El sonido del teléfono estalló en la oquedad de la cocina. El fuego estaba encendido para calentar un poco de sopa. El pan, de hace dos o tres días, aguardaba opaco sobre un plato de madera. Y había un cuchillo, de serruchito, apoyado una servilleta de tela verde. Mejor no atender. Las ventanas se empañaban por la diferencia de temperaturas; afuera la noche se asomaba helada, como un cadáver abandonado. La luz era amarilla y formaba una sombra extensa sobre el teléfono, que no paraba de sonar. El resto de la casa estaba a oscuras, como siempre a esa hora. Otra vez silencio. Sólo el viento que golpea las ventanas. La sopa aún estaba tibia cuando la puerta de esa cocina se cerró para siempre.
lunes, noviembre 20, 2006
Furia
El sonido del teléfono estalló en la oquedad de la cocina. El fuego estaba encendido para calentar un poco de sopa. El pan, de hace dos o tres días, aguardaba opaco sobre un plato de madera. Y había un cuchillo, de serruchito, apoyado una servilleta de tela verde. Mejor no atender. Las ventanas se empañaban por la diferencia de temperaturas; afuera la noche se asomaba helada, como un cadáver abandonado. La luz era amarilla y formaba una sombra extensa sobre el teléfono, que no paraba de sonar. El resto de la casa estaba a oscuras, como siempre a esa hora. Otra vez silencio. Sólo el viento que golpea las ventanas. La sopa aún estaba tibia cuando la puerta de esa cocina se cerró para siempre.
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