domingo, septiembre 17, 2006

Escalera

La palabra escalera como una metáfora de la soledad. Desde la inquietud emocional se alzan porciones de suelo superpuestas, que convidan a los cuerpos hacia salas abandonadas, habitadas por soles de otoño y bandadas de palomas mugrientas. El ruido de los aleteos desvencija los muebles. Es un espacio irregular, aunque casi cuadrado, determinado por paredes mordidas por la hiedra. Hay una sola ventana, lúgubre, completa de vidrios biselados que conocieron años de elegancia. En un rincón arde una vela que proyecta sombras extensas, sombras de polvo, frías como el abrazo disuelto en el recuerdo. Un solo vocablo puede desgranar la habitación, pero nadie se atreve a pronunciarlo.

El sueño propuso su discurso: El diálogo entre la tormenta y la estatua comienza con verbos de humo que condicionan la entidad. Discuten acerca de cómo trabajar líneas, comentan que los espacios deben ser signos de dedicación.

domingo, septiembre 03, 2006

Fuego de agua

Soy lágrima. Una búsqueda sutil entre espacios que se han ensuciado. ¿Pueden los cuerpos extirpar el sonido final de este poema?. Simplemente quiero saber que estás ahí, en una habitación perdida en mi misma ciudad, sentada en una silla de mimbre, delgada como el papel. Postrado ante un fuego de hogar, mi cabecita no encuentra soluciones a todas las palabras que giran adentro de una taza de té solitaria. La cuchara se pierde en las sombras húmedas de un recuerdo inmediato. Sin sol, viajando hacia un canasto de verbos forzados que nunca lavan el último vacío. Si fuera la tierra un hilo de cobre entre nosotros, tal vez pueda encontrar también tu tristeza. Pero prefiero ser lágrima y ahogarme epiléptico entre árboles de telgopor. Mañana seré plegaria, un recuerdo mínimo. Las exigencias de la infancia me han abandonado, dónde se diluyó la pureza. Mi inocencia extinta entre respiros, allí.

lunes, agosto 14, 2006

Huele a ti

La noche aplasta. Esta vez no me quedo taciturna por el insomnio, ahora es la humedad. Cruje la columna vertebral, con ella y con la humedad todas mis maldiciones juntas. No tengo motivos, ingiero el chocolate, la barra dulce y pegajosa. Es la que garantiza por unas horas, según dicen los expertos, un toque de felicidad. A estas alturas no le creo nada a nadie y me dedico a mirar al vacío. Una pena aparentemente creada para llamar la atención. Mis ojos entristecen y se llenan de melancolía. Sin sentido. Huelo, huele a raticidas. O a ratas, no importa ya a qué huele todo. Esta vez lo intento mejor. Pretendo no sentir cuando me fascina la idea de sufrirlo. ¡Qué mente tan perversa o qué corazón tan dañado actuaría de ese modo! Esta noche ciega corazones, todo lo que tenga a su alcance y más. Fuera del tiempo y fría se propone invadir. ¿Qué se ha creído, arribar arrogante es sinónimo de grandeza? Nada de eso, no me convence. Se ha montado el impertinente escenario de la “realidad”. ¡Qué con eso! Maligna la hora de los recuerdos, el mundo oscuro que perturba de noche y tu cara de hipócrita. Tu actuar me condena a pertenecer y el mío me condena a enfurecerte a cada instante. Pido fragilidad y me das piletas vacías. Pido un abrazo y me pides que no te lo pida. Sigue oliendo a ratas. Crece mi ansiedad cuando no ha de haberla, sigo con hastío. Todo huele a ti, a ratas. Darle un fin al amor sería atípico. ¿Qué es típico?