La luz enceguecía a los dos señores que se encontraban discutiendo acerca de sus desdichas, en una habitación con forma esférica que estaba provista de dos pequeños bancos que permitían sentarse cómodamente mientras sostenían un intrincado diálogo, en cual todo lo que se decía ya se había dicho antes. Ellos sólo repetían.
- ¿Siente?, preguntó Rolando
- Estoy un tanto enfermo, eso debe ser. Respondió Tomás luego de meditarlo un momento.
- ¿Qué esconde?, cuestionó casi gritando.
- Lo mismo que usted.
- ¿Cuál es su nombre? ¿Tiene nombre?, continuó Rolando con su interrogación.
- Si, Tomás. ¿Usted me conoce?
- Creo que sí. Sabrá disculparme, estoy asustado, nunca creí volver a verlo.
- Veo que aún conserva su sensible ingenuidad.
- ¿Usted no?
- No lo sé, hay que saber encontrar el momento para darse cuenta.
- ¿Dejará de mirarme algún día? Ya es insoportable, dijo Rolando.
- No. ¿Todavía cree que este lugar no existe?
- Me gustaría que no existiese, de ese modo podría morir de una vez.
- No se muera Rolando, usted sabe porqué se lo digo.
- No. No lo sé. No sé nada.
- Todavía hay mucho por hacer, dijo Tomás.
- Lo único que me consuela es haber llegado aquí. Mire… ¡Cuántos colores! ¡Cuántos sonidos! No entiendo… ¿Por qué ella no está aquí? ¿Acaso no es real?
- ¿Ella? ¿Quién sabe?
- Dígame Tomás. Cada día me cuesta más caminar, ya caso caigo en la tentación de esconderme nuevamente en la cúspide de la ilusiones.
- ¡Adelante! Si ese es sólo el problema… lo invito a retirarse, sentenció con ironía el señor Tomás.
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