lunes, noviembre 20, 2006

Furia

El sonido del teléfono estalló en la oquedad de la cocina. El fuego estaba encendido para calentar un poco de sopa. El pan, de hace dos o tres días, aguardaba opaco sobre un plato de madera. Y había un cuchillo, de serruchito, apoyado una servilleta de tela verde. Mejor no atender. Las ventanas se empañaban por la diferencia de temperaturas; afuera la noche se asomaba helada, como un cadáver abandonado. La luz era amarilla y formaba una sombra extensa sobre el teléfono, que no paraba de sonar. El resto de la casa estaba a oscuras, como siempre a esa hora. Otra vez silencio. Sólo el viento que golpea las ventanas. La sopa aún estaba tibia cuando la puerta de esa cocina se cerró para siempre.

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