Es un viento que avanza quieto y aplasta la memoria. Trae una imagen espantosa, sobrecargada de vergüenza, construida con una descarada inocencia, aunque violenta. Ácida. La única reacción es meterse una mano adentro del ojo y escarbar, mientras un pequeño grito se pierde adentro de la boca.
El deseo inmediato es la desaparición… o la destrucción sistemática de uno mismo. Un puñal estaría bien. Que ingrese despacio por la sien y desgarre uno por uno los tejidos cerebrales hasta llegar a la médula. Luego meter allí un zapato, recién lustrado, y que el betún lo infecte todo. Que arda universalmente. Por último, ingresar dientes con los dedos. Despacito, que duelan muchísimo, hasta quedarse ciego, aturdido, y sentir un gusto metálico en la lengua, metal oxidado, inmundo. Darse topetones contra la pared es el broche final. Correr desesperado y reventarse el cráneo de un solo golpe. Que no quede nada, sólo sangre negra y masa encefálica desperdigada por el suelo.
Al rato todo vuelve a empezar. Y el cuerpo es el mismo.
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