domingo, enero 14, 2007

Pasillos de plástico

Perdición inmaculada. Finales de un puente amarillo construido con esponjas del pasado. No se trata de comida, ni del blanco amanecer ruso. El lamento de una sacudida estática es peor que las manchas desparramadas en los huecos del secreto. Hay quienes se dedican a tragar pétalos mientras otros soplan bolas de perfume. No buscan otra cosa que abrazarse bajo la sombra de una pestaña post-moderna. Probablemente sea interesante. No menos que el silencio. Es una aventura narrada en clave de novela. ¿Aburrida? Demasiado obsecuente. El tiempo de las palabras es extenso. Aún.

miércoles, enero 03, 2007

Mordidas punzantes

Las botellas y los desengaños guardan una relación mentirosa. El golpe final es semejante a un chillido que vibra entre el silencio de una mirada profunda, a modo de inicio de un vínculo que no arrastra pretensiones. ¿Qué es lo que dice que nadie quiere saber? Las preguntas se asemejan a una uña que se clava en la piel hasta encontrar sangre. Inmediatamente el rechazo, simplemente para esquivar la palabra justa. Una división que queda marginada. Nadie quiere a nadie. Son sólo caprichos que se extinguen entre líneas. Lo idílico es imperfección ni bien es tangible.

lunes, noviembre 27, 2006

Resquebrajado

La constancia repercutió negativamente, las obligaciones se duplicaron. Tiene que ser así. ¿Tiene?. El egoísmo, el orgullo. Y las cortinas que se prenden fuego mientras la imagen de los techitos se desdibuja en las últimas señales del sol celeste anaranjado. Un libro que descansa inmóvil sobre la mesa. El reloj tampoco funciona, hace años. Eran los últimos vestigios de la infancia, presentes en la recurrente quietud externa. La abuela que se pierde en un pasillo largísimo, con una bolsa de agua caliente en la mano izquierda y la Biblia en la derecha. La aguarda una cama enorme, que hace más de veinte años abriga un solo cuerpo cansado. Era imposible reconstruir las pérdidas, pero eran otras épocas, donde la soledad se ofrecía como obligación y necesidad. Años melancólicos aquellos últimos. “Cuidarás a tu rebaño”; “No codiciarás la mujer del otro”; “Dichosos aquellos que le temen al señor”. La misa de los domingos, un almuerzo infeliz y a la bolsa de agua caliente una vez más. A revolver la cabeza. Repeticiones. Repeticiones. Repeticiones. Ni una nueva conclusión. Los libros, todos, estaban en blanco. Las poesías aparecían como el vapor de una pava desvencijada. Temblando.