lunes, noviembre 27, 2006

Resquebrajado

La constancia repercutió negativamente, las obligaciones se duplicaron. Tiene que ser así. ¿Tiene?. El egoísmo, el orgullo. Y las cortinas que se prenden fuego mientras la imagen de los techitos se desdibuja en las últimas señales del sol celeste anaranjado. Un libro que descansa inmóvil sobre la mesa. El reloj tampoco funciona, hace años. Eran los últimos vestigios de la infancia, presentes en la recurrente quietud externa. La abuela que se pierde en un pasillo largísimo, con una bolsa de agua caliente en la mano izquierda y la Biblia en la derecha. La aguarda una cama enorme, que hace más de veinte años abriga un solo cuerpo cansado. Era imposible reconstruir las pérdidas, pero eran otras épocas, donde la soledad se ofrecía como obligación y necesidad. Años melancólicos aquellos últimos. “Cuidarás a tu rebaño”; “No codiciarás la mujer del otro”; “Dichosos aquellos que le temen al señor”. La misa de los domingos, un almuerzo infeliz y a la bolsa de agua caliente una vez más. A revolver la cabeza. Repeticiones. Repeticiones. Repeticiones. Ni una nueva conclusión. Los libros, todos, estaban en blanco. Las poesías aparecían como el vapor de una pava desvencijada. Temblando.

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