La ciudad es también un collage de sonidos que nunca se detienen; vibraciones superpuestas que conforman un ruido inevitable. Siempre se escucha una alarma, el vuelo de un insecto, el llanto de un bebé, un estornudo, un gemido, un insulto, un piropo, el bufido de un motor, la musiquita de un contacto del msn, el chasquido de un semáforo, el zumbido de una luz, el quejido de alguna puerta, el beep de un ascensor, un disparo, una cachetada, el crepitar de una milanesa, murmullo, un golpe, una tonada musical, el sonido de un bolígrafo deslizándose, una bocina, el estallido de un cristal (o de un vidrio), algún silencio, un rumor, un martillazo, la caída de una percha para colgar la ropa, un teléfono, un acople, una patada, un timbre, las cuerdas de una guitarra, una bicicleta, el susurro de un árbol librado al azar del viento, el click de un mouse, el estruendo que produce el choque de dos placas de metal negro, un discurso, una radio, un globo que estalla, una canilla que gotea, un calefactor encendido, pasos.
El ruido es una variable espacio-temporal: está determinado por la ubicación y el horario. Detenerse a desmembrar la conformación del ruido es, además de una actividad quirúrgica, participar en una guerra que pone en juego una escala casi infinita de intensidades. Una única textura que fluctúa hasta derretirse en la inconciencia.
lunes, julio 07, 2008
lunes, junio 30, 2008
La milanesa
En mi plato descansa una milanesa y una porción de arroz. La milanesa fue el músculo de un organismo vivo que ha correteado por alguna granja, al mismo tiempo el resultado de la unión de otros dos seres vivos. El organismo murió, fue mutilado, entregado a un negocio céntrico, empanado, frito y servido con limón en mi plato.
Paulatinamente voy a ingerir la milanesa y se transformará, mediante complejos procesos químicos, en mi piel, mis uñas, mi humor y mis ideas. Parte de lo que pensaré mañana será consecuencia del proceso que mi cuerpo le realizará al pollo mutilado.
El arroz, por su parte, absorbió nutrientes del suelo donde fue sembrado, se humedeció con el agua de las lluvias, se entibió con el sol del otoño; el mismo sol que regula la temperatura de los planetas e ilumina los satélites, incluida la luna; el mismo sol que se desprendió de una explosión inimaginable para la cual se concibieron enciclopedias completas con cálculos y suposiciones acerca de su intensidad. Las enciclopedias en sí son parte de la explosión; también la milanesa, el arroz, el plato, la mesa, yo mismo, vos que estás leyendo y todas las correcciones que tiene y podría tener este texto.
El alimento me modifica, es la conformación primera de mi ser. Soy como una máquina blanda donde convergen estímulos de todo tipo, que se accionan mediante lo que introduzco en mi estómago y mis pulmones. Entonces algo sucede que me permite percibir el mundo y entender lo que ni siquiera puedo ver. Pero mi preocupación es la milanesa y el arroz: estos dos elementos contienen, en parte, un pedazo de la explosión. Ahora siento que mastico la explosión en formato de alimento. El sabor, manipulado sencillamente a partir de una fuente de calor encerrado en cien centímetros cúbicos de aceite, es sólo una de las tantas combinaciones que pudo haber experimentado la explosión. Ahora pienso que no hay dos pollos que tengan el mismo sabor, probablemente sean tan similares que imperceptibles, pero es la limitación de mis papilas gustativas las que me impiden distinguir uno por uno el sabor exacto de cada uno de los pollos que he ingerido en mi vida. ¿Cuántos pollos habré comido?, ¿Cuántos litros de saliva habré tragado?, ¿Cuántos pantalones con dobladillo habré vestido?, ¿Qué cantidad de personas me miraron a los ojos?. Para todo existe un dato, imposible de hallar pero el número, en abstracto, existe.
Debe ser insoportable la vida de las personas que todo lo calculan. No se permiten disfrutar de las pequeñas cosas. Ni siquiera de una milanesa.
Paulatinamente voy a ingerir la milanesa y se transformará, mediante complejos procesos químicos, en mi piel, mis uñas, mi humor y mis ideas. Parte de lo que pensaré mañana será consecuencia del proceso que mi cuerpo le realizará al pollo mutilado.
