lunes, agosto 14, 2006
Huele a ti
La noche aplasta. Esta vez no me quedo taciturna por el insomnio, ahora es la humedad. Cruje la columna vertebral, con ella y con la humedad todas mis maldiciones juntas. No tengo motivos, ingiero el chocolate, la barra dulce y pegajosa. Es la que garantiza por unas horas, según dicen los expertos, un toque de felicidad. A estas alturas no le creo nada a nadie y me dedico a mirar al vacío. Una pena aparentemente creada para llamar la atención. Mis ojos entristecen y se llenan de melancolía. Sin sentido. Huelo, huele a raticidas. O a ratas, no importa ya a qué huele todo. Esta vez lo intento mejor. Pretendo no sentir cuando me fascina la idea de sufrirlo. ¡Qué mente tan perversa o qué corazón tan dañado actuaría de ese modo! Esta noche ciega corazones, todo lo que tenga a su alcance y más. Fuera del tiempo y fría se propone invadir. ¿Qué se ha creído, arribar arrogante es sinónimo de grandeza? Nada de eso, no me convence. Se ha montado el impertinente escenario de la “realidad”. ¡Qué con eso! Maligna la hora de los recuerdos, el mundo oscuro que perturba de noche y tu cara de hipócrita. Tu actuar me condena a pertenecer y el mío me condena a enfurecerte a cada instante. Pido fragilidad y me das piletas vacías. Pido un abrazo y me pides que no te lo pida. Sigue oliendo a ratas. Crece mi ansiedad cuando no ha de haberla, sigo con hastío. Todo huele a ti, a ratas. Darle un fin al amor sería atípico. ¿Qué es típico?
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