domingo, mayo 14, 2006

Detrás de los espejos

Abrió su boca de persiana para absorber todo el sudor que goteaba desde el techo inmundo. In-mundo. Sub-mundo. El líquido ingresaba como aceite, brillante soporífero. En su densidad se derretían los placares invisibles que amueblaban el salón. Paredes rojas e incandescentes la encerraban, sofocantes, en la más absoluta oscuridad. La desgracia es indefectiblemente bella sentada detrás de un escritorio, descubriendo confines emocionales indómitos. Allí puede vomitar, cómoda. Como una catarsis de crueles aburrimientos y cuerpos desvencijados que se asoman en las últimas horas de niebla, próximos al desliz de un manojo de dedos viscosos que señalan las cercanías de una esfera impenetrable, absolutamente vacía, incinerada. Algunas imágenes las pensó, otras sencillamente aparecieron.

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