Eran sus ojos, húmedos y en soledad. El peso absoluto del mundo le partía la mirada. Eran sus pupilas, pequeñitas, imperfectas, aplastadas sobre un color de oscuros tormentos. Su boca tenía los bordes desdibujados, como un movimiento cansino que caía ondulándose. Debajo sucedía la rigidez. La empujaba el peligro de una extinción violenta, lejana de sueños inmediatos y ciudades de arroz desperdiciado. Estaban el ayer, el hoy y el mañana naufragando en una copa de bebida inmune, se insultaban a los gritos, uno sobre el otro, con sus voces azules sin ideología ni reflexión. Si aunque sea alguna palabra hubiera surcado esa niebla para iluminar la tristeza. Las palabras aparecieron después, cuando la noche se había robado sus formas.
domingo, mayo 07, 2006
La agonía exacta
Eran sus ojos, húmedos y en soledad. El peso absoluto del mundo le partía la mirada. Eran sus pupilas, pequeñitas, imperfectas, aplastadas sobre un color de oscuros tormentos. Su boca tenía los bordes desdibujados, como un movimiento cansino que caía ondulándose. Debajo sucedía la rigidez. La empujaba el peligro de una extinción violenta, lejana de sueños inmediatos y ciudades de arroz desperdiciado. Estaban el ayer, el hoy y el mañana naufragando en una copa de bebida inmune, se insultaban a los gritos, uno sobre el otro, con sus voces azules sin ideología ni reflexión. Si aunque sea alguna palabra hubiera surcado esa niebla para iluminar la tristeza. Las palabras aparecieron después, cuando la noche se había robado sus formas.
martes, mayo 02, 2006
Diálogos solitarios
La luz enceguecía a los dos señores que se encontraban discutiendo acerca de sus desdichas, en una habitación con forma esférica que estaba provista de dos pequeños bancos que permitían sentarse cómodamente mientras sostenían un intrincado diálogo, en cual todo lo que se decía ya se había dicho antes. Ellos sólo repetían.
- ¿Siente?, preguntó Rolando
- Estoy un tanto enfermo, eso debe ser. Respondió Tomás luego de meditarlo un momento.
- ¿Qué esconde?, cuestionó casi gritando.
- Lo mismo que usted.
- ¿Cuál es su nombre? ¿Tiene nombre?, continuó Rolando con su interrogación.
- Si, Tomás. ¿Usted me conoce?
- Creo que sí. Sabrá disculparme, estoy asustado, nunca creí volver a verlo.
- Veo que aún conserva su sensible ingenuidad.
- ¿Usted no?
- No lo sé, hay que saber encontrar el momento para darse cuenta.
- ¿Dejará de mirarme algún día? Ya es insoportable, dijo Rolando.
- No. ¿Todavía cree que este lugar no existe?
- Me gustaría que no existiese, de ese modo podría morir de una vez.
- No se muera Rolando, usted sabe porqué se lo digo.
- No. No lo sé. No sé nada.
- Todavía hay mucho por hacer, dijo Tomás.
- Lo único que me consuela es haber llegado aquí. Mire… ¡Cuántos colores! ¡Cuántos sonidos! No entiendo… ¿Por qué ella no está aquí? ¿Acaso no es real?
- ¿Ella? ¿Quién sabe?
- Dígame Tomás. Cada día me cuesta más caminar, ya caso caigo en la tentación de esconderme nuevamente en la cúspide de la ilusiones.
- ¡Adelante! Si ese es sólo el problema… lo invito a retirarse, sentenció con ironía el señor Tomás.
- ¿Siente?, preguntó Rolando
- Estoy un tanto enfermo, eso debe ser. Respondió Tomás luego de meditarlo un momento.
- ¿Qué esconde?, cuestionó casi gritando.
- Lo mismo que usted.
- ¿Cuál es su nombre? ¿Tiene nombre?, continuó Rolando con su interrogación.
- Si, Tomás. ¿Usted me conoce?
- Creo que sí. Sabrá disculparme, estoy asustado, nunca creí volver a verlo.
- Veo que aún conserva su sensible ingenuidad.
- ¿Usted no?
- No lo sé, hay que saber encontrar el momento para darse cuenta.
- ¿Dejará de mirarme algún día? Ya es insoportable, dijo Rolando.
- No. ¿Todavía cree que este lugar no existe?
- Me gustaría que no existiese, de ese modo podría morir de una vez.
- No se muera Rolando, usted sabe porqué se lo digo.
- No. No lo sé. No sé nada.
- Todavía hay mucho por hacer, dijo Tomás.
- Lo único que me consuela es haber llegado aquí. Mire… ¡Cuántos colores! ¡Cuántos sonidos! No entiendo… ¿Por qué ella no está aquí? ¿Acaso no es real?
- ¿Ella? ¿Quién sabe?
- Dígame Tomás. Cada día me cuesta más caminar, ya caso caigo en la tentación de esconderme nuevamente en la cúspide de la ilusiones.
- ¡Adelante! Si ese es sólo el problema… lo invito a retirarse, sentenció con ironía el señor Tomás.
lunes, abril 17, 2006
Replegado allí
Es la mirada una invitación. Instante de brisa emocional para que la poesía delegue su necesidad en un futuro inmediato que se quiebra en lápices sin destino, falaces en su búsqueda, oscuros y soberanos. Palabras que se adueñan de un momento donde se respiran oquedades. Son ojos que se cierran y entienden que todo es muerte, incluso el placer de haber conocido cielos de sangre, palacios completos de mármol dibujado.
Son sus labios los que se deslizan por la soledad. Ahora es tiempo de construir un muro de pan y perderse tras los rastros de un momento, atrás. Hoy.
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