lunes, junio 12, 2006
Su precio
Encerrado entre paredes, el niño retrataba ilusiones en un retazo de tela. Pintarrajeaba palabras que parecidas a mapas tomaban la forma de un libro inédito. En cada línea se escondía un viaje inquieto por textos de todas las épocas. Griegos y romanos se enfrentaban en la búsqueda de un amor diáfano; mientras los bárbaros proponían poesías tatuadas con sangre derramada en indómitas guerras sin geografía ni naturalezas. También el sexo y las barbas, la oscuridad y las túnicas. Allí las imágenes, entre sus dedos de agua, fríos como el futuro incierto de sus sueños. Cientos de hojas color sepia llovían sobre su habitación húmeda, completa de cables y plásticos inertes. Eran proyecciones de cuerpos perfectos, vacíos de su presente, cincelados por sus propias frustraciones. Los dibujos caían de sus ojitos y se derramaban por los bordes últimos de sus propias limitaciones. Lejos estaban aquellos eruditos, ciegos de placeres, exactos como los relojes de las pasiones prohibidas. El final nadie lo vislumbró jamás. Agrietado en pequeñas parcelas de arena se inclinó ante el arribo de nuevas perspectivas. Destrucción y creación. Un nuevo texto y todos. Lo cotidiano, la inmundicia. Los insectos devoraron su creación para trocarla por metales. La habitación tembló y se desmoronó en silencio. Los dedos del artista ya estaban secos, aplastados por cascotes salvajes.
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