lunes, febrero 27, 2006

La intrascendencia

Una pequeña línea y una luz, sobre la mesa de una habitación fría, opaca, perdidas en el azul de un silencio amenazante que aguarda impávido ante el avance indefectible del tiempo. Allí, girando, quietas, con la vista clavada en el suelo fallado. Todo alrededor son grietas y antigüedad indeseable, ciudades completas que regalan palabras, que apaciguan la curiosidad. La única sombra que se ve es la de una soga, pendiendo unánime desde las alturas. Tiene un nudo cilíndrico, extenso, probablemente cómodo. Y detrás está el hombre, oscuro y vacío. Aguarda la orden para lanzarse con valentía y jactarse de un acercamiento. Es su última estrategia, los artilugios se agotaron y sus ojos se secaron. Por dentro es una estatua, aunque se mueve por fuera. Exige su comodidad, sólo recibe su propio eco, su voz multiplicada dentro de su hueco interior. Es el momento, alguien lo apura sin empujar. Cuestión de códigos. Luego llegará alguna humorada para justificar aquello que se tropieza por desaparecer. Los párpados del niño se petrificaron al instante.

sábado, octubre 29, 2005

Desperdicio

Migajas de un ser que apenas puede cantar. Eran cenizas de aquello que se pierde en el tiempo y se desdibuja en la memoria detrás de promesas estúpidas y máscaras falaces que presentan rasgos de lo que nunca fue o que se oculta tras un velo de hiriente estancamiento.

La insatisfacción de llegar al lugar equivocado y encontrar un manojo de dedos desperdiciados que sostienen un vaso semi-vacío y lleno de frustraciones. Una lágrima mental pide una vez más el triste refugio de la dignidad. Una vez más la soledad de un abrazo frío que sólo sirve para ver un suelo artificial.

¿Dónde quedó el poema sinfónico que alguna vez le dio forma al sueño?. Probablemente dejó de existir. Los pasillos se convirtieron en piedras impenetrables. Ya nada puede hacerse.

domingo, septiembre 25, 2005

Suicida por curiosidad

Es un viento que avanza quieto y aplasta la memoria. Trae una imagen espantosa, sobrecargada de vergüenza, construida con una descarada inocencia, aunque violenta. Ácida. La única reacción es meterse una mano adentro del ojo y escarbar, mientras un pequeño grito se pierde adentro de la boca.

El deseo inmediato es la desaparición… o la destrucción sistemática de uno mismo. Un puñal estaría bien. Que ingrese despacio por la sien y desgarre uno por uno los tejidos cerebrales hasta llegar a la médula. Luego meter allí un zapato, recién lustrado, y que el betún lo infecte todo. Que arda universalmente. Por último, ingresar dientes con los dedos. Despacito, que duelan muchísimo, hasta quedarse ciego, aturdido, y sentir un gusto metálico en la lengua, metal oxidado, inmundo. Darse topetones contra la pared es el broche final. Correr desesperado y reventarse el cráneo de un solo golpe. Que no quede nada, sólo sangre negra y masa encefálica desperdigada por el suelo.

Al rato todo vuelve a empezar. Y el cuerpo es el mismo.