El señor Gutiérrez sufre la angustia de trasladarse inmediatamente de la fragilidad a la inmortalidad. Y viceversa. A toda hora, todos los días. Cuando percibe alguna señal positiva siente que su vida es maravillosa, que el presente y el futuro le sonríen. En contrapartida, cuando le llegan malas noticias –diarios, amores, familia o proyectos inconclusos- lagrimea en las sombras.
Los días para él son, entonces, sucesiones intermitentes de estados de ánimo: bien, mal; pésimo, excelente; optimista, revolucionario; suicida, astronauta.
Suena el timbre. Las diez de la mañana. El señor Gutiérrez revisa mentalmente todas las opciones de personas que pueden visitarlo a las diez de la mañana. Nadie más interesante que el diariero, y es una buena noticia.
- Hola.
- ¿Tiene algo para afilar?
- No, gracias.
Ni buena ni mala. Pero es más mala que buena. Es más feliz recibir una revista que rechazar la oferta de afilar una tijera. El día comienza con una decepción lejana. El sonido del timbre suele despertar la diminuta esperanza de que algún sueño se va a cumplir. Que va a suceder algo que está fuera del libreto. Nunca sucede, y por eso siempre es esperanza. Como el coronel de Gabriel García Márquez; que espera los viernes para ir al correo.
La felicidad del señor Gutiérrez es una acumulación de pequeñas cosas. Ya rehusó a la posibilidad de modificar el rumbo de la existencia sentado en el escritorio de su casa. Ahora se conforma con encontrar una oferta en la librería, resolver juegos de ingenio y reunirse con gente amable. Su problema es que carece de poder de recuperación. Tan infantil y tan patético. Un pequeño accidente emocional lo hace tropezar una semana completa. Y es tan inútil que, silenciosamente, confía en que alguien va a tocarle el timbre para solucionarle los problemas. Su inutilidad está oculta detrás su silencio. Es un plano sobre otro.
Aún así, hay días en los que el señor Gutiérrez desarrolla estrategias de evasión: pone manos a la obra: hace. Compulsivamente se justifica. El costo de olvidar es demasiado elevado. Sus estrategias son a corto plazo porque no le gusta escaparse demasiado tiempo; elegir aquello que es permanente le parece insípido.
El traslado, la intermitencia, es una construcción propia. Y está tristemente orgulloso de los resultados.
domingo, abril 13, 2008
lunes, abril 07, 2008
El ahorro
El ahorro es el resultado de gastar menos que lo que ingresa. Esa suma se ubica dentro de una caja, un cerdo de porcelana o una lata de chocolatada en polvo; allí descansa impávida, y sólo varía su valor de acuerdo con los sucesos políticos y económicos del mundo. También hay instituciones privadas y estatales dispuestas a recibir ahorros, convertirlos en créditos y luego exigir intereses. El viejo truco de especular.
Quien especula no ahorra, allí detrás hay un intrincado mapa de acción (te presto, me devolvés, te cobro, te vuelvo a prestar). El verdadero ahorrista es el que olvida. Ahorrar es abandonar. Acumular es desconocer, desentenderse, hasta en los casos que lo acumulado se multiplica. Sobran los ejemplos de personas que tienen grandes fortunas en sus cajas bancarias pero viven rodeados de límites, no recuerdan que tienen la posibilidad de ejercer la tranquilidad e incluso el lujo.
Tal vez el problema esté relacionado con la educación o las costumbres: hay una cultura generalizada de ahorrar en lugar de producir. Algo cercano al temor. Es difícil de entender a las personas que mueren con grandes sumas de dinero ocultas en sus cuentas. Ese dinero está tapando un vacío. Se guarda para conseguir un interés. El sistema bancario ha encontrado la palabra exacta. Construir un sistema para acumular es negar líneas de expresión. Producir es expresarse, estar en movimiento. La motivación deviene en interés, por propia naturaleza. El interés bancario, entonces, viene a reemplazar la falta de motivación.
