Con los años, obtuvo una rara habilidad para vivir de ese modo. Querer resolverlo todo de inmediato se había convertido en una costumbre a la cual no podía renunciar, ni siquiera concientemente. Una tarde, sentado en el living de su departamento –vivía en un sexto piso-, reflexionaba (entre muchos otros temas) acerca de cómo llevar una carta al correo. Era sábado, su día libre; llevar ese sobre era su única actividad. El buzón estaba apenas en la esquina. No había mucho que pensar: llave, puerta, llave, botón, puerta, ascensor, botón, puerta, llave, puerta, llave, caminar ida y vuelta –unos 30 metros si cruzaba la calle en diagonal, siguiendo la vereda eran 32- llave, puerta, llave, botón, puerta, ascensor, botón, puerta, llave, puerta, llave. Sencillo. Sin embargo, no estaba conforme. Tenía que encontrar un modo aún más rápido. Voilá!, dijo mirando la ventana abierta. Su plan se simplificaba en un noventa por ciento.
El señor Guitiérrez eligió la forma veloz. Y ese fue su cálculo final.