El arroz, por su parte, absorbió nutrientes del suelo donde fue sembrado, se humedeció con el agua de las lluvias, se entibió con el sol del otoño; el mismo sol que regula la temperatura de los planetas e ilumina los satélites, incluida la luna; el mismo sol que se desprendió de una explosión inimaginable para la cual se concibieron enciclopedias completas con cálculos y suposiciones acerca de su intensidad. Las enciclopedias en sí son parte de la explosión; también la milanesa, el arroz, el plato, la mesa, yo mismo, vos que estás leyendo y todas las correcciones que tiene y podría tener este texto.
El alimento me modifica, es la conformación primera de mi ser. Soy como una máquina blanda donde convergen estímulos de todo tipo, que se accionan mediante lo que introduzco en mi estómago y mis pulmones. Entonces algo sucede que me permite percibir el mundo y entender lo que ni siquiera puedo ver. Pero mi preocupación es la milanesa y el arroz: estos dos elementos contienen, en parte, un pedazo de la explosión. Ahora siento que mastico la explosión en formato de alimento. El sabor, manipulado sencillamente a partir de una fuente de calor encerrado en cien centímetros cúbicos de aceite, es sólo una de las tantas combinaciones que pudo haber experimentado la explosión. Ahora pienso que no hay dos pollos que tengan el mismo sabor, probablemente sean tan similares que imperceptibles, pero es la limitación de mis papilas gustativas las que me impiden distinguir uno por uno el sabor exacto de cada uno de los pollos que he ingerido en mi vida. ¿Cuántos pollos habré comido?, ¿Cuántos litros de saliva habré tragado?, ¿Cuántos pantalones con dobladillo habré vestido?, ¿Qué cantidad de personas me miraron a los ojos?. Para todo existe un dato, imposible de hallar pero el número, en abstracto, existe.
Debe ser insoportable la vida de las personas que todo lo calculan. No se permiten disfrutar de las pequeñas cosas. Ni siquiera de una milanesa.
lunes, junio 23, 2008
El descubrimiento
Es esa sensación de silencio, un instante ínfimo, donde las verdades se detienen; no hay cuerpo. Click. Es un dato que modifica, una percepción. Una biblioteca, un lugar, un diálogo casual, una camisa, un dibujo, un disco, un beso, una manzana con caramelo. El disparador. Todos los días alguien descubre y cambia. Luego, las palabras que se caen de la boca: la invitación.
Perderse en el trazo de Van Gogh, escuchar Dark Side of the Moon o Pez, entender a Luis Alberto Spinetta, leer El Eternauta o Milan Kundera o Platón o Nietzsche o León Tolstoi, pararse en la huella de Picasso o Michel Duchamp o Theo Jansen o Quino, visitar Machu Picchu o la Muralla China o el Museo Nacional Bellas Artes de Buenos Aires o Londres o el MOMA.
Son parte del mundo.
A cada segundo alguien conoce, abre.
En el cuento El Cautivo, Borges presenta a un niño de pueblo que desapareció después de un malón. El niño se convirtió en hombre, sus padres lo hallaron y el hombre recordó su pasado: al llegar a su casa fue en busca del cuchillito que había escondido en la campana de la cocina. Luego regresó al desierto. Ya era tarde para la vida que hubiera propuesto su infancia en familia.
Borges se pregunta: “Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron (…)”.
La confusión entre el pasado y el presente.
Descubrir es también redimensionar.
Observar sorpresivamente, y por un instante, aquello que uno dejó de ser.
Perderse en el trazo de Van Gogh, escuchar Dark Side of the Moon o Pez, entender a Luis Alberto Spinetta, leer El Eternauta o Milan Kundera o Platón o Nietzsche o León Tolstoi, pararse en la huella de Picasso o Michel Duchamp o Theo Jansen o Quino, visitar Machu Picchu o la Muralla China o el Museo Nacional Bellas Artes de Buenos Aires o Londres o el MOMA.
Son parte del mundo.
A cada segundo alguien conoce, abre.
En el cuento El Cautivo, Borges presenta a un niño de pueblo que desapareció después de un malón. El niño se convirtió en hombre, sus padres lo hallaron y el hombre recordó su pasado: al llegar a su casa fue en busca del cuchillito que había escondido en la campana de la cocina. Luego regresó al desierto. Ya era tarde para la vida que hubiera propuesto su infancia en familia.
Borges se pregunta: “Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron (…)”.
La confusión entre el pasado y el presente.
Descubrir es también redimensionar.
Observar sorpresivamente, y por un instante, aquello que uno dejó de ser.
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