Mucho más simpático es quien no ahorra y se embarca en inversiones delirantes, proyectos imposibles y sin rentabilidad. O que simplemente gasta. Fracase o no, conciente o inconcientemente, emprende una aventura. ¿Qué hubiera pasado si los Curie, o los hermanos Wright, se hubieran dedicado a guardar su dinero?. Esas personas no conciben a la riqueza como concepto. Se alejan del valor social. Un privilegio de pocos, que prefieren no olvidarse de sí mismos.
Quien especula no ahorra, allí detrás hay un intrincado mapa de acción (te presto, me devolvés, te cobro, te vuelvo a prestar). El verdadero ahorrista es el que olvida. Ahorrar es abandonar. Acumular es desconocer, desentenderse, hasta en los casos que lo acumulado se multiplica. Sobran los ejemplos de personas que tienen grandes fortunas en sus cajas bancarias pero viven rodeados de límites, no recuerdan que tienen la posibilidad de ejercer la tranquilidad e incluso el lujo.
Tal vez el problema esté relacionado con la educación o las costumbres: hay una cultura generalizada de ahorrar en lugar de producir. Algo cercano al temor. Es difícil de entender a las personas que mueren con grandes sumas de dinero ocultas en sus cuentas. Ese dinero está tapando un vacío. Se guarda para conseguir un interés. El sistema bancario ha encontrado la palabra exacta. Construir un sistema para acumular es negar líneas de expresión. Producir es expresarse, estar en movimiento. La motivación deviene en interés, por propia naturaleza. El interés bancario, entonces, viene a reemplazar la falta de motivación.
Mucho más simpático es quien no ahorra y se embarca en inversiones delirantes, proyectos imposibles y sin rentabilidad. O que simplemente gasta. Fracase o no, conciente o inconcientemente, emprende una aventura. ¿Qué hubiera pasado si los Curie, o los hermanos Wright, se hubieran dedicado a guardar su dinero?. Esas personas no conciben a la riqueza como concepto. Se alejan del valor social. Un privilegio de pocos, que prefieren no olvidarse de sí mismos.
martes, abril 01, 2008
El compromiso
Hay quienes se jactan de no hacer nada por compromiso. Sólo movilizan cuerpo y espíritu por fines que les proponen placer inmediato. No titubean ni un microsegundo en decir que no cuando les falta ganas. Y creen que es maravillosa esta actitud, que representa la gestación de un mundo nuevo donde sus pobladores sólo dedican esfuerzos a las actividades que los enriquecen.
- Deberías buscar ayuda
- Sí
- ¿Por qué no buscas?
- No me interesa
- Pero no estás bien
- Ya se me va a pasar
Este esquema significa caminar siempre dentro de una espacio mínimo: uno mismo. Pero no es egoísmo, es conformismo y negación. Es creerse perfecto, o lo que es igual, mostrar silenciosamente un miedo existencial. Los compromisos no son siempre obligaciones. Son acuerdos, pactos, que tienen toda la flexibilidad que las dos partes (las dos partes pueden ser uno mismo y uno mismo) permitan. Casi siempre las cláusulas de los compromisos son una obviedad, son claras, necesarias. Lo necesario nunca es obligatorio, pero siempre es aconsejable.
El compromiso es una forma de salirse de uno mismo. Es dar lugar. Formularse preguntas es también un compromiso. Tal vez la interferencia radica en que parece una obligación aceptar la respuesta.
- Deberías buscar ayuda
- Sí
- ¿Por qué no buscas?
- No me interesa
- Pero no estás bien
- Ya se me va a pasar
Este esquema significa caminar siempre dentro de una espacio mínimo: uno mismo. Pero no es egoísmo, es conformismo y negación. Es creerse perfecto, o lo que es igual, mostrar silenciosamente un miedo existencial. Los compromisos no son siempre obligaciones. Son acuerdos, pactos, que tienen toda la flexibilidad que las dos partes (las dos partes pueden ser uno mismo y uno mismo) permitan. Casi siempre las cláusulas de los compromisos son una obviedad, son claras, necesarias. Lo necesario nunca es obligatorio, pero siempre es aconsejable.
El compromiso es una forma de salirse de uno mismo. Es dar lugar. Formularse preguntas es también un compromiso. Tal vez la interferencia radica en que parece una obligación aceptar la respuesta.
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