lunes, junio 12, 2006

Su precio

Encerrado entre paredes, el niño retrataba ilusiones en un retazo de tela. Pintarrajeaba palabras que parecidas a mapas tomaban la forma de un libro inédito. En cada línea se escondía un viaje inquieto por textos de todas las épocas. Griegos y romanos se enfrentaban en la búsqueda de un amor diáfano; mientras los bárbaros proponían poesías tatuadas con sangre derramada en indómitas guerras sin geografía ni naturalezas. También el sexo y las barbas, la oscuridad y las túnicas. Allí las imágenes, entre sus dedos de agua, fríos como el futuro incierto de sus sueños. Cientos de hojas color sepia llovían sobre su habitación húmeda, completa de cables y plásticos inertes. Eran proyecciones de cuerpos perfectos, vacíos de su presente, cincelados por sus propias frustraciones. Los dibujos caían de sus ojitos y se derramaban por los bordes últimos de sus propias limitaciones. Lejos estaban aquellos eruditos, ciegos de placeres, exactos como los relojes de las pasiones prohibidas. El final nadie lo vislumbró jamás. Agrietado en pequeñas parcelas de arena se inclinó ante el arribo de nuevas perspectivas. Destrucción y creación. Un nuevo texto y todos. Lo cotidiano, la inmundicia. Los insectos devoraron su creación para trocarla por metales. La habitación tembló y se desmoronó en silencio. Los dedos del artista ya estaban secos, aplastados por cascotes salvajes.

miércoles, junio 07, 2006

Uno que ve

En el infierno, una roca de hielo. Sobre ella duerme un niño que sueña con otro infierno. Su cuerpo se desdibuja entre manos violentas que lo abrazan, le acarician las mejillas con la tensión del último respiro. Entre vocablos inconexos se miente a sí mismo, quiere volar, pero también caminar. Es un vegetal azul que recrea metáforas solitarias, enumerando diamantes anteriores. Todo lo que ve es oro y tinieblas, ni un mínimo sendero intermedio. Su sueño no le permite descansar. Las creaciones son leyendas, horizontes inmediatos que se parten como el vidrio. El amo de ese averno lo observa en silencio, disfruta de su propia angustia. Lo mira desencajado, de pie sobre un árbol de fuego, mientras las llamas derriten los rasgos de su pasado. Luego despierta y una vez más enfrenta su infinitud. La maldición lo perfora con una canción simple: un susurro que le impone una seguridad indeseable.

lunes, mayo 22, 2006

Presente que atrasa

Se miró los pies y sentenció por lo bajo: -Este es mi último día aquí-. Avanzó hacia su casa y apretujó las llaves dentro de su puño hasta convertirlas en arena, que luego lanzó a los vientos. Su sangre se endureció y sus brazos se partieron como cristales de hielo azul. Sólo atinó a gritar hasta que su voz estalló en sal. Su garganta ardió, clavada en el bosque de sus penas. Su casa estaba en una ciudad, la ciudad en un continente, el continente en el mundo y el mundo en sus labios. Fue lo único que quedó de él.