tiene cortitos, pero que en el barrio es difícil. Habla de política. Más obviedades y discursos gastados. Habla de cansancio.

Compro un repollo colorado y sigo camino. Llego a la esquina y volteo la mirada. El verdulero está apoyado en un auto verde. Se despereza y escupe algo chiquito y blanco. Sigo avanzando con una sensación de incomodidad. Me dan ganas de patear el repollo con mucha fuerza. Nunca le hice caso a esos ataques. Pienso cuánto me salió: cuatro pesos.
Me preparo para patear.
Pienso si voy a lastimar a alguien. No hay nadie cerca.
Lanzo la bolsa al aire.
No.
Mejor lanzar el repollo sin bolsa.
Ahora sí, repollo al aire.

Lo pateo.

No es una gran patada. El repollo cae en una ligustrina, a un costado. Me arrepiento de haber errado, en parte, el golpe. Me amago a mi mismo para ir a comprar otro y patearlo dignamente. Pero justo sale alguien de la casa de la ligustrina. Meto las manos en los bolsillos y sigo a paso acelerado. Necesito saber quién es, me mastica la curiosidad y cruzo la calle para ver qué pasa.

Hay un hombre parado en la vereda. Con mi repollo bajo el brazo, colorado y desarmado por el golpe. No parece enojado. Da media vuelta y se lo lleva adentro.

No sé bien qué pensar. Tal vez haya sido una buena patada después de todo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me gustó mucho lo que escribiste, la descripción de la verdulería es muy cierta, mi hermana tiene una y esas situaciones son constantes je
besos