domingo, febrero 17, 2008

La inutilidad

El artista que camina los barrios marginales. Junta basura y se limpia las manos en su chaqueta. Encuentra latas de aceite, un zapato y una cortina de baño. También barro.

La calle; sobre la calle, autos; sobre los autos, personas; sobre las personas, una compleja telaraña de reacciones. Bocinas. Gritos. La cabeza que se asoma por la ventanilla para pronunciar neologismos que cumplen la función de blasfemias. La connotación y su complejidad.

Con basura, el artista elabora un mensaje. Piensa para encontrar, dialoga. Escucha sobre necesidades para iluminar problemas; pone el cuerpo, busca su línea. Es útil a su sensibilidad. La agresión, en cambio, es evidencia de inutilidad, es una cualidad de los inútiles. Una conducta medida no intenta destruir, apenas sí conciliar. O seguramente discutir. La agresión es impedirse cambiar. Es decir, también es necedad.

La calle es una sucesión de anécdotas. Mire donde se mire hay una historia, casi todas agresivas. Como el conductor de una camioneta, que ayer a la tarde amenazó con pisar a un chico de catorce años que observaba un grafitti. Había más de 20 personas en la misma actitud contemplativa. El conductor profirió su incomodidad en términos de violencia, que a su vez generó otro foco de violencia. Nadie se golpeó con nadie, pero tampoco hizo falta para entender qué había detrás de esas palabras.

Clavó la vista al frente, aceleró desmedidamente, avanzó 25 metros y frenó en el semáforo. Casi dos minutos. Por el espejo retrovisor se le veían los gestos, creía que había actuado a la perfección. Ojos de mirada incompleta.

Esperó la luz verde y se perdió sobre una avenida.

lunes, febrero 11, 2008

La idea

La primera luz. La nena se sentó donde había sombra; su gato la observaba con los ojos trasparentes. El carro del lechero; una crín de caballo que se asoma detrás de la medianera. Un movimiento en falso y apareció el desayuno: bandeja, taza de té; pan fresco: dos cucharadas de mermelada de pera. Un poco ella, un poco el gato. Entonces, el saludo:
- Buenos días-, dijo Don Martín. Pantalones de vestir viejos, camisa a cuadros casi convertida en un amistoso retazo de tela gris.
- Buenos días-, dijo ella. El gato pestañeó en cámara lenta y siguió con el desayuno. Era una mañana blanca. El sonido de la taza, la vegetación.

El jardín tenía una pequeña fuente que llevaba decenas de años sin funcionar. Don Martín siempre la miraba con ganas de devolverle el uso. La idea duraba milésimas de segundo. Dada la rutina, era muy lejana; las ideas cobran fuerza cuando se les dedica tiempo. Si suceden como parpadeos se diluyen. Se ubican en un lugar tan pequeño que después no se ven. O se ven sólo en un vértice difícil de relacionar. Uno sabe que hay algo por ahí suelto que tiene que ver con las necesidades. El nexo es una palabra.
- Venga Don Martín, siéntese, no se quede ahí parado-, dijo ella. Golpeó con la palma de la mano un lugar inmediato donde podía sentarse. Le miró la espalda. Don Martín se sentó.
- Es un día especial, pero me siento igual que cualquier otro día. De chico quería ser cartero. Acá estoy, jardinero. Es una linda mañana-, dijo Don Martín sonriendo tibiamente. Se levantó, le acarició la cabeza al gato y partió hacia una pequeña casucha ubicada en un rincón. Ladrillo y cemento. Una ventana dividida en cuatro rectángulos. Yuyos alrededor. El resto del lugar estaba impecable.

Un rosal. Dos pinos. La fuente en desuso. Don Martín. La nena. El gato que pestañea. Sombra. Blancura. En el aire había un silbido.

Volvió Don Martín, tijera en mano, guantes. Se secó el sudor de la frente con la manga de la camisa, y dispuesto a comenzar un día de trabajo se marchó. Ella lo siguió con la mirada hasta que cerró la puerta. Se puso de pie y fue hacia la casita del rincón. Sólo herramientas y dos fotos recortadas del diario. Nada. Salió. Miró al gato, que estaba desparramado en el suelo sobre una mancha de sol. El cuerpo arqueado y los ojos cerrados: durmió hasta que comenzó a llover. Don Martín ya había regresado. La nena leía un libro acostada en la alfombra de la sala. Hacía frío. El jardín era un decorado que se asomaba silenciosamente a través de la ventana.

domingo, enero 27, 2008

La impotencia

La palabra mal pronunciada es una de las formas más extremas de aniquilar una conversación. Casi siempre son relaciones forzadas, y hasta tal vez inexistentes, que intentan ubicarse como verdad universal. El impacto que generan es el silencio. Por más argumentos que alguien pueda tener para sostener una reflexión, la estructura completa se convierte en vapor ante la presencia de sandeces de alto calibre.

Un diálogo tiene como punto de partida la línea A. Comienza la charla, surge una intersección natural con B; allí interrumpe el receptor para hablar de Q. Y Q no es un error, es otra cosa, absolutamente distinta, que por una incomprensible relación pasó a oscurecer el momento. Charla finalizada. No hay nada que decir, nada que responder, nada que agregar. Silencio y vergüenza.

Este tipo de interrupciones tiene tres motivos:
a) necesidad de exponer logros personales
b) necesidad de ubicarse como protagonista
c) desconocer el momento de hacer silencio

Anoche compartí una cena con un grupo de personas muy interesantes. Lectores todos, conocedores de autores clásicos de la literatura argentina. Mientras disfrutábamos del postre sonó el timbre: el amigo de uno de ellos se unía al grupo. Saludó a los gritos, se acomodó el pelo y se sentó a la mesa. Ya había cenado, ni siquiera se sacó la campera.

Cuando terminó de ubicarse, uno de los chicos continuó con un chiste que estaba haciendo en referencia a un cuento de Borges. Un comentario simple, divertido y nada más. Estaba bromeando sobre los espejos, la ceguera y el tiempo.

- Leí Borges en el secundario. No se le entiende nada-, interrumpió el recién llegado.
- ¿Te parece? No es una lectura complicada, sí son ideas complicadas, pero su forma de escribir es muy clara-, comentó el autor de la broma.
- Sería mejor si hubiera hecho descripciones de paisajes-, agregó el recién llegado con tono de conferencista.

Yo miraba sin opinar. Pensé rápidamente, aunque jamás iba a abrir la boca, la posibilidad de decir algo. Me descubrí bloqueado, y no era el único. Nadie allí supo decir nada. Hubo segundos largos de silencio.
Alguien se acercó a la computadora y cambió la música. Otro se puso a jugar con los potes de helado. El recién llegado miraba a todos en busca de aprobación. Sólo atiné a mirar la hora en mi teléfono celular. La miré hasta que avanzó el minutero. Me gusta ver el instante exacto en que cambia el numerito.